La noche se había tragado la mansión por completo, dejando la habitación de Liam sumida en una oscuridad rota únicamente por el resplandor azulado de la pantalla del teléfono desechable, que proyectaba un halo fantasmal sobre sus manos temblorosas. El peso del dispositivo se sentía desproporcionado, una concentración de riesgo y esperanza tan densa que casi tenía una gravedad propia, atrayendo su destino hacia un punto de no retorno. El aire de la habitación era un cóctel viciado de aromas: el sándalo de Jaxon, el cuero del collar en su cuello y el olor metálico de su propio miedo, que parecía emanar de sus poros. El silencio era una entidad física, una presión en sus oídos que hacía que el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza sonara como un tambor de guerra. Cada crujido de la

