La anciana y el gigante

1754 Palabras
Curar su última herida no fue nada fácil, requirió de la ayuda de algún ocasional acomedido que ayudase a voltear con cuidado el cuerpo, a vendarlo y suturarle la zona. Si bien se había decidido que nadie ayudaría con aquel hombre, poco a poco los pobladores se interesaron por la salud del recién llegado, pues causaba gran curiosidad como un solo sujeto había logrado causar tanto revuelo. De todas las direcciones fueron llegando hojas aromáticas para ungüentos, comida, carne seca, licor y otras cosas para ayudar al medico y al gigante que después de unas horas había recuperado la conciencia, aunque no el habla. Por otro lado, el caballero sentía un fuerte peso sobre sí, le era difícil abrir los ojos, pero su mente se sentía tan turbada que le era aún más dificultoso vivir consigo mismo. No recordaba mucho, pero cada que lo intentaba una gran cantidad de imágenes llegaban a su cabeza provocándole discretas lágrimas. En poco tiempo, memorizo todos y cada uno de los patrones del techo de la habitación en la que había sido acomodado. Cuando esto le aburrió lograba predecir el momento del día en que las sombras atravesaban la ventana y en las tardes cuando regresaban. Conoció cada ladrido de cada perro y cada zumbido de cada insecto que pasaba por su ventana. No fue capaz de saber cuanto tiempo pasaba, no escuchaba las palabras del médico ni le prestaba atención a la luz del sol. Solo las sombras se convirtieron en su compañía, pero cuando los días son más oscuros las sombras tienden a desaparecer. El médico, por su parte, empezaba a animarse por la gran participación de la comunidad en su proyecto con el gigante y alcanzo a ver un atisbo de esperanza, sabía que aquella buena gente que en la realidad no había visto el mundo, no podría encerrar demasiado rencor en un desconocido. Esto le dio ánimos pues sabía que facilitaría las cosas en caso de que la anciana permaneciera escéptica respecto al gigante cuando regresase a la aldea Irina, era una mujer que había sabido cuidar de las buenas gentes de la aldea y era bastante talentosa al momento de dirigir a su pueblo. Hacía años que fue acogida proponiéndose a sentar cabeza y regresar el favor. Cuando los ladrones atacaban el pueblo ideó rutas de escape, sabía que aquella gente no sería capaz de defenderse y mucho menos de atreverse a matar a otro ser humano. Logro construir empalizadas que servían como señuelo, diques para mantener reservas de agua, corrales, pequeñas granjas, depósitos y molinos. Para todos, la llegada de Irina fue una bendición, y aunque ahora ya tenía una considerable edad, se mantenía más fuerte y vigorosa que cualquier jovencita. Es una lástima, como los sentimientos que poseía el asentamiento por su madre no eran fácil de trasladar Frigilla. A pesar de los esfuerzos de su madre, era una chica perezosa, arrogante y alejada de entablar relaciones con los demás jóvenes de la aldea. Constantemente se le veía intercambiar insultos con Irina, sus vecinos o cualquier otro niño que cruzaba por el lugar. Exigía a su madre las mejores ropas, las mejores comidas o los mejores espacios en su mesa, los cuales siempre estuvo puesta a concederle. Por el respeto a Irina, nadie se atrevía a decirle o dirigirle la palabra de forma grosera, pero siempre fue poco bienvenida. Irina era una mujer valiente y más valiosa que muchos de los campesinos o lugareños quienes la respetaban y obedecían a pesar de que ella declaraba explícitamente que no deseaba ser líder o mandar a nadie, solo brindaba consejos a quien los pudiera seguir. A pesar de ello, representó a la aldea es muchas ocasiones ante los soldados que venían constantemente a pedirle lealtad e impuestos para financiar su guerra. Sin embargo, a todos y cada uno los disuadía y se iban con las manos vacías en medio de la confusión. Un día, y en contra de los alegatos de su gente, decidió que era buena idea iniciar un viaje a la ciudad donde se encontraba el administrador local y rendir respetos a quien tuviera que hacerlo para que por fin les dejaran en paz. Llevo consigo dos carretas de la última cosecha y un par de presentes más, el viaje sería bastante largo y decidió llevar consigo a su hija y otros cuatro acompañantes. Su viaje demoró varios meses, tiempo en el que creyó que la aldea se pondría patas arriba. Sin embargo, contrario a sus especulaciones, se dio cuenta que la gente andaba atareada trabajando, cocinando y llevando de un lado para otro toda clase de comidas o utensilios. -          Doctor Marcus- dijo en cuanto pudo instalarse y hablar con la persona que había dejado encargada de la dirección del asentamiento -Me puede explicar que estamos celebrando, no será mi bienvenida- Marcus admiraba de sobremanera a esa mujer, a quien consideraba su madre, por lo que se empañaron sus ojos y la abrazó con el mayor del cariño que podría demostrar. Le contó la visita del gigante, como lo había cuidado en su casa y la manera en la que a la larga la gente había logrado