Los caminos se tornaban amenazantes ante el compás de la macha de los caballeros de plata. La luz y el aire cada vez eran menores a medida que se alejaban de los límites territoriales del reino. El sol ahora se veía como un objeto alejado y triste que se consumía a sí mismo en una espiral roja y naranja. La tierra se tornaba pantanosa a pesar de la falta de cuerpos de agua y las hojas de los árboles se veían cada vez más oscuras y marchitas a medida que los veinticinco soldados avanzaban cantando rimas que les inspirasen valor para lo que estaba por venir.
Debido a que mucha gente ya se había desplazado hacia las zonas orientales y escapando de las montañas, no fue difícil ir encontrando aldeas y edificios abandonados. A pesar de que el fenómeno no había comenzado a expandirse sino hasta hace unas pocas semanas la corrosión en el ambiente avanzaba de una manera inesperadamente rápida. Los matorrales y el óxido habían tomado las herramientas, los carros, las cazuelas y todo cuanto los escasos habitantes de las zonas más remotas habían alcanzado a llevar consigo.
Algo que pudieron notar, más ninguno estuvo dispuesto a decirlo hasta que el tiempo y el daño de la oscuridad los habían empezado a consumir, fue que el aire los estaba empezando a enfermar. A pesar de que contaban con grandes ánimos para descubrir los misterios y llegar hasta el abismo, sus energías fueron poco a poco mermando y el aire se hacía cada vez más pesado e imposible de aspirar. Las armaduras que servían como instrumento de orgullo ahora no les causaba más que problemas para mantener el paso y poco a poco empezaron a tener ganas de dejarlas o de llevarlas como lastre.
Tras varios días de caminata no encontraron absolutamente nada, ni un animal o un ser humano ya fuera vivo o muerto. Todo parecía haber quedado suspendido en el tiempo y el silencio fue tan abrumador que empezó a bajar los ánimos de los caballeros. De alguna u otra manera, aquellos quienes siempre habían gozado de buena salud, una mirada más amplia y una amabilidad admirable fueron los primeros en entrar en la desesperación del silencio. Tenían comida, guardias y un camino que seguir, pero estaban abrumados ante tanta soledad, soledad que sintieron en todos sus sentidos, soledad que era más que imposible de expresar. Un sentimiento de melancolía iba creciendo en lo más profundo de sus corazones sin que hubiese poder humano capaz de explicarlo.
Al cabo de unas semanas de difícil marcha llegaron por fin a la que había sido apodada Gatehell desde que empezó la resurrección de los muertos. La ciudad había tenido un importante apogeo debido al gran tránsito de gente adinerada con esperanzas de tener sus últimas oportunidades junto a sus seres queridos gracias al hechicero de la piedra de la oscuridad. Se construyeron grandes puentes, mansiones y zonas residenciales para los peregrinos que venían de paso con el único objetivo de ver las maravillas traídas del más allá y por las cuales estaban dispuestos a desprenderse de grandes fortunas.
Gatehell estaba también en una zona ventajosa por donde se le viera. Dos grandes ríos alimentaban el alcantarillado de la ciudad y el comercio fluvial. Grandes catedrales fueron construidas en las copas de las colinas y las mansiones se organizaban entorno a grandes arterias de calles que comunicaban la gran Fortaleza del fuego a bulevares y anillos que hacían que temas como la evacuación, el transporte de mercancías y la visita de gente rica se diera con facilidad. Así mismo, las zonas de oración se expandían en elegantes edificaciones destinadas a monjes, gentes del clero y soldados guardianes. Todos ellos con un inigualable culto hacia la muerte.
La Fortaleza del fuego fue apodada de esta manera gracias a los retoques del sol que hacían que la piedra tomara distintos colores amarillentos y rojizos a medida que avanzaba el día, como si los rayos del sol vistieran la ostentosa edificación en llamas en medio de la colina más alta de la ciudad. Gatehell estaba en su mayor apogeo cuando empezó la guerra con los latentes, nombre que se le dio a los muertos capaces de resistirse a la magia del hechicero y quedaron vagando entre la vida y la muerte. Cuando los no muertos iniciaron su avanzada la ciudad quedo reducida a un complejo de ruinas y miseria. Pocos lograron escapar de lo que se conocería por los lugareños como la gran m*****e del fuego.
Ahora cuando la compañía había logrado por fin llegar a su lugar de destino, el cual tomarían como avanzada, no quedaba nada de la magnífica ciudad cúspide del desarrollo. Todo estaba cubierto por hielo y cenizas. No quedaba nada de los magníficos complejos de peregrinación ni de las interconexiones de los bulevares. La ciudad, que había caído más allá de los límites de la oscuridad hace más de diez años, parecía estar suspendida en otros tiempos y los fantasmas amenazaban con despertar en cualquier callejón. Los puentes estaban derrumbados y los ríos se desbordaron llevándose por delante los puertos y las callejuelas menores.
A la entrada de Gatehell se podía observar la magnífica imagen de la fortaleza del fuego, ahora el objetivo de los cansados soldados. Sin embargo, dada la geografía del lugar era imposible acceder a ella con los ríos crecidos y los puentes desquebrajados. El único sitio aparente de acceso era el viejo acueducto, lugar que por mucho tiempo se presume que era lugar de los ladrones y los feligreses de los antiguos dioses quienes mantenían en secreto su fe por miedo a las represalias de los monjes de la orden, quienes se cercioraban de mantener el orden en la ciudad.
