La primera impresión de mi hermano llegó más rápido de lo que esperaba; conduce fatal. Si no fuera por el cinturón de seguridad que me detiene, estoy segura de que me hubiera estrellado contra el parabrisas y hubiera regresado al hospital a la velocidad de la luz. Hazel no hubiera estado feliz y hubiera golpeado a mi recién encontrado hermano.
“Entonces, ¿no eres un traficante de órganos o personas?”, pregunto por tercera vez.
“¿No sabes preguntar otra cosa?”, gruñe el chico que mide más de un metro noventa, probablemente. Ademas tiene unos deslumbrantes ojos azules, rodeados de espesas pestañas, su piel pálida hace resaltar sus rasgos aún más.
“¿Estás seguro de que soy tu hermana?” ¿Esto es lo que llaman falla genética? Somos demasiado diferentes. Con suerte llego al metro setenta, por el amor a Dios, mis ojos son marrones, no son nada especial, ¿Por qué tanta discriminación, señor?
Creo que me volví un poco religiosa después de salir del hospital, si me escuchó una vez, probablemente puede hacerlo de nuevo. Sujeté con horror mi cinturón de seguridad como si mi vida dependiera de ello, en realidad así es. Trago saliva observando el semáforo en rojo. La realidad es bastante cruel.
No lloré cuando experimentaban distintas medicaciones conmigo, no lloré cuando extrajeron células madre de mi columna vertebral, y hoy no será el día que lo haga. Me obligo a contener las lágrimas que amenazan con rodar por mis mejillas, señor, sé que le diste demasiados atributos a mi hermano, sé que no es digno, pero enséñale a conducir. Amén.
“¿Hermana?”, repite la pregunta como si tratara de una broma.
“¿Seguro que…?”
“No soy un traficante”, intercepta mi pregunta, entrecierro los ojos, si no soy su hermana, ¿por qué el hospital tiene su información y dice que lo es?
“¿Cuál es nuestra relación?”, si no eres mi hermano ni un traficante, “¿Un primo quizás? ¿Hermano adoptivo?”, distintos escenarios alternos brotan de mis labios. “Sabía que era adoptada”, murmuro desplomándome en el asiento.
“¡No puedo creerlo!”, una maldición escapa de sus labios, el semáforo cambia y mi cabeza se sacude, un sabor ácido se desliza por mi garganta, creo que necesito una nueva consulta con August. “¿Cómo demonios pudiste saberlo?” Soy adoptada, lo tenía en claro. ¿Por qué soy tan lista? “Estás equivocada, borra tu molesta sonrisa de autosuficiencia de ‘tengo razón y lo sabía’. ¿Quieres definir nuestra relación?” Asiento con la cabeza, ilumíname por favor, chico desconocido que no está tratando de secuestrarme. “Enemigos jurados”, escupe con desagrado.
“¿Eres una estafa?”
En el próximo semáforo en el que el chico desconocido se detiene, saca su billetera y me entrega 500 dólares. “Abre la guantera, hay un diario que preparaste y un sobre. No puedo creer que predijeras esto. Es absurdo, tú eres una estafa”, me acusa sin consciencia mientras continúa murmurando que esto no parece real y que está dormido en su cama.
Ignorando la nueva faceta psicótica que descubrí de mi auto-declarado enemigo jurado, guardo los 500 dólares sin la mínima culpa, y observo la tapa de la agenda. El título: Mi cielo estrellado, despertó por completo mi atención. Mi pecho se comprime por alguna extraña razón. Al abrirla, noto que está vacía, ¿este tipo no se está burlando de mí? Sujeto el sobre con fuerza, lo rasgo y una hoja que coincide con el diseño de la agenda emerge.
Allysa Poole es mi nombre, nuestro nombre, comienzo a leer. La letra coincide un 100% con la mía.
En este momento, si estás leyendo esta carta, es porque estás muy confundida y lo más probable es que estemos acusando al chico de ojos azules y corto de genio de ser un traficante de órganos, ¿tal vez? Antes de continuar con esto, si el chico de ojos azules solo te entregó 500 dólares, lee las siguientes palabras en voz alta:
“Judah Anderson, gilipollas de la cuarta enmienda”, el chico se tensa y me observa confundido. “Eres el único bastardo que intentaría aprovecharse de una linda chica indefensa como yo. Estipulamos 1000 dólares. Perdiste, maldito cretino, sé un hombre y paga la apuesta. Fin del comunicado”.
“Arpía minuciosa”, me reprocha. En el siguiente semáforo en rojo, me entrega otros 500 dólares.
“Gracias”, le agradezco con una gran sonrisa y su expresión es horrible, como si hubiera pisado popo de perro.
“¿Segura de que no recuerdas nada, Allysa?”, me reprocha.
“Además de ser un pésimo conductor, eres un horrible perdedor. Es increíble lo mucho que puedes conocer a una persona con solo 10 minutos de viaje en un mismo automóvil”.
“No es mi auto, lo tomé prestado”.
“¿Chocaste tu auto? ¿No?” El no responde, tácitamente lo acepto. “¿Por qué no estoy sorprendida?”
“Allysa, lee tu maldita carta y déjame conducir en paz”.
“Como sea”.
“¡Cierra la boca, Allysa!”.
“¡La cerraré si tú lo haces!”.
“Bien”.
“Bien”, repito, yo tendré la última palabra.
“No te callarás al menos que tengas la última palabra, ¿no?”
“Si lo sabes, ¿no deberías callarte?”
“Como sea”.
“Bien”.
Regresé mi atención a la carta.
A continuación, intentaré resumir lo que nos ha ocurrido. Sigo sintiendo que todo esto es demasiado anormal: escribirme a mí misma para no desaparecer o simplemente para aliviar mi propio dolor, porque desde el principio fui consciente de cuánto dolería esto.
En nuestro cumpleaños número 16, comenzamos un exhaustivo viaje hacia nuestra inconsciencia. No estoy segura si leeremos estas palabras, ni siquiera si terminarán en nuestras manos mientras seguimos respirando o nos acompañarán en nuestra muerte. Fijar nuestra memoria en la escritura a través de un aullido desesperado de nuestro corazón. Lo que no sea plasmado se borrará con el tiempo. No estoy segura del tiempo que dormiré o si despertaremos. Si lo hemos hecho, el desierto de la desesperación se ha terminado al final. Un milagro llegó a nosotras, ese Dios del que se habla en la Biblia resultó real y nos ha salvado al final. Es bastante irónico que cuando nos abraza la muerte, corremos hacia aquel ser que despreciamos y dudamos que existiera.
Ser un lienzo en blanco debe resultar bastante problemático, en especial cuando estás sola. No culpes ni te resientas con nadie porque, al final, fue nuestra decisión. Amar es mucho más complicado de lo que alguna vez soñamos y, por ese amor, hemos hecho y deshecho a nuestro antojo con el único propósito de minimizar el daño colateral que provocaríamos.
Allysa Poole, con suerte, aún tendremos 17 años o tal vez 18. Debes avanzar por la senda de la vida e intentar reparar el daño que hemos provocado a todas las personas que amamos.
¿Qué se supone que he hecho?
Después de nuestro décimo sexto cumpleaños fue cuando todo comenzó…