Vicenzo comenzó a deslizar sus dedos por las teclas del piano, y la habitación se llenó de una melodía suave y melancólica. Cada nota parecía contar una historia. La música tenía un alma propia, alternando entre momentos de esperanza y otros de tristeza abrumadora, como si estuviera vaciando su corazón en cada acorde. Greta cerró los ojos por un instante, dejando que aquella melodía la envolviera, sintiendo en cada fibra de su ser el peso de lo que Vicenzo había callado durante tanto tiempo. Él tocaba con pasión, sus manos grandes y firmes se movían con sorprendente delicadeza sobre las teclas. Greta podía notar la tensión en su cuerpo, los hombros ligeramente encorvados, como si cada nota requiriera un esfuerzo titánico. Sin embargo, no había duda de que la música fluía desde un lugar

