Capítulo 5

1715 Palabras
Greta abrió los ojos y parpadeó, confundida por la luz brillante que inundaba la habitación. Un momento de tranquilidad le permitió olvidar la noche anterior, pero al darse cuenta de su situación, su corazón comenzó a latir con fuerza. Se giró para encontrar a Vicenzo en la mesa del comedor, ya vestido con un traje oscuro que realzaba su figura imponente. La atmósfera era densa, como si cada rincón estuviera cargado de electricidad. La mesa estaba elegantemente dispuesta, con un desayuno ostentoso que incluía croissants recién horneados, frutas frescas y café humeante. Pero Greta no tenía apetito. Se sentó con los músculos tensos y la mente llena de inquietudes. Vicenzo no levantó la vista de su taza. Su expresión era impasible, como si la noche anterior no hubiera tenido lugar. Greta se sintió un frágil cristal al borde de estallar, y ese silencio le pareció un grito ensordecedor. —Buenos días —dijo finalmente, intentando romper la tensión con un tono que sonaba más a un susurro temeroso. Él asintió apenas, pero no respondió. Su mirada seguía fija en el café, y la incomodidad creció entre ellos. Greta intentó llenar el vacío con palabras, pero el miedo la mantenía cautiva. —Me imagino que estás… cansado —dijo, sintiendo cómo su voz se quebraba—. Debió ser una noche larga para ti. Vicenzo levantó la mirada por un instante, sus ojos oscuros como el carbón atravesando el espacio que los separaba. Greta sintió que su piel se erizaba bajo su mirada penetrante, como si él estuviera desnudando cada una de sus inseguridades. —No lo fue —respondió, con un tono tan frío que le heló la sangre—. Pero tú lo parecías. Las palabras de Vicenzo resonaron en su mente. “Tú lo parecías.” Ella había esperado que, al menos, él abordara lo sucedido la noche anterior, pero en lugar de eso, estaba en la cuerda floja, sin saber cómo interpretar su actitud. Greta desvió la mirada, obligándose a concentrarse en el desayuno, aunque nada parecía apetecible. Tomó un croissant y lo rompió en pedazos, como si eso pudiera aliviar la presión en su pecho. —¿Te gustaría que… que hablemos sobre algo? —se aventuró a preguntar, mirando por un segundo a Vicenzo. Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, se inclinó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos con una calma que parecía burlona. —¿Qué hay que discutir? —dijo finalmente, con una voz que era un susurro, pero sonaba a un trueno. Se sentía como si estuviera en un juego donde las reglas no se habían divulgado, y Vicenzo era el único que conocía las reglas del juego. —Me gustaría entender qué esperar de nosotros, Vicenzo. No puedo vivir en la incertidumbre —dijo, intentando sonar firme, aunque su voz traicionó su vulnerabilidad. Él la miró fijamente, y en sus ojos oscuros había un destello de interés, como si estuviera considerando cada palabra. —Lo que esperas no es relevante —dijo con un tono tan firme como el acero—. Lo único que importa es lo que yo decida. Greta sintió que las lágrimas amenazaban con brotar. La impotencia era abrumadora, pero sabía que no podía mostrarse débil ante él. Había un monstruo en su interior, uno que no conocía del todo, pero que emergía de las sombras cada vez que Vicenzo la miraba. —Entonces, ¿qué debo hacer? —preguntó, casi en un murmullo, mientras sus manos se entrelazaban en un intento de ocultar su nerviosismo. Vicenzo se inclinó hacia adelante, y su voz se volvió un susurro grave. —Sobrevivir. Eso es lo que debes hacer. Este matrimonio no es un cuento de hadas. No espero que me ames ni que sepas cómo comportarte. Te he elegido por tu sangre y tu belleza, pero eso no significa que seas especial. Greta tragó saliva, asimilando sus palabras. Era un contrato, una transacción, y ella era solo un medio para un fin. La idea de ser tratada como un objeto la llenaba de rabia y desesperación. —No soy solo eso —replicó, incapaz de contenerse—. Soy más que un acuerdo o un simple objeto en tu vida. Vicenzo sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era como si disfrutara de su resistencia, como si deseara hacerla caer. —Esa es una ilusión que debes dejar atrás. No tienes poder aquí, Greta. Solo sigue el juego. El resto del desayuno transcurrió en un silencio tenso, y Greta luchaba contra las emociones que la abrumaban. ¿Era esto realmente lo que le esperaba en su vida matrimonial? ¿La ausencia de amor, la falta de compasión, y la constante lucha por sobrevivir? Con cada bocado que daba, la opulencia del desayuno se convertía en veneno en su garganta. Vicenzo la observaba, y cada vez que sus miradas se encontraban, sentía que se sumergía más en un abismo del que no podría escapar. Finalmente, cuando terminó de comer, Vicenzo se levantó. —Tengo cosas que hacer —avisó mientras salía, dejándola sola. [...] Greta cerró la puerta de su habitación detrás de ella, intentando reunir sus pensamientos tras la tensa conversación del desayuno. