La criatura corrupta

1877 Palabras
Llevar de nuevo sus antiguos ropajes le hicieron sentir un vigor que había creído perder con el paso de los años. Aunque no era fácil de aceptarlo, la paz que le producía la jardinería y el cuidado de sus conciudadanos no lograba llenar por completo su corazón ni le daba la felicidad que habría creído cuando inició en su cruzada por salvar vidas. Era cierto que ahora podría disfrutar de los placeres de una mañana soleada, del olor de las plantas y la tierra mojada, de una comida caliente y una noche de sueño completo, pero no por ello no deseaba volver en ocasiones a sus viejas andanzas persiguiendo bandoleros por dinero. Sin embargo, era ahora el joven médico del asentamiento y no tenía más que servir a los demás antes que a él mismo. Era su método de expiación. Sus pasos avanzaban silenciosos por entre la baja vegetación del bosque y eran más veloces que los del gigante. Para ser un caballero experimentado, el rastro que dejaba su gran peso era capaz de dejar profundas huellas y dar información a cualquiera con los suficientes conocimientos acerca de su trayectoria, velocidad y peso. Más de una vez el leer los datos en la naturaleza le había salvado la vida a Marcus y ahora le ayudaría a llegar más fácil hasta el lugar en que su amigo continuaba avanzando. Sin embargo, a pesar de su agudeza y perspicacia había señales en el bosque que eran difíciles de identificar y lo hacían tener el guardia en alto. Los árboles se mostraban hostiles y desesperados. Las raíces estaban levantadas y las hojas caían excesivamente al suelo. El bosque trataba de cerrarle el paso y evitar una huida. No estaba en sus planes regresar por el momento, pero su intuición le decía que estaba llegando hacía una emboscada. Al poco tiempo empezó a sentir como si alguien lo estuviera siguiendo en la lejanía y por el lapso de unos cuantos kilómetros de avance se mantuvo alerta para cuando el perseguidor se atreviese a interceptarlo. A pesar de la insistencia de su acompañante, los pasos fueron siempre regulares y el sujeto no trató nunca de reducir distancias con él, lo cual se convirtió en una prueba contra sus propios nervios. Los bosques continuaban amenazantes y a la distancia se conseguía escuchar y sentir retumbes en la tierra. Algo extraño sucedía entre el bosque maldito y las marcas eran ahora más difíciles de diferenciar. No le era difícil encontrar pistas en la oscuridad de la noche, pero aquella oscuridad era anormal, más espesa y terrorífica de lo que habían sido sus experiencias en el pasado. Los pasos a sus espaldas se habían detenido y aprovechó para sumarle distancias a lo que fuera que lo persiguiera. Al final, después de correr toda la noche y parte de la madrugada su cuerpo estaba exhausto y hambriento, por lo que encontró la necesidad de detenerse y empezar a comer. Ahora el perseguidor no se escuchaba y, aunque helado, el ambiente parecía haberse calmado un poco. Sin bajar la guardia engulló rápidamente la comida que había sido involuntariamente preparada para su viaje. Al mirar al cielo el mundo se hizo entonces extraño, lo estaba sospechando, pero ahora comprobó que los árboles sí se estaban desplazando en un lento caminar en sentido contrario a su destino. Los árboles estaban muriendo y lloraban las hojas de sus copas. Al tocar el suelo pudo notar como la muerte llegaba a todos y cada uno de los troncos que caminaban con tristeza, desplazados por la corrosión de lo que fuera que hubiera más allá. De entre la tierra algo se arrastraba hostilmente esquivando las raíces y los pasos de los árboles. Sus sentidos se habían adaptado a la silenciosa marcha de los árboles que ahora aquella sensación de peligro se fortaleció. Era como si un riachuelo estuviera perforando la tierra y se dirigirse hacia él a toda velocidad, no tuvo mucho tiempo de reaccionar pues un gigantesco tentáculo lo intento tomar de la pierna haciéndolo volar unos metros hasta la rama de un árbol cercano. El sonido que producía la criatura de tentáculos era molesta e infernal, un grito agudo que se ahogaba e intensificaba. La sustancia tenía una forma gelatinosa y asquerosa que subía ágilmente por entre la madera. No había luz en el bosque, pero sus pies lograron percibir el peligro en cuanto se acercaba y la babosa criatura era veloz. De un salto dio a parar en otro árbol cercano y así en otro y otro más, con suerte la criatura no lo seguiría por al menos un rato. Pero los gritos ahogados no desaparecían y parecían provenir de todas las direcciones. Deseó con toda su alma haber llevado consigo una antorcha que le iluminase el camino, pero había subestimado la maldición del bosque y le pesaba su descuido. No había animales y el único ser viviente que parecía darle interés a la cosa gelatinosa era el medico que se desplazaba por entre los árboles. Si no había más remedio decidido sacar sus espadas y esperar no tener la oportunidad de usarlas contra esa cosa. Sin embargo, un descuido llevo a otro y uno de los tentáculos salió a su delantera mientras volaba de una rama a otra. La sustancia era fría como el hielo y sintió la contaminación y el odio que producía cuando toco e intento adentrarse en su propia carne. Aunque viscosa, lo sostuvo con excesiva fuerza y lo estampó contra el suelo dando a parar a un claro donde la tierra le amortiguó el golpe y evitó que le reventara los huesos. La