Los dedos de Vicenzo continuaron su recorrido, descendiendo por su cintura, rodeándola, atrapándola, hasta que finalmente la soltó, dejándola con la piel ardiente y la mente nublada. Había algo perversamente calculado en todo lo que hacía, como si supiera exactamente cómo hacer que el miedo y la atracción coexistieran en su interior. Greta odiaba sentirse así, odiaba la forma en que su cuerpo reaccionaba al suyo, pero no podía evitarlo. —Prepárate para cenar—le dijo con voz baja y controlada mientras la miraba de arriba a abajo—. Te quiero en el comedor en diez minutos. [...] La luz tenue de los candelabros iluminaba el comedor con un resplandor dorado que proyectaba sombras alargadas en las paredes. Greta se sentó al final de la mesa, con la espalda rígida y los dedos entrelazados sobr

