Capítulo 11

1356 Palabras
Dos viernes en que la había tenido como nunca tuve a otra mujer. Solo habían sido dos días y me había corrido tanto que después temía entrar en inanición. Pero no me había cansado de ella. Estaba saciado sexualmente, pero al mismo tiempo, la necesidad de tenerla aumentaba con cada pensamiento que le dedicaba. Y eran muchos. Patéticamente demasiados. Pero no me castigaba por ello. Había decidido disfrutarla todo lo que pudiera hasta que llegara al punto de hartarme y no desearla más. También había logrado hacer un equilibrio adecuado en mi trabajo. Podía concentrarme y rendir de acuerdo a mis propias exigencias. Me internaba en mi oficina de lunes a viernes, sabiendo que tenía una reserva en el Paradis que me liberaría de todo el estrés acumulado. Y el fin de semana me dedicaba a hacer planificaciones y mantener el patrimonio familiar en orden. Era martes de una tercera semana, desde el día en que la hice mía. Tenía dolor de cabeza otra vez porque mi abuelo había hecho otro de sus berrinches. Estaba seguro de que, a ese ritmo, moriría yo antes que él, a punta de migrañas. Sin embargo, mientras estaba sumergido en mi trabajo, recibí una llamada de Mérida. —Señor Fabrizio —dijo con voz agitada—, el señor Giordano ha sufrido un pre infarto. Estoy esperando la ambulancia. Se ha desmayado y no puedo despertarlo. Me levanté de la silla con premura, con el cuerpo helado y los músculos en tensión. —Tranquila, Mérida. Espera la ambulancia. Te veo en el hospital en un momento. Y me fui, sin mirar el trabajo que dejaba atrás. Si bien mi abuelo era un anciano caprichoso y molesto, era mi abuelo, mi familia, y yo, sangre de su sangre. Temía perderlo, no porque me dejara sin un centavo, sino, porque era la única familia que me quedaba. El miércoles regresé a la oficina sabiendo que mi abuelo había ganado otra vez la batalla contra la muerte. Se había quedado en el hospital, en manos de médicos muy capaces, pero estaba delicado y débil. —Me voy a morir —me había dicho abatido—, y no vas a complacerme, Fabrizio. Yo me había quedado callado, pero sabiendo que tenía que resolver algo antes de que sus palabras se hicieran realidad. Me sentí acorralado otra vez. Eric entró a la oficina poco después de que yo llegara y se sentó frente a mi escritorio, reconociendo mi postura tensa. —¿Está bien el viejo? —preguntó comedido. Negué. —Se ha salvado de suerte —dije la verdad. —Mierda —murmuró y se quedó callado. Yo encendí un cigarrillo y di una calada mientras nos quedábamos contritos. —¿De verdad que no ha firmado el testamento? —se animó a preguntar. —No. Su abogado dice que no. He investigado por mi cuenta y no lo ha hecho. —Maldita mierda. —Si algo pasara, podría ganar la demanda a cualquier familiar que aparezca. Soy el único directo y… —Cásate, Fabrizio —Eric me interrumpió—. Joder, no pongas en riesgo ni por un segundo todo lo que te has ganado. —No me jodas —bufé—. ¿De dónde mierda voy a sacar una prometida? Eric se aclaró la garganta y se inclinó hacia adelante, bajando la voz. Mi oficina era completamente insonorizada, pero su actitud me advirtió que diría algo delicado. —¿No has pensado en Solange? —preguntó y yo volví a bufar. Solange Delarue, una preciosa rubia que era hija de un antiguo socio de mi padre, era la directora administrativa de mi empresa. Tan hermosa como inteligente y una máquina trabajando. Estaba enamorada de mí, todo el mundo lo sabía, pero yo la mantenía al margen de cualquier intensión romántica y s****l. Valoraba demasiado sus capacidades como para meterme con ella. —No inventes —lo paré—. ¿Cómo mierda eso podría pasar? —Hermano, le propones un