Las pisadas de barro conducían al interior su cabaña en medio del bosque. Había estado jugando con Licer, su perro, y la tarde se pasó en un abrir y cerrar de ojos. Era muy común, ante la ausencia de sus padres que se dirigían al cultivo, que terminara de hacer sus deberes y se dirigiese a lugares más apartados y apacibles. Para su corta edad, era muy consciente que no era mucho lo que tenían, pero la vida feliz y tranquila en la vereda hacía que su infancia fuera feliz en compañía de sus vecinos, a los cuales veía como una familia más.
Nadie supo cómo ni de qué manera, pero la chiquilla había aprendido a leer y escribir a pesar de su corta edad y del analfabetismo generalizado en la vereda. La gente se encargaba a diario del cuidado de las cosechas y los animales los cuales intercambiaban entre si o con los soldados que llegaban anualmente en busca de tributos, por lo que el exceso de inteligencia y sapiencia parecían sobrar. A pesar de esto, no faltaron a aquellos quienes se sorprendieron y aplaudían constantemente las ocurrencias de la niña, quien le comunicaba a todos los edictos y las facturas producto del intercambio con ocasionales mercaderes y personas de paso. No existía mucha desconfianza entre la gente por lo que no era normal necesitar de contratos u otros mecanismos para afianzar las pertenencias.
Rina había aprendido a leer con la ayuda de un cartógrafo que visitaba la zona comúnmente. Al menos una vez por mes el joven, que lucia con excelente salud gracias a sus constantes caminatas por el campo, cursaba por la vereda y dibujaba todo cuanto podía. Elmer, quien usaba extraños instrumentos, pasaba horas enteras acurrucado entre la maleza dibujando las montañas, las fallas, el cruce de los ríos y los ocasionales derrumbes producto de lluvias que pasaban de ser bendiciones a castigos divinos. El chico tenia un aura magnifica y era muy fácil que acoplase en cualquier vereda por la que pasase, hecho por el cual todos estaban muy prestos a brindarle posada y alimentos. Aunque las comodidades fueran mínimas, el joven siempre se mostraba agradecido y alegre con la gente.
-Me gustaría ser como tú y poder viajar por todo el mundo, quiero ver esas montañas blancas y esos mares de tierra amarilla que siempre nos muestras-. Le decía Rina a Elmer constantemente cuando este les enseñaba a los niños sus dibujos
-No es tan fácil como parece, tengo que caminar todos los días y huir de los peligros, además tendrías que dejar a tus padres-. Respondía constantemente Elmer
-Por favor, llévame contigo la próxima vez, mis padres entenderán, además que confían mucho en ti, puedo decir que te quieren incluso más que a mí-. Si bien era una exageración, los padres de Rina siempre estaban más que dispuestos a recibir al joven que, a pesar de sus excentricidades, era un excelente invitado
-Les causaras muchas penas a ellos. Por ahora no es el momento, pero si quieres te dejaré varios de los libros que cargo, y la próxima vez que vuelva tendremos de qué platicar
-No sé cómo leer esos dibujos y mis padres tampoco, así que solo serán una perdida de tiempo-. Respondió Rina desilusionada, pues ella lo que quería era irse con él
-En ese caso será mejor que aprendas, si en realidad te comprometes te enseñaré a leer y escribir. Lo lamento, pero es el primer paso si en realidad deseas ser como yo-. Rina se emocionó con la idea, pues creía que sería como esas partes aburridas de las historias de Elmer antes de contar sobre las personas y animales que iba conociendo.
Por una semana, tiempo en que el joven se encontraba registrando la zona, Elmer le enseñó las cosas más básicas de la lectura a Rina quien aprendía a una velocidad excesivamente alta. Para el final de la semana, había logrado comprender varias paginas de un diario de campo y, aunque con dificultad, lograba recitárselo a sus padres quienes, a pesar de todo, veían tal cosa como un capricho infantil.
Al partir, Elmer le dejo dos libros para que ella los tratara de leer. En cuestión de dos semanas había sido capaz de repasarlos no solo una sino dos veces, y hasta la llegada del viajero los revisó en varias ocasiones para tener tema de conversación con el joven.