aceptar al extraño a pesar de que como parecía ignorar la realidad. En efecto, de nada habían servido hasta ahora las insistencias no solo del medico por hacer que reaccionase, que se levantara y saliera. A pesar de todo, no era capaz de olvidar la única conversación en la que habían tenido y el terror que aquel misterioso caballero mostraba. Pronto se dio cuenta que sentía algún tipo de lastima por aquel hombre que parecía un muerto en vida, pues a pesar de la ayuda de la gente y de los ánimos que poco a poco le inspiraban este jamás reaccionó. Por ello, sintió un gran alivio al ver llegar a Irina, los días desde su partida pasaron bastante rápido, pero nadie más que ella sería capaz de hacer que todo volviera a la normalidad y le quitase la responsabilidad de la dirección. Cuando la llevo ante el caballero, Irina descubrió en el gigante aquello de lo que había descubierto en cientos de soldados que regresaban mutilados del campo de batalla y entraban a las tabernas a distraerse. Recordó la manera en que se respaldaban en el licor tratando de llenar ese algo que el horror de la muerte les había quitado. Recordó sus días en las ciudades sacando con asco a los mismos ebrios por los que momentos antes sentía pena. Aquel era otro muerto en vida, de aquellos a los cuales en una época pensaría que era mejor dejarlos morir en sus propios pensamientos a obligarlos a interactuar con el mundo exterior. - ¡Eh, fortachón! Allá afuera eres toda una celebridad, has puesto toda la aldea de cabeza- Pero el hombre no quito sus ojos del techo. Irina no sintió desesperación. -Si me puedes oír, hay que decir unas cosillas. Supe del incidente del sótano, no te estamos cobrando, en lo absoluto, pero creo que no vendría mal una mano firme para reconstruir el espacio, al menos por vergüenza podrías ayudar- con una risa sarcástica no esperó ninguna respuesta del caballero -No tengo por que hacerlo, no les pedí que me rescataran, problema de ustedes-. Contestó el caballero sin dirigirle la mirada -No es obligación, pero necesitamos la ayuda de alguien allí, al fin y al cabo, el Doctor Marcus perdió su cueva y creo que sería buena idea recuperarla- Todo estaba yendo bastante bien -Ya le dije, no tengo que ver, hay suficiente gente acá para hacerlo -Pero no toda la gente se encuentra mirando el techo todos los días, algunos debemos viajar, otros se deben encargar de los animales y otros simplemente de salir a probar y tomar el sol ¿no te gustaría acompañarnos? -. El caballero opto por no responder y bajo la mirada - Muy bien, en ese caso creo que hemos inventado una nueva profesión en este pueblo, los contadores de tejas, felicidades eres el primer empleado en esta profesión y yo soy la segunda- En ese momento se sentó a su lado y ahí permaneció por varias horas, nadie hablaba ni quien entraba a presentar sus saludos, ni los primeros contadores de tejas. Así pasaron unas horas y el caballero, incomodo por la compañía, por fin abrió la boca. -No sé qué tan lejos está el sótano, pero si me dan una pala lo haré. Eso sí, no necesito que me estén ayudando ni acompañando, no quiero a nadie ahí. -Concedido, encontraremos una pala y algo de ropa. Solo tengo otra petición, trate de asearse un poco que con el olor va a espantar hasta las animas- Sonrió al darse cuenta de que el caballero esbozo una tímida sonrisa. Al día siguiente y por varios días se levanto temprano a sacar la tierra del sótano. Progresivamente se fueron uniendo más aldeanos a la empresa que termino con la construcción de una improvisada casa que sería terminada al termino de seis meses. El gigante siempre fue reservado con sus asuntos, pero ya no le molestaba compartir. Era más frecuente verlo sonreír ante las bromas o los simples desagravios de la gente. - ¿Por cierto, sabía usted que todos acá creímos que sería un gollem o un gigante el día qué llegó? - le pregunto Marcus cuando por fin terminaron la casa que terminaría siendo la residencia del gigante. -No es que yo sea grande, ustedes son muy pequeños, he conocido gente que en realidad es gigantesca y yo no soy uno de ellos- Hasta ese momento la gente se refería a él como el gollem, por lo que estaba más que acostumbrado a ese nombre. -En fin, estaba pensando que ya ha pasado mucho tiempo y sería buena idea que eligiese un nombre, es cansino no saber cómo referirse a usted -Supongo que pueden seguir llamándome caballero o gollem, no importa demasiado, es solo un nombre-. -Es importante, si alguien le llega a necesitar, o lo manda a solicitar que se supone que haremos con usted. No, es necesario un nombre y si no lo elige usted lo haré yo. -Es solo un nombre… -No, no lo es. Desde hoy le llamaré Gallem, Gallem el gollem, qué conveniente- En ese momento Marcus se levantó y trato en lo posible de igualarse con el gigante sentado- Bienvenido Gallem, ahora hace parte de nosotros y no hay por qué huir. Gallem sonrió, se recostó en su puesto frente a la fogata y logró dormir.  
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