matrimonio arreglado —continuó—. Con todas las cosas claras desde el principio y con una fecha de divorcio establecida. Ambos podrían ganar muchísimo con un acuerdo así. —Sabes que ella siente algo por mí —negué—. No quiero darle ni siquiera una mínima esperanza de que algo pueda surgir entre nosotros, porque no lo hará. La respeto, la valoro y por eso lo que propones es imposible. Eric suspiró y se dejó caer sobre el respaldo de la silla otra vez. —Entonces búscate una esposa de alquiler —dijo, sin comprender mi postura. Me reí. —¿A caso eso existe? —me burlé y di otra calada a mi cigarrillo. Él elevó las cejas y una sonrisa macabra apareció en su rostro. —Por supuesto que existen —respondió y se levantó de la silla—. Alquilas una, se la presentas al viejo, organizas una boda, eres un hombre casado y tu abuelo firma el testamento. La mantienes un rato contigo para que se la crea y luego finalizas el contrato. Todos felices y contentos. Son profesionales, harán lo que les digas y no hay riesgo de amor. Había rodeado mi escritorio y tecleó en mi computadora. Un sitio web de esposas por alquiler salió en mi pantalla. Mostraba imágenes de mujeres de todo tipo con vestidos de novia, también ofrecían servicios de compañía, novias para presentar a la familia cuando eras gay y otro montón de sandeces. —Esto es absurdo —cerré la página sin querer ver más de aquella tontería. ¿Qué dirían los medios si averiguaban que me había casado de esa forma? Seguro que mataría a mi abuelo de una vez por todas. —Fabrizio, esta mierda podría salvar tu maldito culo —parecía que Eric se lo había tomado en serio. —Déjalo. Lo resolveré, sea como sea —zanjé la conversación. La verdad era que otra idea mucho mejor se me había cruzado por la mente gracias a la propuesta de mi amigo. Una idea de la que podría sacar más provecho de lo imaginado, y no solamente económico. Podría casarme, obtener mi herencia y follar. Un paquete completo de servicios a cambio de una suma irresistible para cualquiera. Esa noche, cuando fui al hospital a ver a mi abuelo, me senté en una silla a su lado. —No te preocupes —le dije para que no se sintiera abatido por mi terquedad—. Tengo novia y voy a casarme. Él abrió mucho sus ojos y me miró, tratando de encontrar la mentira en mi mirada. —¿De verdad tienes novia? —me preguntó con esperanza. —Sí —asentí—. Desde hace dos años que estoy con ella. Solo que no había llegado el momento para pedirle que se comprometiera conmigo. Lo he hecho hoy y me dijo que sí. —¡Fabrizio! —su cara de anciano se arrugó más—. ¿Has sido un caballero con ella? ¿Por qué no le habías dado un lugar como tu novia delante de tu familia? Suspiré para mis adentros. Mi abuelo siempre encontraba una forma de reprenderme por algo. —Quería esperar —le respondí sin inmutarme por su reclamo—. Después de lo que le pasó a mi padre, quería estar seguro de conocerla perfectamente —él lo comprendió y se relajó—. Ahora sé que ella es la indicada. Quiero que sea mi mujer y mi compañera de vida. Nos casaremos pronto, para tú estés orgulloso de mí. —Lo estaré —dijo feliz—. No me quiero morir sin verte acompañado de alguien especial. Estoy seguro de que serás feliz como yo lo fui con tu abuela. Forcé una sonrisa al verlo tan ilusionado y contento, incluso parecía como si hubiera recuperado la salud de un plumazo. Cuando salí del hospital sabía que había adquirido un compromiso crucial con mi abuelo, pero no tenía dudas de que lograría mi cometido. Al final de cuentas, yo lograba todo lo que me proponía, y obtenía todo aquello que deseaba. Como que me llamaba Fabrizio Giordano.
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