Capítulo 10

1334 Palabras
¿Qué había ocurrido? ¿Me había meado? No lo entendía, pero tampoco estaba capacitada para averiguarlo en ese momento. Estaba perdida en una deliciosa bruma de placer que nublaba todos mis sentidos. Me había sumergido en el placer más absoluto y temblaba por la intensidad del orgasmo que me había sacudido. Era lo más sublime y exquisito que me había pasado sexualmente hablando. Mi clítoris palpitaba, mi v****a se contraría y curiosamente quería más. Me habían subido al cielo en un instante y necesitaba desesperadamente volver a alcanzarlo. —Así, Dea, así. ¡Qué perfecto! Aquella voz. Abrí los ojos y me encontré con mi Adonis mirado mi sexo como si acabara de descubrir el tesoro más increíble del universo. Por un pequeño instante, el corazón me dio un vuelco. Estaba haciendo justo lo que me dijeron mis amigos que no hiciera. Estaba semidesnuda, abierta de piernas, con un hombre que me había visto como el más sabroso trozo de carne desde el primer día, y que yo no conocía de nada. Entonces sus dedos volvieron a introducirse en mí y lo olvidé todo. Necesitaba aquello como el aire para respirar. Gemí por la deliciosa sensación en mi carne hinchada, empujé las caderas y me retorcí, buscando más. —¿Quieres más, Dea? —preguntó y me miró. Sentí cómo mis pupilas se dilataron al encontrarse con las suyas completamente oscurecidas por el deseo—. Estoy loco por follarte. Gimoteé en respuesta porque sus dedos continuaron la invasión, y al imaginar su pene dentro de mí, sabía que no había vuelta atrás. Había visto la decisión en mis ojos, lo supe porque gruñó y fue directo a mis pechos para chuparlos y mordisquearlos. Se dedicó a ellos hasta que los dejó húmedos y muy sensibles, y yo estaba a punto de rogarle para que me tomara. —Tócate para mí —me dijo y se puso de pie. No lo dudé. Lo había hecho varias veces en las últimas semanas mientras pensaba en él, y ahora lo tenía frente a mí, desnudándose sin despegar la vista de mi cuerpo. Fui directo a mi sexo sin perder el tiempo, acaricié mi clítoris que aún estaba sensible pero también deseoso de obtener más. Moví mi mano lentamente mientras lo miraba quitarse la ropa. Con cada prenda que caía al suelo me daba cuenta de que no me había equivocado. Era un adonis. Tenía un cuerpo magnífico, esculpido perfectamente, sin excesos, justo lo que un hombre necesitaba para poner caliente a cualquier mujer. Me descubrió mirándolo y sonrió de una forma que si no estuviera ya completamente empapada, lo habría hecho de inmediato. —¿Me deseas, Dea? —preguntó. Se había quedado solamente con un bóxer n***o que se ajustaba perfectamente a sus afiladas caderas y que remarcaba la forma de su polla. Se me secó la boca al verlo ahí. Era formidable, grande, grueso, increíble. Un montón de pensamientos obscenos se agolparon en mi mente con todo lo que yo quería hacer con aquel majestuoso m*****o. Sé quitó la última prenda y se enderezó frente a mí en todo su esplendor. Gemí como una necesitada, casi babeando por él y me di cuenta de que a partir de ese momento estaría loca como una ninfómana. Necesitaba que lo pusiera dentro de mí y que no parara hasta hacerme desfallecer. —Yo también —completó y costó que mis neuronas comprendieran a qué se refería. Yo no dije nada. Tenía la garganta atragantada por todo lo que él me hacía sentir. Caminó hacia mí después de tomar un preservativo del bolsillo interior de su chaqueta. —Vamos a disfrutar de nuestros cuerpos esta noche, Dea —murmuró mientras se lo colocaba en la punta del m*****o y luego lo deslizaba en toda su extensión—. Quiero que te dejes llevar por el deseo y me regales todo tu placer. Solo así podré satisfacerme. A continuación, soltó