Cuando Mónica abrió los ojos se encontraba en lo que parecía ser una casa rodante en marcha, sintió escalofríos al sentirse vulnerable ante una situación, lugar y personas desconocidas. - ¡No te preocupes, estás a salvo! La voz provenía de la entrada del camión, un hombre alto, blanco, con el cabello rizado y largo hasta el hombro; al cual los anteojos no le impedían lucir unos expresivos ojos grises y que se acercaba a ella con una sonrisa que le inspiraba confianza. - ¿Quién eres tú y porqué estoy aquí? – preguntó Mónica tratando de incorporarse en la pequeña cama – ¡Detén el camión, déjame bajar! ¡Esto es un secuestro! - ¡Oh no te preocupes Mónica! Puedes estar segura de que no te estoy secuestrando – dijo él. - ¿Cómo es que sabes mi nombre? -