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el suave contacto de las sábanas y la frialdad del lugar que, a pesar de su lujo, parecía tan vacío. Su mente seguía dando vueltas a la figura imponente de Vicenzo y a las palabras que había dejado resonando en el aire: "No tienes poder aquí". Mientras miraba a su alrededor, algo inusual captó su atención. En la esquina de la habitación, sobre una silla de terciopelo, había una caja elegantemente envuelta en papel n***o con un lazo plateado. Su corazón dio un vuelco de sorpresa y ansiedad. ¿Qué significaba eso? La curiosidad la empujó a acercarse y, aunque sabía que no debía, su mano se estiró hacia la caja. La destreza con la que estaba envuelta era propia de un regalo muy especial, pero la sola idea de que Vicenzo estuviera detrás de esto la llenaba de inquietud. Con cuidado, desató el lazo y retiró el papel. Al abrir la caja, su aliento se detuvo. Dentro, había un vestido: una pieza deslumbrante de seda negra que caía en una cascada de pliegues que invitaban a ser tocados. El escote era atrevido, y el diseño, provocativo, resaltaba cada curva. Una nota descansaba encima del vestido. La letra era elegante, pero el mensaje era frío: “Póntelo esta noche.” Greta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Era esto una provocación? ¿Un juego? No había ninguna indicación de que esto fuera una muestra de afecto. Era una orden clara, un recordatorio de que Vicenzo seguía teniendo el control absoluto de su vida. El vestido, a pesar de ser hermoso, se sentía como una cadena de oro brillante que la ataba aún más a su destino. De pie frente al espejo, Greta se miró con desdén. El vestido era una obra de arte, pero no podía soportar la idea de que lo llevara solo para satisfacer los deseos de un hombre que no la consideraba más que un objeto. Se dio la vuelta, tocando la tela suave, pero la idea de ser un objeto de su deseo la deprimía. La tarde transcurrió lentamente. Greta intentó distraerse con libros y un té que no podía saborear, pero su mente volvía siempre al regalo. La invitación de Vicenzo le daba vueltas en la cabeza. Si decidía no ponérselo, ¿cuáles serían las consecuencias? La posibilidad de que él se molestara o que la confrontara una vez más la llenaba de terror. Las horas pasaron, y al caer la noche, el vestido seguía sobre la cama, brillando como un faro en la oscuridad. Finalmente, cuando el reloj marcó la hora señalada, el inevitable peso de su decisión la llevó a actuar. A pesar de su resistencia, se acercó al vestido y lo deslizó sobre su cuerpo, sintiendo cómo la tela se ajustaba a sus curvas. Se miró en el espejo, y una parte de ella sintió el impulso de admirarse. Era hermosa, sí, pero también se sentía expuesta. La seducción del vestido era un arma de doble filo. Podía ser una declaración de su fuerza, o simplemente una forma de entregar su dignidad a Vicenzo. Con una última mirada a su reflejo, se dirigió hacia la sala de estar. La luz tenue iluminaba el lugar, creando sombras que danzaban en las paredes. Vicenzo estaba de pie junto a la ventana, observando la ciudad a través del cristal, su figura imponente marcada por la luz y la oscuridad. No se volvió al escucharla entrar, pero ella sintió su atención como una corriente eléctrica. —¿Qué opinas? —preguntó Greta, intentando mantener la voz firme a pesar de que su corazón latía desbocado. Finalmente, él giró lentamente, y la mirada que posó sobre ella la dejó sin aliento. No había amor en sus ojos, solo una evaluación fría y calculadora. Su rostro desfigurado le otorgaba un aura de peligro que hacía que Greta se sintiera más vulnerable que nunca. —Estás deslumbrante —respondió, su voz profunda y grave—. Aunque debo admitir que me sorprende que hayas decidido obedecer. El comentario fue como un golpe. Greta se sintió como un peón en un juego de ajedrez, un movimiento en su tablero. La frustración la invadió, pero se contuvo, recordando que mostrar debilidad solo le otorgaría más poder a Vicenzo. —No tengo muchas opciones, ¿verdad? —respondió con ironía, intentando ocultar su resentimiento. —Eso es lo que yo esperaba —dijo, acercándose con pasos firmes—. La obediencia es una virtud que se valora mucho en este mundo. La tensión en la habitación creció, un aire cargado de expectativas y poder. Greta sintió cómo sus entrañas se retorcían. Estaba atrapada, no solo en su vestido, sino en la vida que Vicenzo había diseñado para ella. —Esta noche, te necesito a mi lado en un evento importante. Unos aliados están en la ciudad, y debo demostrar que mi familia se mantiene unida —dijo Vicenzo, ignorando por completo sus sentimientos—. ¿Te parece un buen momento para lucirte?
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