mi corsé y lo tiró lejos, para luego echarse sobre mí y comerme los pechos como si estuviera hambriento. ¿Quién iba a decirme que sentir sus dientes mordisqueando mis pezones, iba a causarme un delicioso dolor que me enviaría a la locura otra vez? Grité y mecí mis caderas, tratando de encontrarlo para empalarme en él. Una risa ronca salió de su garganta y se hundió en mi cuello para besarlo. —Voy a entrar, Dea —murmuró dejando un último beso en la línea de mi mandíbula y se incorporó sobre sus rodillas. Yo abrí más las piernas y esperé ansiosa por él. Estaba caliente y tan mareada que sentía que iba a desmayarme por la necesidad. Lo observé, miraba mi sexo con fervor cuando su glande empujó entre mis pliegues. —¡Oh, sí! —chillé al sentir cómo entraba. —¡Joder! Se siente bien, Dea —soltó una bocanada de aire y cerró los ojos—. ¡Estás tan apretada! Dio un empellón y se introdujo completamente en mí. Grité y arqueé la espalda ante su brusquedad. Él era muy grande y yo tenía más de un año sin sexo real. No se comparaba con ningún consolador que tuviera y mucho menos con el tamaño del pene de Steve, por debajo del promedio. Se quedó paralizado y me miró. —¿Te lastimé? —preguntó con los ojos muy abiertos. No era su culpa, yo no le había dicho que fuera cuidadoso. —Estoy bien —murmuré porque era cierto. Mi cuerpo se estaba acostumbrando a su tamaño y ahora quería que se moviera. Empezó con suavidad, sin dejar de mirar ese punto donde nuestros cuerpos se unían. Me sentí catapultada con cada una de las embestidas, cada vez más arriba en la cima del placer. Estaba tan receptiva que apenas estaban iniciando y ya sentía que un segundo su orgasmo se acercaba. —Oh, Dea, me encantaría que miraras lo hermoso que se ve esto —pronunció como si lo que veía lo estuviera llevando al delirio. Eso me prendió y ni siquiera pude hacer el intento de incorporarme para ver cómo me penetraba porque él empezó a frotar mi clítoris, haciendo que una poderosa descarga de placer se propulsara desde ese punto y me recorriera el cuerpo entero haciéndome gritar. Me corrí y sentí cómo un montón de agua salía de mí con cada oleada de placer. No pensé. Era maravilloso, y yo flotaba en el cielo, me elevaba sin límites, fulminada por las sensaciones más exquisitas que había sentido en mi vida. —Me encanta cómo disfrutas. ¡Córrete, córrete, Dea! —apenas lo escuché decir, envuelta en el placer—. ¡Eres maravillosa! —No pares —rogué. Solo quería más y más. —No pararé. Adoro ver cómo te corres. Me folló implacablemente y yo perdí la cuenta de cuántas veces le entregué todo mi placer. Un par de veces lo escuché gemir sin control, corriéndose conmigo, pero cuando volvía en mí, lo tenía de nuevo entre mis piernas, fundiéndose dentro de mí, regalándome todo aquello que yo nunca había tenido antes. —No quiero que nadie te toque —me dijo aún temblando, la última vez que nos corrimos. Estaba encima de mí, y resollaba en mi oído—. Promételo, Dea. Promete que nadie más tocará ninguna parte de tu cuerpo, mientras seas mía. —Lo prometo —dije sin pensar en absoluto. Me sentía en un mar de humedad y completamente laxa por la saciedad. El siguiente viernes lo esperé ansiosamente. La reserva fue hecha con dos días de anticipación y eso me hizo inmensamente feliz. Entré a la sala privada y ni siquiera bailé. Él me estaba esperando detrás de la puerta, me acorraló contra la pared y me folló hasta que las piernas nos fallaron. Luego lo hicimos en cada uno de los sitios donde pudiéramos estar en posición horizontal. Mi Adonis se había convertido en mi sueño erótico perpetuo. Y no quería parar de soñar, ni ahora, ni nunca.
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