El rugido del motor resonó en el garaje subterráneo mientras Vicenzo encendía el auto, un elegante sedán n***o con vidrios polarizados. La atmósfera estaba cargada de tensión, y Greta, sentada en el asiento del copiloto, apenas se atrevía a respirar. El sonido de las dos camionetas blindadas llenas de guardaespaldas detrás de ellos añadía un peso sombrío a la escena. Sabía que este era un movimiento estratégico; Vicenzo no dejaba nada al azar, y después del ataque, cada acción estaba calculada para mantener el control. —Nos quedaremos unos días en la mansión de mi madre —le informó Vicenzo, sin apartar la vista del camino al salir del garaje. Su voz era baja, pero afilada como una cuchilla—. Necesito reforzar la seguridad aquí antes de que podamos regresar. Greta asintió, aún impactada p

