El aire era frío y denso en el sótano donde Greta estaba sentada, con las muñecas atadas al respaldo de una silla metálica. Sus ojos escudriñaron el espacio; las paredes estaban desnudas y grises, iluminadas por una única bombilla que colgaba del techo. Frente a ella, Bianca, la Viuda de Calabria, se paseaba con tranquilidad, como si el ambiente opresivo no la afectara en absoluto. —Greta, Greta, Greta… —Bianca murmuró, su voz como un veneno que se arrastraba por el aire—. Nunca pensé que una chica tan lista pudiera ser tan ingenua. Greta levantó la mirada, desafiándola a pesar de que el miedo palpitaba en su pecho. No mostraría debilidad. No frente a ella. —Tienes una lengua demasiado suelta, querida —dijo Bianca, con una voz calmada que contrastaba con el filo de sus palabras—. Y eso

