El viaje transcurrió en silencio, con las luces de la ciudad parpadeando en el horizonte. Greta intentó calmarse, pero los pensamientos la asediaban. La Viuda de Calabria... ¿había estado manipulándola todo este tiempo? ¿Era Luca, su propio hermano, parte del engaño? El simple pensamiento la enfurecía. Había perdido toda su vida siguiendo las órdenes de una mujer que ahora parecía más una enemiga que una mentora. El taxi se detuvo frente a los altos portones de la mansión De Santis. Greta le pagó al conductor y bajó apresuradamente. La casa se alzaba ante ella como un monolito, oscura y silenciosa, con las luces apagadas a excepción de una tenue en el interior. Greta empujó la puerta de entrada, que estaba entreabierta, y entró sin anunciarse. Sabía exactamente a quién buscaba. Luca esta

