Veinte minutos antes de las cinco Lidia se quitó el cinturón de seguridad y se dispuso a salir del vehículo, Camilo le sujetó un brazo para obligarla a mirarlo una vez más. —No te guardes nada. Se miran como compartiendo un secreto y Lidia se marcha. La consulta del doctor es pequeña pero muy acogedora. El escritorio del doctor tiene tras de sí una gran ventana con una muy buena vista de la ciudad, las paredes color damasco pastel se ven radiantes. Hay un masetero con una planta verde frondosa y a un costado de la puerta un sofá de dos cuerpos. Lidia entra tímida y el psiquiatra la recibe con una sonrisa demasiado jovial que le punza el pecho la idea de no poder corresponder con la misma alegría. No lleva ni un minuto dentro y ya siente que ha encontrado el sitio correcto.

