Al amanecer, la luz del sol entró tímidamente a través de las cortinas, iluminando la amplia habitación donde Greta todavía reposaba en la cama. Apenas había podido dormir. Su mente seguía atrapada en la confusión de todo lo que había ocurrido la noche anterior, desde el lago hasta el intenso baño caliente que había terminado con un torrente de pensamientos incontrolables. Vicenzo, como siempre, se había levantado antes que ella y ya estaba vestido, impecable en su traje gris oscuro. Greta abrió los ojos lentamente, encontrándose con la imponente figura de Vicenzo, quien la miraba desde el borde de la cama con una expresión seria, aunque sus ojos parecían contener algo más profundo, tal vez preocupación. —Greta —comenzó él, su voz grave pero pausada, como si eligiera cada palabra con cui

