El viaje al lago fue tranquilo, envuelto en el canto de los grillos y la suave brisa que acariciaba los árboles. Vicenzo conducía con una calma inusual, mientras Greta miraba por la ventana, perdiéndose en el paisaje que parecía sacado de un cuento. La luna iluminaba el camino, y, al llegar, el lago se desplegó ante ellos como un espejo oscuro que reflejaba las estrellas. —Es hermoso —susurró Greta, bajando del coche. Vicenzo, siempre observador, notó la chispa en los ojos de Greta. Caminó junto a ella hacia la orilla, donde las aguas apenas se agitaban, tranquilas y apacibles, como si protegieran algún secreto ancestral. —Este lugar tiene historia —dijo él, rompiendo el silencio. Greta lo miró, intrigada. Vicenzo se detuvo cerca del borde del agua, metiendo las manos en los bolsillos

