La musicalidad del bosque en la madrugada le pareció perturbadora. Los árboles se agitaban de un lugar a otro como entre una melodía hipnotizante. Las ramas se cruzaban entre unas con otras y los pasos de pequeños roedores se escuchaban coordinadas con un ritmo tétrico que le helaba los huesos. La luz de la luna hacía reflejar charcos que se extendían por entre los pequeños pasadizos y caminos del bosque. Y el viento, ahora en su contra, le llevaba repugnantes olores del más allá.
Nunca había sido el mejor rastreador, ni tampoco el sujeto más rápido como pudo comprobar su primera madrugada en la incursión a los bosques. Estaba tan desacostumbrado a portar la pesada armadura, que tan solo el yelmo y las polainas le habían empezado a molestar al poco tiempo limitando no solo su movimiento sino también la perspicacia para escuchar los sonidos del bosque. Al cabo de un tiempo, se decidió que por el momento sería una exageración llevar casco y se dispuso a retirarlo y llevarlo en su mochila.
El rastro lo había perdido hacia un tiempo, los cabellos que lo habían guiado hacia lo profundo del bosque se habían acabado y ahora solo se guiaba por la mera intuición ¿Qué haría él de raptar a una jovencita, y para dónde la llevaría? Eran las interrogantes que lo habían estado guiando en las últimas horas de búsqueda y era mejor usar su intuición si no pretendía perder aún más tiempo. Las cosas que se escondieran allá en la oscuridad podrían llegar a rodearlo y era más conveniente mantenerse alerta y en movimiento. Por ahora podía seguir la pista de los caminos viejos y confiar en la suerte.
A pesar de que las horas iban pasando, la madrugada parecía no acabar y la luna se fue escondiendo a mayor velocidad reduciendo su campo de visión. Además, los árboles continuaban susurrando entre sí. En sus años de entrenamiento había comprendido el significado de las palabras de los árboles. Sabía que más allá donde estos murmuraban un espíritu celoso se encontraba aguardando cualquier oportunidad para atacarlo y sacarlo de su territorio.
Pronto se dio cuenta que en el bosque no había ya ningún sonido más que el del metal que rechinaba por la fricción y los pesados pasos del caballero en la tierra. Empezó a sentirse incomodo con las miradas de los bosques que lo veían con hostilidad y apagados ojos en múltiples direcciones. Sin embargo, se decidió no tomar mano a sus armas, sino que continúo caminando allí donde la ruta lo llevase, no había otro remedio pues los árboles le cerraban los pasos. Notó melancolía en el ambiente, y la decadencia de los reinos que tienden a morir en el olvido. Pero acá todo era distinto, parecía el fin de la eternidad para aquellos árboles que lo seguían con hostilidad.
Su intuición no fallaba con facilidad, por lo que le fue fácil esquivar la bestia que cayó sobre su espada. La luz de la luna había desaparecido por lo que escasamente logro diferenciar su figura ante el matiz de la oscuridad y la negrura de su cuerpo. Los gruñidos se asemejaban al de las aves de carroña, pero su figura y altura eran inmensas, con cuatro largas alas similares a las de las aves. A pesar de sus intentos, no era necesariamente alguien ágil por lo que logro recibir aruñazos de la extraña bestia.
Cuando se la logró quitar de encima fue capaz de verla por completa ante el matiz de la luz del alba. Su rostro se asemejaba al de los murciélagos vampiros, sus piernas parecían la de los carneros y su torso al de un humano alargado. Se movía como una bestia amenazante y sus largas garras se enterraban con facilidad en la tierra. De nuevo la figura demoniaca cargó contra su rostro e intentó tumbarlo en el aire. Tenía mucha más fuerza de la que una figura lánguida como la del monstruo podía demostrar. Al caballero pronto le pesó no llevar el yelmo y agarró el ala izquierda de la criatura, la cual se aferró aún más a la cabeza de Galem.
Un chillido aturdidor y agudo tintineó por entre el bosque cuando el caballero le arranco una de las alas y estampó la criatura contra uno de los troncos de los árboles. El grito sonó en eco en medio de los setos silenciosos y a su grito se sumaron otros que aturdieron la paz de la vegetación.
-Hijo de… así que estás llamando a tus amigos. Ya veremos que harán contra mis amiguitas-. El caballero sacó sus dos grandes espadas y con una fuerza descomunal partió en dos a la criatura vampírica.
De entre los matorrales fueron saliendo rápida y ágilmente más figuras de criaturas aladas que le gruñían y desestabilizaban por medio del sonido. En todas las direcciones se escuchaba al unísono gritos y arañazos contra la madera de los árboles. La luz se volvía a apagar y el suelo tronaba ante las pisadas. El caballero experimentó de nuevo la sensación de adrenalina en medio de la batalla y produjo un grito capaz de apagar los gruñidos de las bestias.
- ¡Ah! ¡Si desean un poco de mi carne vengan, les advierto que no les será fácil derrotar a un gollem con sangre malditas! -. La emoción de la batalla le hizo subir los sentidos hasta un máximo en el que escuchó la más mínima pisada, las ondas en el ambiente y los saltos a la distancia.
