Las calles estaban llenas de vida esa tarde. Candy caminaba a paso ligero, sus tacones resonando con confianza en el pavimento, un reflejo de la mujer en quien se había convertido. Su nuevo bufete crecía, y aunque aún enfrentaba desafíos, tenía una determinación inquebrantable. La risa animada de Martina Bello, propietaria del pequeño puesto de pasta fresca, favorito de Alaric, la detuvo en seco. La mujer estaba amasando la pasta, mientras los acordes de "Angie" de los Rolling Stone llenaban el aire. —¡Candy!— exclamó Martina al verla—. Hace tiempo que no vienes por aquí. Candy sonrió, acercándose al puesto. —Sí, he estado ocupada. Pero Alaric ha mencionado mucho tu pasta últimamente, así que pensé en sorprenderlo. Martina guiñó un ojo, alegre de verla. —¡Qué dulce! Bueno, tengo al

