Sin importar el clima, Rina siempre llevaba a su perro a los bosques para entrenarlo y jugar una vez terminadas sus tareas en la casa. Su madre en las mañanas solo esperaba de ella un poco de aseo, que cocinase y que mantuviera bien alimentados a los animales pequeños que permanecían en el improvisado granero. Nunca había motivos o sospechas para dejar a Irina al cuidado de alguien pues la vereda siempre había sido un lugar pacifico y los soldados del rey mantenían la ley y el orden por los alrededores.
Este día era distinto. Aunque el sol estaba en lo alto y llenaba de luz el lugar, el clima era bastante frio y las nubes amenazaban con una precipitación inesperada. El ambiente despedía un extraño olor agridulce y molesto que nadie habría sabido reconocer por esos lares, pero que se asemejaba al combustible. Los animales se encontraban inquietos y esto empezó a desesperar a la pequeña Rina quien no tardó en reconocer su malestar ante sus padres.
-Son cosas del clima, debe estar soplando en contra de una dirección donde los mercaderes o los magos están haciendo sus experimentos, no pasa nada-. manifestó la madre de Rina quien ya debía salir a cuidar de las cosechas.
- ¿Puedo ir con ustedes hoy? No es que tenga miedo, es solo que quiero ver como van las cosas-. Contestó Rina en un presentimiento escalofriante pero inexplicable.
-Claro que no, no podemos estar pendientes de ti solo porque los animales chillan de hambre, algún día tendrás que casarte y no creo que quieras que tu marido te tome por histérica-. Nunca habían hablado de un tema tan delicado, y su madre se dio cuenta de la severidad de su tono -Está bien, tus ganas, hoy trato de regresar temprano y te traeré unas de las moras que están a punto de madurar.
-Por favor, no te olvides de traerlas. Ten un bonito día, dale saludos a papá-.
Rina trató de hacer sus que haceres con normalidad, pero el hedor y el clima la deprimían como no lo habían hecho desde las partidas de Elmer. No tenia las ganas ni las fuerzas de salir a jugar por lo que se encerró en la casa y con ella a Licer quien ahora no parecía un cachorro por su enorme tamaño y que, notando el cambio en el ambiente, rasgaba la puerta para intentar salir. Después de un rato de intentar calmar al animal e intentar interpretar sus molestos quejidos como fruto de la costumbre, decidió salir junto a él al bosque.
Aunque el animal chillaba y empujaba a Rina a partes más profundas del bosque, la niña se sentía fatigada y sin ganas de continuar. Cuando se decidió a regresar, el cachorro cambió de ánimo y le gruñía. Rina no había podido notar la gran fuerza de Licer hasta que este se lanzo encima suyo y forcejeo evitando que la niña se incorporara. Cuando esta empezó a gritar el perro ladraba con más fuerza y ahogaba los quejidos de la niña. Después de un rato, cuando por fin pudo incorporarse la molesta niña se apartó rápidamente del cachorro.
-Qué es lo que te pasa, no te das cuenta de que me quiero ir. Ni se te ocurra acercarte a mí o te tiraré piedras-. En efecto, tomo unas cuantas piedras y se las tiró al cachorro que entre lloriqueos salió corriendo del lugar.
-Ahora qué le picó a ese perro, tanto más y me termina mordiendo-. Rina se dio cuenta que Licer la había adentrado más allá del limite conocido por ella del bosque, en una zona donde la luz del sol no se adentraba con facilidad y los arboles formaban irregulares arcos que la confundían.
Propuesta regresar a casa y esperar el retorno de sus padres empezó a caminar sin darse cuenta de que por cuestión de unas horas se mantuvo dando vueltas en un mismo lugar. El perro le hacía falta, pero cuando empezó a llamarlo el animal no regresó.
-Lo que me faltaba, perdida y sin guía-. Se lo decía constantemente a sí misma para tranquilizarse y tratar de idearse una forma para regresar.
Poco a poco se dio cuenta que el aire se estaba haciendo más y más pesado. Había algo en el ambiente que la empezó a ahogar y le fue más difícil caminar. Cuando se sentó, la fatiga y el aire la obligaron a dormir. No supo cuanto tiempo paso desde su pequeña siesta, pero cuando Licer la despertó con lentos lengüetazos, las pocas filtraciones de luz estaban más tenues.
-Hasta que por fin se digna a aparecer, hoy duermes a fuera, castigado por grosero-.
Cuando Rina examinó detenidamente al animal notó una mirada de tristeza en sus ojos, de aquellas miradas que solo los amos que han creado una verdadera conexión con sus mascotas logran interpretar. Rina salió corriendo y el perro la trató de guiar en dirección de salida del bosque. Pronto, llegó al extremo conocido del bosque y luchó torpemente contra las ramas que aruñaron sus brazos y su rostro, partes de su camisón fueron quedando enredados con las espinas de las flores, y la suciedad se pegó a sus pies.