Las arpías se tiraron hacia la figura del gigante en gavilla en todas las direcciones esperando desestabilizarlo, pero el caballero soltó una estocada con su mano izquierda de forma horizontal que reventó la cabeza de una de las criaturas. La sangre salpicó la espada y se desparramó en sus ropajes, el calor se transmitió a todo su cuerpo y remató en el suelo con su arma derecha a otra que había chocado en el impacto. Por detrás otras dos criaturas se abalanzaron, pero resultaron aplastadas cuando el caballero se tiró y de un culazo les reventó el pecho. Otra figura se abalanzo desde adelante y logro agarrarle la cabeza, pero con el espíritu frenético del caballero soltó su espada izquierda y la agarró de las patas arrastrándola y estallándola contra otra arpía que llegaba desde a la izquierda.
Con dificultad el gigante logró ponerse de nuevo de pie y una de las ratas aladas lo agarraba de sus piernas impidiéndole moverse con libertad. Era ahora el mal menor pues otro de los monstruos se abalanzo desde arriba y en un hábil movimiento le estallo la cabeza contra el escudo de hierro que hasta ese momento había llevado en la espalda. Al levantar la pierna notó el poco peso de la criatura y de una patada le rompió las extremidades rematándolo con la espada.
Era tiempo de moverse, si se quedaba en la misma posición más y más criaturas saldrían de entre los árboles y la oscuridad. La luz del alba se había empezado a filtrar por entre la espesa vegetación y aún el ruido aturdidor de las criaturas resonaba en todas las direcciones. No podía seguir dando la espalda a las criaturas ni mantener su cabeza vulnerable, por lo que se colocó de espaldas a un árbol y se colocó el pesado yelmo. Su visión y audición eran ahora más limitados, pero podría preocuparse menos por sus puntos vitales. No importaba si lo estaban rodeando pues sería capaz de predecir sus movimientos.
Sin embargo, un crujido seco lo hizo despertar de su pequeño análisis táctico. Del gigantesco madero al que se apoyaba salió la horrible cabeza de una de las arpías que masticaban y tragaban al árbol. Con sus feas garras le agarró la cabeza al caballero y trató de aplastar el yelmo.
-Vaya que son persistentes, malditos, pero yo lo soy aún más-. Entre sus manos, los alargados brazos de las criaturas parecían delgadas ramas por lo que en un seco crujido las quebró y el chillido ensordecedor sonó justo en su cara.
De nuevo se escuchó el sonido de la madera masticada que se acercaba a gran velocidad por lo que se agacho y con una fuerza titánica, de un tajo corto por la mitad el antiguo roble que terminó aplastando al menos una decena de arpías que se metían entre la madera. Otros tantos se escabulleron hacía su espalda y los estrelló de nuevo contra su escudo en medio de gritos secos. En sus piernas de nuevo se adherían monstruos y estuvieron a punto de desestabilizarlo, pero aprovechó la ocasión y se arrodilló aplastándolos al instante.
Los gruñidos se empezaron a apagar y Galem siguió luchando ante oleadas incansables de arpías que llegaban en todas las direcciones. Sus polainas se empezaron a agrietar y la gruesa chaqueta se veía desgastada de las constantes punzadas de las bestias que intentaban acercarse a su estómago. El gigante continuaba luchando como si sus energías fueran infinitas y sus propios gritos le daban el valor para seguir aplastándolos como cucarachas.
Después de un rato, por fin entre montañas de c*******s que apilaban a su alrededor logró terminar con la m*****e de los monstruos. Sus ojos estaban nublados y adoloridos por la sangre y plumas que caían de sus enemigos y el yelmo abollado parecía aplastarle la cabeza. Su dosis de adrenalina por fin se terminó y no quedo más que locura y espadazos que daban con la nada.
- ¿Eso es todo lo que tienen malditos? Vengan, aún queda mucho de mí que no se han llevado, devórenme si es que se atreven pajarracos. No me lo han quitado todo, sigo acá vengan si son capaces-. Gritaba al vacío del bosque que ahora parecía silencioso pues sus oídos continuaban aturdidos de tanto griterío.
En el suelo una de las criaturas continuaba forcejeando con las patas aplastadas por el cuerpo de Galem. El gigante entonces le agarró la cabeza y la aplastó entre sus palmas como si de una fruta se tratase. Agotado por la dura batalla el gigante inhaló un aire contaminado por la carne en descomposición y dio un último grito antes de que su cuerpo cansado no aguantase y cayese al suelo.
Los sueños volvieron a su cabeza en medio de imágenes que ahora parecían más nítidas. Sonidos que eran más claros y olores y sensaciones que pudo identificar con totalidad. El sueño se había hecho pesado después de muchas horas sin haber conseguido dormir.
