Los primeros rayos del sol apenas empezaban a filtrarse a través de las persianas cuando Greta escuchó el inconfundible murmullo de hombres hablando afuera. Aunque el ruido de disparos había cesado horas antes, la tensión en el ambiente seguía siendo palpable. Desde su ventana, pudo ver a Enzo y a otros guardias revisando el perímetro, sus armas listas y sus expresiones más tensas que nunca. Decidida a no quedarse de brazos cruzados, Greta se puso un abrigo y salió de la habitación, moviéndose sigilosamente por los pasillos del orfanato. Sabía que Gino no le diría la verdad, y si quería respuestas, tendría que encontrarlas por sí misma. Cuando llegó al despacho de Gino, la puerta estaba entreabierta. Desde el interior, escuchó voces bajas y una conversación que la hizo detenerse. —No