Cuando llegó, noto que unas huellas untadas de barro conducían a la cabaña en la mitad del bosque. Una larga mancha roja salía de entre las puertas de la casa, algo común cuando su madre seleccionaba las moras para hacer mermelada. Rina llego a tener una pequeña esperanza a pesar de la desesperación que había visto en los ojos de su perro, pero la mancha roja conducía cada vez más al interior de su casa. Al entrar a la cocina encontró el cuerpo de su madre con el cuello torcido y una pica que le travesaba todo el cuerpo. La niña quedo completamente paralizada. Los ojos fríos y sin vida de la mujer la miraban fijamente a la cara como si desde el más allá le diera la despedida.
Ella, su madre, había sido incapaz de gritar o producir algún tipo de chillido en el momento de su muerte, creía que había logrado dejarlos atrás, pero ellos entraron a su puerta y le asestaron el golpe final.
En la mañana, luego de tomarse un pequeño descanso, decidió que era momento de decidir las moras que le llevaría a su hija. Tras hablarlo con su marido, habían tomado la decisión de darle la noticia a Rina que tendría pronto un hermano y celebrarían la noticia con un poco de mermelada y pan fresco que llegaría a amasar con una harina que llevaba guardando hacía unos días. La chiquilla había tenido unos días muy solitarios y le haría bien tener algo de compañía y responsabilidades.
Había encontrado la mora perfecta y con la cual terminaría de llenar el cuenco. Dada su gran practica llevaba mucho tiempo sin pincharse, por lo que le sorprendió la cantidad de sangre que broto y que mancho algunas de las moras confundiéndose entre el color de sus jugos.
En ese momento el fuego apareció a lo lejos y las miradas sorprendidas de los asistentes se dirigieron rumbo al norte, donde la fuerte llamarada se alzaba desde lejos. Los vecinos, quienes se encontraban reunidos cosechando allá donde las plantas dieran, notaron un extraño sonido proveniente de los matorrales. Hombres encapuchados y portando gigantescas dagas salieron de las matas y sin dar alguna explicación iniciaron la m*****e cortando gargantas y apuñalando estómagos. Los cortos y secos gritos se escuchaban a lo lejos y se acercaban cada vez más hacía la pequeña huerta de las moras.
El olor fétido se intensifico y con ello los gritos que se oían cada vez más cerca. Fueron segundos, pero ante los oídos de la mujer los detalles no se perdieron. Pronto se hacía más claro el sonido del hierro entrando y saliendo de los cuerpos, los gritos de piedad, las botas de los asesinos y los forcejeos que cesaban al instante. Se encontró a si misma atónita, y no fue más que por un grito de su marido que logró salir del letargo.
- ¡Escucha, lárgate de acá y vete con Rina hacía el bosque! -. el hombre levanto el machete con las dos manos y la empujo - ¡No hay tiempo, largo!
Aún confundida corrió desesperadamente por entre los matorrales intentando no tropezar. Escuchó a lo lejos algo que interpretó como el ultimo grito de su marido. No había tiempo de mirar atrás. Se dio cuenta que quien fuera que estuviera allí no la debía seguir a su casa. Con suerte, Rina, estaría junto a Licer en el bosque, pero era mejor tomar precauciones y se mantuvo alejada de la casa hasta que dejo de escuchar pasos.
Por unos minutos se mantuvo escondida entre los matorrales y decidió subir a lo alto de un pequeño árbol cercano. Los gritos habían cesado hace poco, pero el viento le llevaba el olor a humo y sangre que empapaban el ambiente. Entre lo poco que logro distinguir, advirtió a unos hombres con capuchas marrones que tapaban por completo su rostro. Parecían demonios salidos de las historias de su hija.
Cuando sintió que su corazón se partía al ver que todo ardía y que los cuerpos indistinguibles de su gente ardían junto a la cosecha decidió bajar y agazaparse a la casa para encontrar provisiones y partir. Cuando se aseguró que no la seguían entró a la casa y empezó a empacar lo que podía, notando que aun llevaba en su cintura la riñonera donde deposito las moras.
Un ruido seco que no pudo comprobar que era los sus propios huesos crujió al instante. El dolor no llego hasta después y fue esto lo que la asusto más. Sentía que el calor se iba poco a poco de su cuerpo y las pocas energías se desvanecían.
A lo lejos logro escuchar los ladridos del perro de su hija y sintió que la esperanza estaba acabada por completo. Con un ultimo esfuerzo trato de girarse y vio que ella no estaba, solo el animal que mordía con esfuerzo al bandolero que le había asestado la pica por la espalda. Este sacó una porra y mando volando al animal. No tuvo tiempo para dedicar su ultimo pensamiento pues el enojado hombre le quebró el cuello y salió sin siquiera demostrar una pizca de humanidad.
Tras pasar unas cuantas horas, unos hombres entraron en la casa y lograron ver la figura de la niña sentada mirando a los ojos del c*****r de la mujer. No lloraba, no demostraba ninguna expresión. Solo miraba los ojos de su madre mientras que la sangre y el jugo de las moras se pegaba a los girones de su ropa.