Todos ellos, sus amigos, sus amores, su familia y compañeros, todos ellos estaban muertos. Se había perdido en una época que no conocía, una época donde todo lo que alguna vez amó estaba muerto. Desde la otra orilla del rio ellos lo estaban esperando y en sus manos las antorchas parecían no apagarse. Entre el rio se alzaban las armaduras de sus compañeros, la legión que visitaba y vigilaba la oscuridad. Las armaduras ahora estaban roídas y desgastadas por el paso del tiempo. Los rostros de aquellos a los que había conocido ahora lo miraban en medio de unas cuencas esqueléticas y pálidas que se desvanecían en el viento.
- ¿Por qué nos dejaste? ¿Por qué no moriste junto a nosotros, tu familia? No hay nada en el ahora a lo que puedas llamar hogar, regresa con nosotros y pelea a nuestro lado en el reino de los muertos, donde no existe el miedo y los seres de luz no nos harán daño-. La voz de quien había sido su madre le hablaba desde la otra orilla sin mover una boca de carentes de labios.
-Todo fue mi culpa, yo quería salvarlos y acabar de una vez por todas con esto. Yo era el escudo del mundo, pero me perdí, perdónenme, se los ruego- el caballero yacía acurrucado mordiendo el polvo, llorando, sin siquiera ser capaz de levantar la mirada. Pero ellos lo seguían mirando
-Huiste de nosotros, juraste que nos protegerías y no permitirías que la oscuridad llegase a nuestra puerta. Pero llegó y ahora somos incapaces de descansar en paz. Huiste y de ti no se supo nada-. La voz de un adolescente le recriminaba en medio de gritos.
-Nos abandonaste en la batalla, fuiste un cobarde y por eso estamos muertos-. Escuchaba la voz de un joven caballero que detrás de un pesado yelmo n***o, igual al suyo, escondía la imagen de una calavera.
-No es mi culpa, tuve miedo, no supe qué hacer. Quería salvarlos a todos, quería encontrar la luz, necesitaba encontrar la luz. No tuve opción, solo había oscuridad, yo no quería oscuridad-
- ¿No te da vergüenza? Estas vivo y nosotros no, ahora el dolor es tuyo y no nuestro. Jamás saldremos de tu cabeza, estaremos ahí por siempre, por toda la eternidad, ese será tu castigo por abandonarnos-. La figuras se giraron y se fueron alejando del rio hasta que la luz de sus antorchas se iba perdiendo entre la oscuridad
-No pueden irse, no pueden dejarme. No pueden hacerme esto. No quería hacerlo, no era mi intensión-. El hombre ahora vestía una pesada armadura negra, como la que vistió de antaño en medio de la guerra, pero esta tenía un peso que le impidió ponerse de pie y lo presionó haciéndole creer que sus huesos se rompían en pedazos.
-Los buscaré y los encontraré, espérenme, por favor…
Cuando Galem abrió los ojos, se encontró a sí mismo apoyado en el tronco de un árbol frente a una fogata en medio de la oscuridad. No sabía cuánto tiempo había dormido, pues las copas de los árboles tapaban las escasas filtraciones de luz del cielo exterior. Sus espadas estaban a su lado y su yelmo n***o ya no servía más que como chatarra. Intento incorporarse, pero aún tenía golpes y moretones por todo el cuerpo
-Parece que viviste toda una aventura allá afuera contra esas cosas. No intentes levantarte, no es el momento. Deberías dar la vuelta y regresar por donde viniste, aun estás a tiempo-. La voz de un hombre se filtraba por entre el casco de una armadura que estaba sentada al otro lado de la fogata.
-Parece que te quedaste sin habla viajero. Lo que viste hasta ahora no es nada comparable con lo que te espera más allá de los límites del bosque y la oscuridad de la noche infinita, yo mismo he rondado estos caminos y no hay nada que estar buscando.
- ¿Se supone que debo confiar en alguien que no muestra su rostro? -. Contesto el caballero en un intento por reincorporarse
-Perdona mis modales, mi nombre Henri, de la Ciudad antigua del Crisantemo. No necesitas conocer esa ciudad, probablemente al igual que el resto de estas tierras cayó también en desgracia hace mucho tiempo
-Con eso me basta. Solo necesito saber dónde estoy y cuánto tiempo llevo dormido
-Acá el tiempo no tiene ningún sentido, no hay ningún motivo para luchar en el más allá-. El caballero levantó la mirada y desde dentro del casco comenzó a reír- Perdóname, creo que no me he expresado como debería. No, no estas muerto, no aún por lo menos. Es solo que estas tierras están malditas y corrompidas por el pecado. Acá el tiempo no existe y es mejor abandonar toda esperanza.
-En ese caso entonces tendré que apresurarme a no encontrar a la parca en medio de la oscuridad-. Respondió Galem mientras se acomodaba lo que le quedaba de armadura.
-Si quieres continuar con tu camino no soy quién para detenerte. Pero te advierto, llevo años enteros tratando de buscar la manera de salir de acá. La salida existe, pero el pecado se ha convertido en maldición. Ten mucho cuidado. Aunque si continuas adelante es posible que nos volvamos a encontrar. Solo evita que la oscuridad te consuma por completo.
Galem encendió una antorcha y sin decir una sola palabra se adentró de nuevo en lo más profundo del bosque.