La noche había caído, y el lago parecía un espejo n***o bajo el manto estrellado. Vicenzo y Greta aún estaban allí, sentados en la orilla, acompañados solo por el suave murmullo del agua y el crujir ocasional de las ramas. El aire era fresco, pero no frío, y todo parecía envuelto en una calma que ambos sentían como un respiro después de los días cargados de tensión. —Nunca pensé que terminaría aquí, contigo —dijo Greta en voz baja, rompiendo el silencio. Vicenzo giró su rostro hacia ella, sus ojos oscuros reflejando el brillo de las estrellas. —¿Eso es algo bueno o malo? —preguntó con una ligera curva en sus labios. Greta lo miró, indecisa, pero luego sonrió con suavidad. —Aún no lo decido —respondió, dejando que su tono juguetón aliviara la seriedad que siempre parecía rodearlos