Aunque al principio había sido difícil y agotador, Rina empezó a amar las historias que encontraba en sus libros y que Elmer le dejaba en sus constantes visitas a su casa. Se enamoraba de los caballeros que rescataban a damiselas afligidas y derrotaban dragones en nombre de su amor. Se asustaba ante los fantasmas que rondaban por torres abandonadas y se emocionaba por las doncellas que dirigían ejércitos haciéndose pasar por varones. Fueron los meses más felices de su vida, pero un día Elmer dejo de venir y con él las historias que traía.
Tras cinco meses empezó a leer los edictos del rey, les pedía a sus padres copias de los documentos que les daban los soldados y pronto todo la había empezado a aburrir. Quería ser mayor para por fin poder ir en busca de aventura tal y como su amigo de lentes. Soñaba despierta dibujando montañas cubiertas de gigantescos árboles, mares hechos de fuego y cualquier rareza que pudiera existir más allá de la amigable vereda. Así que decidió que sería oportuno ensayar y con trozos de carbón dibujaba los paisajes en su comarca, primero en los edictos antiguos y luego en las paredes de su casa, dibujos que eran borrados después de un tiempo por su madre al estar molesta por la suciedad.
Pronto se dio cuenta que necesitaba nuevos lugares si quería dibujar mejor, por lo que se adentraba al bosque constantemente a encontrar cualquier rareza que pudiera ser dibujada, aunque nadie parecía prestar demasiada atención a sus garabatos. Para cuando habían pasado diez meses después de la última visita de Elmer, ella era una magnifica dibujante, además de haber logrado ayudar a sus padres a realizar mejor las cuentas con las cosechas y aprovechar de mejor manera los tiempos. La inteligencia que demostraba parecía ser útil después de todo.
Cuando el joven regreso, se iluminó de nuevo la vereda y la gente peleaba por darle hospedaje al aventurero de los instrumentos extraños, el cual no dudo en ir a la casa de Rina. A pesar de su amplia sonrisa y de que conservaba su aspecto atlético, el joven parecía distinto, con una mirada ida, su cabello descuidado y la barba crecida. A pesar de que no fue capaz de contárselo a Rina, les contó a sus anfitriones como hacia algunas lunas era acompañado por una cuadrilla de soldados la cual fue atacada por bandoleros y masacrados frente a sus ojos. Al darse cuenta de que no portaba nada de valor se lo habían llevado para venderlo como esclavo arrastrándolo por lugares aún más desconocidos. Después de un tiempo de caminata se las arreglo para huir de ellos, aunque perdió compañeros a su paso.
Sabia que no iba a regresar y que dejaría la vida de aventuras de lado por un tiempo yendo con su padre que servía en la corte del Rey. Sin embargo, tenía sentimientos por Rina quien siempre estuvo presta a escuchar sus historias con un interés desmedido. Para él, aquella niña era como la hermana que había deseado tener alguna vez, por lo que decidió dejarle un ultimo regalo antes de partir. Llevaba consigo un cachorro que adoptó en una granja cercana tal vez había caído de una carretilla de comerciantes y lo cuido por varios días hasta llegar a la vereda y se lo obsequio a Rina.
Era un cachorro de Ovejero, enérgico y de color oscuro que mostraba una mirada que inspiraba confianza y valor. Su nombre era Licer, y Rina prometió conservarlo hasta que le faltasen las fuerzas para cuidarlo. Al día siguiente el joven Elmer partió y jamás nadie lo volvió a ver por esos lugares. Según se dijo asumió por fin el papel de su padre en la corte y se casó con una joven adoptando la posición como ministro de la moneda.
Aunque Rina estuvo muy triste por la partida de Elmer, le alegró verlo por ultima vez y llevarse consigo un recuerdo que le ayudara a pensar en la clase de persona que representaba y se decidió entrenar al cachorro lo mejor que podía. Diariamente iba junto a el al bosque y lo hacía correr, cazar conejos saltar y otras piruetas propias de los animales. En compensación el cachorro fue creciendo y era su fiel protector. Lo fue toda su vida, hasta el día en que la aldea fue completamente arrasada.