Después del amanecer

2248 Palabras
De entre la oscuridad una figura se distingue mientras huye de las sobras que proyecta su titilante antorcha. Su figura era la de un hombre alto y atlético quien, con fatiga, no era capaz de mantener el aliento dentro la bruma congelante de la noche eterna. Mientras corre siente como cientos de miradas apagadas lo siguen y lo apetecen. Están ahí, puede presentirlo en los pocos instantes de luz que aún conserva, no sabe como salir de la infinita oscuridad, solo corre con un brazo roto y la armadura de plata aboyada la cual le incomoda y le limita la respiración. Del yelmo que porta no queda más que un ala, símbolo de lo que alguna vez fue dignidad y coraje ahora solo se limita a mostrar el miedo de los que no regresan de la oscuridad. Nos puede parar, aunque el cansancio y el esfuerzo lo quieren hacer vomitar y las piernas empiezan a flaquear. Sabe que no puede levantar su espada pues su mano esta ocupada en la antorcha que solo ilumina unos pocos pasos de distancia. Sabe que llevan días perdidos, pero desde que empezó este infierno solo ha logrado ver la oscuridad. Los arboles lucen como gigantes amenazantes que extienden sus garras para evitar que logre cruzar. Sabe que esta dando vueltas, pero es mejor moverse que mantenerse indefenso en la bruma. No puede más, lo sabe, pero unos pasos se acercan a él poco a poco. Su sentido de la audición esta más agudo que nunca y esa cosa está por alcanzarlo. Cae rendido, su brazo ya no duele, por el contrario, se siente frio y pesado como una carga más. Sentado en un muro cubierto por vegetación y en los que siente que serán sus últimos momentos recuerda el día en que el Rey tomo su hombro y lo llamó héroe. Era una mañana cálida y la gente se amontonaba a lo largo de la plaza para ver partir a la tropa de caballeros salir rumbo a lo desconocido. Los talentosos y experimentados caballeros que se preparaban desde niños para combatir la oscuridad formaban orgullosamente frente al Rey. El rey Nicolac era otro apuesto hombre, de los que han luchado mil batallas y mil batallas han logrado ganar. Su rostro denotaba la mirada de un anciano al que el paso de los años le han enseñado a sonreír hasta en el más triste momento. Era un hombre gigantesco y sus ropajes reales lo hacían ver igual que a un dios. Habían instaurado la orden de los caballeros de plata como guardia personal del rey, sin embargo, este considero que sería un desperdicio entrenar tan talentosos hombres para mantenerlos resguardados en el palacio. Por el contrario, cuando había empezado la guerra contra los latentes fueron los encargados de custodiar los límites del país y aplacar cualquier hostilidad que llegara de la montaña prohibida, lugar del que alguna vez salieron los muertos vivientes. La orden había guardado por muchos años la paz y la tranquilidad de las buenas gentes del reino hasta que la oscuridad y la pestilencia del reino oscuro empezaba a acaparar y pasar inevitablemente por sus fronteras. Poco a poco fueron desapareciendo asentamientos y pequeñas comunidades por lo que eran necesario investigar que se tramaba al interior de la bruma. Ninguna expedición de soldados regulares había regresado, los monjes que intentaron purificar las fronteras enfermaban y los ociosos que iban de aventura desaparecían para siempre. Se escogió para esta primera expedición a 25 de los mejores hombres, aquellos que lograron demostrar no solo fortaleza física, sino un fervor inquebrantable por el reino y su gente. Jóvenes que los monjes describieron como seres llenos de la luz de los dioses y los cuales reflejaban los rayos del amanecer por medio de sus armaduras. Sus escudos eran grabados por el símbolo del árbol de la vida y en las empuñaduras de sus espadas estaban escritos los versos del libro del conocimiento. Sin duda, era todo un honor servir a la ciudad del Remanso de los Dioses. -Son ustedes el pilar bajo el que se fundamenta la esperanza de su gente, son ustedes quienes se encargaran de destruir la oscuridad y traernos la gloria- Recitaba el Rey en el palco de la ciudad, su voz imponente hacía que sus hombres temblaran de la emoción -Ellos iniciaron la era del pecado- Añadió el Rey- Nosotros somos la expiación del mundo y seremos quienes acaben con la amenaza en