Rio carmesí

1394 Palabras
El duque de las tierras del sur, apodado Marcus el sabio, tenía una gran fama entre los terratenientes y entre sus mismos subordinados por la capacidad con la que contaba para tomar decisiones públicas que resultasen beneficiosas para la pequeña ciudad que gobernaba. En muchas ocasiones se le podía ver caminar por las calles esbozando una tímida sonrisa a los comerciantes, a los mendigos y campesinos que pasaban por el lugar. Era una persona muy seria, pero ello no le quitaba la calidez que demostraba con su mirada. Se decía que cuando realizaba una promesa no había motivo por el cual cancelase un compromiso, aún cuando este se realizara con el rey o con un mendigo para suministrarle comida o prometerle algún trabajo. Por este mismo motivo, era muy severo con aquellos que incumplían promesas con él, llegando a dar duras reprimendas en las mazmorras a quién se burlara de él, por lo que a la larga las personas evitaban adquirir compromisos con Marcus. En una ocasión, en medio de una visita del Rey no desestimo poner a la mesa a una familia de campesinos con los que días atrás había quedado de cenar – Lamento no poder llegar a su casa pues unos compromisos me obligan a asistir a una reunión importante, sin embargo, son invitados a participar de mi banquete- La sorpresa de aquella familia fue darse cuenta que fueron lavados, vestidos y perfumados para sentarse cerca al rey y al duque agasajados con los honores con los cuales se agasajaría a cualquier noble. Estas excentricidades del duque no molestaban, por el contrario, complacían al Rey quien en el pasado había forjado una fuerte amistad luego de que Marcus protegiese las costas de los invasores piratas a su lado cuando aún era un príncipe. Todos amaban al duque con su sencillez y sus locuras que eran atribuidas a los arrebatos de un viejo, todos lo amaban menos su propia familia y personas más cercanas, que al contrario de lo que cualquiera diría, Marcus vivía con sus propios demonios. A puertas cerradas, Marcus tenia cambios de humor repentinos y ataques de ira que reprimía para sí mismo convirtiéndolo en alguien reservado. Cuando caminaba por las calles lo único que podía pensar era en las ganas de no hablar con nadie, de escapar de sus responsabilidades y adentrarse a los bosques para vivir como un ermitaño, en realidad, poco le importaba su mujer de mentira, la cual lo era solo para formar relación diplomática con señores adinerados. Siquiera sus hijos eran de su mayor relevancia. Cuando su esposa, una enfermiza jovencita de 16 años, quedo embarazada de su primer hijo sintió un atisbo de esperanza, de que algo por fin podría sentir. Sin embargo, el embarazo no sobrevivió al sexto mes de gestación y se le dio un entierro con honores de forma representativa. Aún cuando su esposa quedo embarazada de su segundo y tercer hijo, llego a tener la esperanza de sentirse vivo por primera vez en su vida, pero también murieron, uno en medio del parto y el otro a los tres días de haber nacido. Cuando llego el cuarto embarazo, no sintió esa esperanza, pero quería y se impulsaba a sentirse alegre porque, según las parteras, este niño sí tendría posibilidades de vivir. Su desilusión fue tanta que cuando nació un niño menudo y enfermizo que no se atrevía ni a llorar demasiado, opto por no cargarlo ni visitarlo con frecuencia, le recordaba a su padre. Se decidió que si los otros habían muerto este también lo haría a su debido tiempo, sin embargo, paso el primer y el segundo año sin ningún problema. El niño, que no fue bautizado hasta después de poder empuñar una daga. Se llamó Bron, nombre que su madre insistió en colocar, nombre que según el padre era demasiado pesado para un niñato. Al parecer Bron rompió la maldición de los partos y quedo en el punto medio, pues después de ello tuvo tres hermanas, que a la larga se convirtieron en las favoritas de su padre, a ellas y solo a ellas les entregó su atención al tiempo que su madre tenia cada