Al entrar en las antiguas catacumbas el aire se hacía aún más pesado. En el exterior parecía que la vida no existe más, pero ahora los ruidos que se sentían de las lejanías de estrechos pasadizos alimentaban la ansiedad de los soldados. No había modo de alumbrar grandes extensiones y por cuestión de minutos fueron avanzando a tientas por entre agua viscosa y putrefacta propia de desechos que se habían mantenido intactos con el paso de los años. Se escuchaban pasos agiles a la lejanía, pasos de dos patas y de lo que parecían ratas. No tenían miedo, pero cualquier cosa los podía esperar al pasar por alguno de los estrechos túneles.
Al cabo de un tiempo de caminata, una figura alta pero encorvada que apenas se pudo predecir por la intermitencia de la antorcha los miraba desde el final de infinito pasillo. Su rostro, carente de ojos y de cabello, les mostraba una gigantesca y perturbadora sonrisa. No se movió, y los caballeros se mantenían en fila a la expectativa. Nadie se atrevía a abrir la boca, pues en la mente había más preguntas que palabras capaces de expresarlas. El tiempo pareció infinito cuando el caballero de la primer antorcha lo miró fijamente y extraño ser se mantuvo en la misma posición. La incomodidad al fin logro partir el espíritu del primer caballero quien termino vomitando en sus propios pies, seguido por varios de sus compañeros.
La actitud fue tan violenta que el extraño troll de la alcantarilla perdió su condición de inmutabilidad y se levantó de su sitio mostrando unas largas extremidades. Su rostro solamente abarcaba más de la mitad de su cuerpo y su gran boca exhalo un aullido que ensordeció, junto al eco del recito, a los caballeros. Los pasos en la lejanía se acercaron y extrañas criaturas se arrastraban entre las paredes de la alcantarilla. Entre los caballeros no reino aún el caos, pues estaban entrenados para esto.
Las ratas se extendieron por entre la pasta de aguas residuales y se lanzaron contra los guerreros que con una mano mantenían encendidas las antorchas y con otra picaban los animales que los asaltaban desde abajo. Las criaturas que se arrastraban por las paredes de adherían dificultosamente contra los rostros de los soldados, los cuales fueron protegidos por los yelmos evitando que las alimañas llegasen a su boca. A pesar de su agilidad, los caballeros las remataban con sus manos y no tuvieron oportunidad de causarles mayores heridas, se aferraban a sus armaduras y la luz reflejada de las antorchas los quemaron.
Al intentar avanzar, el troll roció sobre los primeros hombres un vapor que resultó sumamente acido en contacto con las zonas expuestas de los soldados. Los gritos aturdidores de los heridos hicieron reaccionar a los últimos de la fila india quienes, intentando socorrer a los primeros y huir de las criaturas que se arrastraban entre las pareces, crearon una estampida dejando a otros tantos más heridos. Las antorchas empezaron a terminarse y el troll continuaba profiriendo gritos que atraían más y más criaturas. En ese momento, de debajo de los caballeros heridos surgió un hombre quien traía enmarcado en su escudo el emblema de la luna y lanzó una estocada directa contra el troll.
Los gritos cesaron al instante y el sonido hormigueante de las criaturas se detuvo en una caída seca contra el suelo. El troll entró en una ira incontenible lanzando un manotazo que logro agrietar las paredes de las cloacas. Sus manos extendían dedos tan titánicos y largos como sus brazos e intentaron tomar desprevenido al caballero de la luna, que en un ágil movimiento se impulsó de frente contra el monstruo haciéndose tragar una antorcha encendida. Los aullidos regresaron, pero esta vez no parecía llamar a nadie, sino eran gritos de agonía. El caballero lunar aprovechó la ocasión para de un tajo cortarle las piernas y en medio de chillidos la criatura cayó al suelo hundiéndose entre la porquería.
A pesar de esto, los brazos siguieron en un constante manoteo que alcanzó a ser bloqueado de frente por el escudo del soldado. Aunque esto lo desestabilizó, no perdió la oportunidad y de otro tajo mando a volar tres de los dedos del enemigo. El troll ya no tenía ningún tipo de control sobre sí mismo y escupiendo fuego se estrellaba contra los muros de la cloaca amenazando causar un derrumbe.
-Escuchen, como puedan levántense y síganme. Deben correr tan rápido como puedan, si un compañero de ustedes no es capaz que otros dos le ayuden-. Ordenó en medio de gritos el caballero lunar.
La criatura buscaba escapar agazapándose de un lado a otro, lo cual funciono como guía para el caballero lunar que, sin consultar el plan con sus compañeros, los dirigió detrás del extraño ser. Los tramos de la alcantarilla se fueron desplomando en medio de terremotos y el peso de la ciudad entera parecía caer sobre ellos. Al cabo de correr por interminables pasadizos por fin lograron llegar a lo que parecía una cámara subterránea en la que se expandió la luz de las antorchas que lograron sobrevivir al pique de los caballeros. Todos lograron llegar, pero al menos la mitad estaban heridos y cinco de ellos de gravedad.
La criatura, libre en un espacio más amplio, regeneró sus patas y se volvió a levantar empezando una embestida contra los caballeros plateados, pero el caballero lunar, salido como un ser celestial, tomo a la criatura por la espalda y enterró en su cabeza un gran espadón. No hubo gritos, no hubo chillidos, la criatura calló de rodillas y el caballero de la luna se alzó sobre su monstruoso cuerpo como un héroe.