Gus abre los ojos y ve a Evelyn que está sentada justo a su lado, le sonríe. ―¿Sigues aquí? ―pregunta él. ―No te iba a dejar solo. ―¿Querías verme morir? ―No te vas a morir, te pondrás bien y podrás volver a casa. ―Sí, y cuando lo haga recuérdame darte un buen par de azotes. ―¿Por qué? ―Por haber salido del despacho. Te lo advertí. Pudiste morir. ―Pero... ―Ese hombre pudo matarte ―la interrumpe. ―Pero no lo hizo ―replica ella. ―No, no lo hizo, pero pudo. Ella baja la cabeza avergonzada. ―Fuiste muy valiente, bonita, nos salvaste la vida ―admite con sinceridad. Busca la delicada mano femenina y la aprieta con dulzura. ―Fui muy tonta, es verdad, pero no quería que te pasara nada malo. ―¿A pesar de todo el daño que te he hecho? ―En realidad, no ha sido tan terri

