El aire dentro del refugio era espeso, cargado con el eco de los sollozos de Amelie y el suave llanto de Alice. La luz tenue de las lámparas subterráneas apenas iluminaba el pequeño cuarto de concreto donde se encontraban. Vicenzo sostenía a su hermana con fuerza, una mano apoyada en su espalda mientras ella se aferraba a él, temblando. El Don Gambino, que siempre parecía hecho de hierro, tenía el rostro hundido en el cabello de su hermana, susurrándole palabras tranquilizadoras. —Shh, ya pasó, Amelie —murmuraba—. Están a salvo ahora. Nadie va a hacerles daño. Pero Amelie no parecía escuchar. Su cuerpo temblaba violentamente, y Alice, en sus brazos, seguía llorando. Greta, de pie junto a la puerta, sentía su corazón encogerse al ver a la pequeña en ese estado. Lentamente, se arrodilló f