cosa se retiró y gruñidos llegaron de todas direcciones, el hedor era desesperante y aunque se cubriera la boca no pudo evitar vomitar la comida que minutos antes estaba ingiriendo en paz. El hedor era una combinación de carne podrida, pantano y el combustible que había usado por años como mercenario para sitiar ciudades con su tropa. La oscuridad le impidió ver de dónde provenía la emboscada que se anticipaba con una veloz marca de innumerables pasos en todas las direcciones. Un tajo lo sacó del ensimismamiento y fue capaz de bloquearla con su cuchillo. De la misma dirección un no muerto se abalanzó sobre él e intento apuñalarlo por la espalda, pero hábilmente lo tiro al suelo y lo desarmo de inmediato. Del cielo otro saltó con un hacha y con una tajada de su espada logro derribarlo y cortarlo por la mitad. Otros más llegaron por el lado, pero los esquivo y se hirieron a sí mismos. Estaba rodeado y era consciente que no sería capaz de ir contra todos, por lo que se armó de su cinturón y se abrió paso por entre los sujetos. Estuvo a punto de volver a vomitar ante el olor que expedían, pero tenía que mantener la fuerza si quería salir con vida de allí. Unos de los latentes parecían guiar por medio de antorchas a los demás, lo que pareció una gran oportunidad y se encamino a uno de ellos. Pero un muerto salió a su derecha con una gigantesca estaca de madera y cerrándole el paso logró perforarlo en uno de sus muslos. A pesar de estar astillado logro enterrarle la daga en la cabeza inmovilizando al sujeto de la monstruosa arma. Otros más se lanzaron en su dirección, pero logro protegerse con el pedazo de madera que ahora había conseguido sacarse y levantar barriendo con un giro de trescientos sesenta grados. Al fin consiguió llegar a la antorcha y desarmo al latente que la portaba. No podría contra todos ellos, y menos teniendo una de las manos ocupadas, por lo que trato de abrirse paso entre el bosque escapando de una horda de muertos vivientes. Estaban cerca y eran agiles, pero no se las dejaría tan fácil y de un salto se impulsó a lo alto de los árboles. Los muertos seguían gritando detrás de él ahora que fue más fácil de identificar, pero no importaba si lograba mantenerlos a raya con su velocidad. Pronto recordó a la criatura viscosa y los tentáculos parecieron de nuevo arrastrarse por entre las ramas de los árboles envejecidos. De por sí ya era fácil escapar de una horda de sujetos malolientes como para que una bestia sin una morfología definida lo estuviera persiguiendo. Pero lo alcanzó y penetró entre la herida que le produjo el estoque de manera. Su grito de dolor apago los chillidos de los muertos y desestabilizándolo cayó al suelo en medio de una explosión de dolor. Sentía como la cosa se colaba entre sus venas y enfriaba sus extremidades. Le fue difícil caminar y gateó tanteando la antorcha que amenazaba con apagarse al contacto con el suelo. De entre la bruma salió la gigantesca figura de un no muerto corroído por la gelatina que ahora se veía verde en el contraste con la antorcha. Media tres veces más que él y se solidificaba a voluntad expandiéndose y retrayéndose ágilmente. Parecía no tener ninguna debilidad o algún punto por el cual pudiera tratar de frenar el avance de la bestia que se chocaba entre los maderos gigantescos de los árboles. Además, no podía moverse o pensar a causa del dolor punzante de su herida previa. Estaba mareado y adolorido, por lo que solo fue capaz de levantar inútilmente la antorcha para ver al monstruo que probablemente lo mataría. De nuevo un grito seco pareció ensordecerlo y un tentáculo trato de embestirlo, pero la luz del fuego logró asustar a la monstruosidad. Del cuerpo que se movía con dificultad y trasladaba a la cosa salían gritos y palabras que apenas se podían distinguir ante el ruido: -Ahora, hazlo ahora, mátala por favor. Duele, duele no lo hagas ¡Mátala por favor te lo ruego, no lo hagas duele! Los gritos de desesperación de la bestia retumbaron por entre el bosque y los árboles se detuvieron. Observaban a Marcus agitar la antorcha a la expectativa del ganador de la batalla, pero decidieron intervenir y del cielo comenzaron a llover miles de hojas secas que caían entre crujidos al suelo. El cuerpo de la bestia se siguió agitando entre un mar de ramas y pámpanos marchitos tratando de tantear el cuerpo del doctor. Aquella era su última oportunidad y no la iba a desperdiciar. Sacando fuerza de lo más profundo de su cuerpo se levantó y echo a correr de la bestia no sin antes soltar la tenue antorcha ante el mar de hojas que estalló como una bomba. El fuego encendido la oscuridad del bosque y los no muertos se congregaron en el incendio siendo devorados junto a la viscosidad de la criatura que ahora chillaba y maldecía palabras en lenguas olvidadas. El incendio acaparó una distancia inmensa que logro encender la capucha de Marcus obligándole a deshacerse de su chaqueta y los guantes que fueron comprometidos. Los árboles de los alrededores empezaron a morir y cayeron en estampida sobre la bestia que parecía seguir resistiendo el fuego entre gritos y maldiciones. El olor putrefacto desaparecía y pasaba al de carne quemada. El escándalo de la caída de los árboles apagó los chillidos y pronto el único sonido que se escuchó fue el de las llamas que se apagaban poco a poco.
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