contra del reino de los vivos. Aquellos que salieron de las cenizas regresaran a ellas y jamás volverán a atormentarnos- El rey bajo de su pulpito y saludo a todos y cada uno de los veinticinco héroes que partirían en busca del abismo. -Hoy, son ustedes los héroes, son la espada de la mañana y las aves mensajeras. Siéntanse orgullosos valientes guerreros pues mañana serán ustedes los héroes de los que se escriban leyendas y se celebrarán fiestas. Recuerden este momento como el primer día del resto de sus vidas. En medio del llanto de alegría, del festejo y las canciones de la gente, partieron rumbo al abismo del que jamás regresaron los orgullosos caballeros de plata. De los antiguos reinos solo quedaban ruinas imposibles de acceder. Hacia mucho tiempo se habían perdido entre la espesura de los bosques malditos o habían sido saqueados por ladrones y bandoleros quienes usaban las ruinas como bases improvisadas para guardar sus reliquias. Ahora, cuando los nuevos reinos se disputaban terrenos a los que sus reyes jamás visitarían, solo las pequeñas aldeas que se escondían entre las montañas sobrevivían a ser arrasados por los soldados que no escatimaban entre inocentes o rebeldes. Pasaron dos años desde la llegada del gigante a la aldea de la montaña y su ayuda fue más que suficiente para espantar a los pocos bandoleros que permanecían en la zona. Por el contrario, nadie sabe si gracias a la ayuda de Gallen o por la bendición de la buena providencia, la aldea había logrado crecer y mantenerse segura de los peligros del exterior. Nadie sabe cómo, pero cuando Irina había regresado de su expedición, no solo volvió con más bienes de los que se había llevado, sino que también la aldea tuvo menos infortunios con los soldados que se pasaban por la zona. Así mismo y con los rumores de la existencia de un gigante pocos se atrevían en buscar poblados entre las montañas a los cuales molestar. El caballero sabía ahora que en realidad el médico, Marcus, no era un verdadero doctor. Lo había ayudado cientos de veces cuando llegaba algún campesino accidentado por los azadones o palas defectuosas y niños traviesos que se retorcían de dolor por la mordedura de algún alacrán o serpiente peligrosa. No era un medico de verdad, pero se esforzaba en hacer lo necesario para curar a su gente. No se lo dijo a nadie, pero tampoco vio necesario enemistar a nadie por una situación tan irrelevante. Así, pronto trato de olvidar los malos recuerdos que ocasionalmente volvían en formas de pesadillas nocturnas y se dedico a descansar, ayudar con los pormenores de la vida pueblerina y construir edificaciones improvisadas que ayudaban a aplacar la densidad del viento. Poco a poco su semblante rejuveneció y las buenas gentes del lugar aprendieron a estimarlo a pesar de su carácter reservado y callado. De las pocas personas, Gallen solo había forjado una verdadera amistad con Marcus y le concedía una reverencia exquisita a Irina, a quien, aunque no podía ver como una madre, la consideraba como una superiora a la cual no era posible llevarle la contraria. Sin embargo, y a pesar de estar acoplado a su gente, durante los meses que logró disfrutar de la verdadera paz de un hogar, nunca pudo entender el clima que se levantaba entre las personas para con Frigilla, quien se paseaba por las grutas constantemente solitaria. La chica había tenido siempre un carácter explosivo y revolucionario, pretendía tener la edad suficiente para irse de la aldea y disfrutar de las comodidades de la ciudad que había visto alguna vez junto a su madre. La gente del pueblo le hastiaba y necesitaba conocer a alguien a quien descubrir. No sabía como es que su madre no entendía su sentimiento y sentía un latente odio hacia ella que materializaba con antipatía. Con la llegada del gigante, logro sentir una tenue de paz interior y se vio poco a poco dedicada a conocer los misterios que abundaban en aquel extraño hombre. De esta manera, se vio pronto conversando y tratando de hablar con Gallen, pero pronto se decepcionó al descubrir el carácter frio y reservado del hombre. Ahora, aburrida por la falta de conversación, tan solo le era amable por poca educación, al fin y al cabo, y a diferencia de la mayoría de gente del asentamiento, él no le había hecho nada. Sin