La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la suave luz que se filtraba a través de las cortinas de terciopelo oscuro. El cansancio comenzaba a invadir el cuerpo de Greta, que apenas podía mantenerse en pie después de la noche caótica que había vivido. Su mente todavía repasaba el sonido de los disparos, el olor a pólvora y el grito desesperado de uno de los guardaespaldas de Vicenzo antes de caer. Ahora, en el refugio seguro de la mansión de su suegra, su mente no lograba encontrar paz, pero su cuerpo estaba a punto de rendirse. Vicenzo cerró la puerta con un clic suave, y el eco del sonido resonó en la habitación. Greta lo observó desde la cama, sentada en el borde con las piernas encogidas. No sabía qué esperar de él ahora. Estaba confundida y cansada. Sin decir una palabr

