La noche se cernía pesada sobre la mansión Gambino. La bruma del exterior cubría los jardines, pero dentro, el ambiente era aún más sofocante. Greta estaba sentada en el borde de la cama, con las manos temblorosas. Había pasado horas repasando las pruebas que Vicenzo le mostró, su mente girando en círculos, buscando alguna fisura en su relato, una mentira oculta. Pero todo apuntaba a lo mismo: la traición no era de Vicenzo, sino de la Ndrangheta, de La Viuda, su mentora. Ella se llevó las manos al rostro, intentando contener las lágrimas de frustración. ¿Cómo había sido tan ingenua? ¿Cómo pudo haber creído en todo, sin cuestionar, sin pensar que ella misma era una marioneta en un juego mucho más grande? El sonido de pasos resonó en el pasillo, firmes y decididos. El corazón de Greta se a