saberlo, fue el único a parte de su madre, quien no le inspiraba recelo. Ella solía caminar sola por entre los matorrales, allí donde no había nadie quien la mirase mal ni le preguntará por su madre o le dirigiese tan solo la palabra. Había pasado toda su vida sola, pues su madre vivía más consagrada a la gente que a su hija y eso jamás se lo perdonaría. Sabia que sin su madre esa gente no sobreviviría, pero ella sí y se los iba a demostrar. Claro, cuando encontrara los medios para irse de allí y no volver jamás, pero por ahora, sin nada que hacer prefería armar planes y soñar despierta todo el día. En medio de uno de sus paseos matutinos encontró una seta de un carmesí hermoso y una base tan blanca como la leche. Era de las cosas más hermosas que había visto alguna vez. Por varios días se sintió impulsada a visitarla y por algún motivo se desahogaba frente a ella. Al fin y al cabo, no la juzgaría. Todos los días despertaba temprano y observaba por horas enteras la seta buscando encontrar la belleza que no veía entre el grupo de gente con el que convivía a diario. Era tan hermosa que creyó sentir amor por un objeto inanimado, hasta que una vez y entre una de sus largas conversaciones, la seta le contestó. -Siempre es posible iniciar el cambio, no necesitas la ayuda de nadie, ellos no valen lo que tú. Ellos no comprenderían las cosas, al fin y al cabo, están adormecidos y son solo hormigas mecánicas- Frigila se quedó sin habla, pero no se asustó, solo estaba sorprendida. La voz de la seta era hermosa. -Yo creo que puedes ir acumulando cosas, enterrarlas e irte cuando más te plazca, al fin y al cabo, ellos no se darían cuenta y tú serías mas feliz-. La seta se levantó en torno a dos pequeñas patas y demostró dos pequeñas manos. Levantó el rostro y en la parte inferior del sombrero se descubrieron dos hermosos ojos color rojo y una pequeña boca que le hablaba -Mi madre se daría cuenta, ella no es ninguna idiota, además no conozco el camino y últimamente anda desapareciendo viajeros y comerciantes-. Contestó tranquilamente Frigilla. -El camino siempre lo hay para aquellos que tenemos voluntad, pues estamos destinados a comernos el mundo, soy un hongo y sé de lo que estoy hablando-. Se sentó y la miro a los ojos. Frigila sintió una sensación que jamás había tenido y que no pudo reconocer, era éxtasis, poder y solemnidad. -Es cierto ¿me guiaras? -. Frigila estaba ruborizada y empapada en sudor -Claro que sí, yo te amo, al igual que tú me amas a mí. Iré contigo, pero comprenderás que soy un hongo y necesito una serie de cosas que me traerás diariamente en la madrugada, cuando nadie nos vea. Después podremos irnos. -Quiero tenerlo todo-. Frigilla no sabia por qué lo decía. -Lo tendremos-. La seta entonces se acurrucó y volvió a ser un objeto inanimado A lo largo de varios días Frigila llevo a lo profundo del bosque todo tipo de telas de las que pudo encontrar además de cuero, paja, comida y cera. Se encontraba hipnotizada por la voz que le hablaba y que siempre se escondía entre las sombras. Sus largas caminatas nocturnas se extendían cada vez más hasta las profundidades del bosque prohibido y regresaba cuando la seta parlante dejaba de hablarle. Nadie notó que la chica ahora daba sus paseos diurnos con menos frecuencia y sin energías, que se dibujaban unas bolsas oscuras bajo sus ojos y que poco a poco sus cabellos dorados se iban marchitando y cayendo al suelo. Su piel perfecta se fue envejeciendo de una manera extraordinaria en el transcurso de unas pocas semanas y sus dientes se volvían amarillentos poco a poco. Nadie lo noto hasta que ella ya no era la misma. - ¿Ya está todo listo para irnos? No soportó estar encerrada en mi casa, odio a mi madre y los odio a todos ellos, quiero que nos vayamos lejos y no regresemos-. Le decía Frigila a una sombra que poco a poco se había hecho más grande. -Es hora. Creo que es la hora, pero necesito que hagas una ultima cosa por mí-. La seta se acercó a su oído y le susurro unas palabras. Frigila se sobresaltó, pero sabía que no debía demostrar ningún tipo de debilidad por lo que sin ningún tipo de remilgo se quito el vestido ante la madrugada helada, se soltó el cabello y se acurrucó en el suelo cerrando los ojos.  
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