El club privado de Infama era el epítome del lujo discreto. Las paredes revestidas de madera oscura y los candelabros brillantes le daban un aire de exclusividad, pero Greta apenas podía apreciar el entorno. Su nerviosismo era palpable mientras seguía a Vicenzo, quien avanzaba con paso firme y decidido, irradiando la confianza de alguien acostumbrado a dominar cualquier situación. —Relájate, Greta —murmuró Vicenzo, inclinándose lo suficiente para que solo ella pudiera oírlo—. Hoy todo saldrá según lo planeado. Ella asintió, aunque su pecho seguía apretado. La atmósfera dentro del club estaba cargada. Hombres de negocios, mafiosos y figuras de poder intercambiaban miradas y murmullos, todos conscientes de que esa noche significaba un punto de inflexión para La Sacra Corona y planes propio

