Cristóbal entra a la suite que comparte con Verónica. No la ve por ninguna parte. Piensa que tal vez está fuera del hotel y no le importa. Suspira. ¿A quién quiere engañar? A él le importa. Ella es su mujer, su niña, el amor de su vida. Pero sabe que ya no puede volver atrás. Se sirve un vaso de whisky y camina hasta el balcón. Allí, en un banco, Verónica mira la nada. Está triste. Parece tan desolada que a Cristóbal se le rompe el corazón... una vez más. ―Verónica, ¿qué haces aquí? ―pregunta sin saber qué decir. ―Nada. Estaba pensando ―responde mirándolo ansiosa. El brillo en sus ojos, su rostro de niña, su expresión ansiosa le duelen al hombre que ve en ella a su verdadera esposa, a la mujer que ama. ―¿No tienes frío? Está helando. ―No. No. ¿Cómo lo pasaron? ―Bien. Los niños