vez menos tiempo para él. Fue así como se refugió en los libros y decidió no prestar mucha atención a las lecciones que le impartían sus maestros para el manejo del arco y de la espada. Para él, su padre era un hombre imponente, de difícil acceso y de pocas palabras, por lo que no fue capaz de dirigirle la palabra y la mirada al mismo tiempo, síntoma que interpreto su padre como otro signo de debilidad por parte de aquel pequeño niño. Fue en ese momento, cuando se dio cuenta que no había motivos para hacer las cosas, pues su padre no lo notaría de ningún modo y dejo entonces para otra el manejo de las armas. Pésima decisión. Cuando había alcanzado los 8 años, seguía siendo un niño delgaducho que cualquier ráfaga de viento lo tumbaría, por lo que era capaz de colarse en medio de la plaza sin ningún inconveniente. Una mañana, mientras recorría la calle en camino a la taberna donde peleaban varios hombres por dinero, notó como una turba inmensa doblaba la esquina de la calle, aterrorizada huyendo de algo. Una estampida de hombres y mujeres con velos se dirigía hacia él, no hubo tiempo para pensar pues sintió como una patada le sacaba el aire dejándolo tirado el suelo. Tuvo suerte de caer en un agujero donde era difícil que lo volvieran a agredir. La gente corría de un lado para otro, quedaban estampados contra las paredes que se teñían de rojo al instante. Volaron escombros de todos lugares y el polvo se metía en los ojos de la gente. Una mujer cayo al suelo y fue aplastada por cientos de pisotones que iban y venían de todas direcciones. Un hombre que trataba de levantarla fue aplastado por una viga matándolo de contado. Los gritos resonaban como el infierno, el calor que sentía en el agujero lo sofocaba y al poco se dio cuenta de la cantidad de muertos que quedaban en la calle en medio del caos. Bolas de fuego volaron en los cielos, con un sonido estridente que hacía sangrar los oídos y se estampaban contra los techos de las viviendas. Los niños que intentaban correr entre la multitud caían al suelo y eran igual aplastados por una cantidad enorme de adultos que no distinguían entre cuerpos o frutas tiradas. Frente a sus ojos vio como dos hombres tropezaron con el suelo generando que una gran turba cayera al sueño. Las astillas caían del cielo y empalaban los cuerpos, quien a duras penas lograba levantarse era atropellado por los caballos que corrían sin control. Al poco, la canal de la calle se llenó de una sustancia entre rojiza y amarillenta que se dirigía al agujero donde Bron se encontraba resguardado y fue poco a poco llenado el agujero. El desesperado niño no noto que su brazo había quedado aprisionado por su propio peso, por lo que fue difícil moverse quedando empapado del rio carmesí que lo envolvía. Recordó las viejas historias donde los caballeros preferían cortarse los brazos antes que morir por mordeduras o veneno, supuso que sería algo muy radical, por lo que usando todas sus fuerzas trató de levantarse rompiéndose el brazo. El dolor lo enmudeció y todo se hizo borroso. Lo ultimo que Bron fue capaz de distinguir fueron las armaduras plateadas de la guardia de su padre entrando a la ciudad. Ya o había ruido ni dolor, siquiera el fétido olor de cientos de cuerpos que caían en la acera, lo único que podía pensar era en llegar hasta los soldados y presentarse. Se levantó, caminó unos cuantos pasos y las fuerzas se fueron de sus piernas. Cayo de rodillas, sin poder gritar su rostro quedo contra el de una anciana que lo miraba con ojos inexpresivos y al fin todo se hizo oscuro. La mayoría de la gente que sucumbió en la plaza había muerto aplastada por la turba, seguido por la caída de escombros de los edificios, las balas de fuego, las flechas y las esquirlas. Solo muy pocos murieron por el cuchillo o la espada. Esto no importaba, en pocas horas todos fueron enterrados en fosas comunes alrededor de la ciudad de donde, se supone, jamás regresarían
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