El problema llegó después, cuando el eco del placer se disipó y, en su lugar, apareció la comprensión brutal de lo que había hecho: me había entregado a cuatro seres sobrenaturales que cargaban la expectativa imposible de que yo resurgiera como aquella entidad que los condenó al sufrimiento eterno.
La pregunta se repetía silenciosa, insistente, como una herida abierta:
¿Por qué querían recuperarla realmente… si ella los sentenció al dolor?
Me encontraba extendida entre ellos, desnuda, con el cuerpo rendido, mientras Kaelrum jugueteaba distraído con mi cabello cobrizo, como si el mundo no se hubiera quebrado segundos antes. El silencio era casi insoportable, así que, sin pensarlo demasiado, las palabras escaparon de mis labios:
—¿Porque siempre son tan callado?
No supe si la pregunta era para alguien en específico o simplemente para el vacío.
Aeshar fue el primero en responder:
—No es nuestra culpa. Además, estuviste lejos demasiado tiempo. La soledad nos afectó.
—Que este aquí ahora… —murmuré, más para mí que para ellos—. ¿No es suficiente?
Cuando dije aquello sentí entonces cómo los dedos de Kaelrum se cerraban un poco más en mi cabello, el tirón suave… pero firme. Me sacó de entre los cuerpos adormecidos de Vorenn y Sethian, arrastrándome hacia él sin esfuerzo, como si el peso de mi cuerpo no existiera. Mis piernas, agotadas, parecían un trapo sin voluntad.
Kaelrum me colocó debajo de su cuerpo, inmovilizada bajo su sombra.
Y cuando me miró, lo sentí todo.
Su necesidad, el rencor, la nostalgia por algo que aun no comprendo… y ese miedo inconcebible a perderme otra vez.
Por un instante, casi pude jurar que en su mirada se debatían en guerra dos universos:
el que fui…
y el que soy ahora.
—Tal vez después de un par de siglos —murmuró con simpleza, como si el tiempo no fuera nada para ellos.
Su cercanía me envolvió de nuevo, casi sin darme espacio para respirar y entonces penetro mi sexo nuevamente haciéndome gemir.
—Kaelrum… —logré decir, con la voz ronca, apenas un hilo— estoy agotada.
No entendía cómo él podía sostenerse todavía.
Cómo los cuatro podían hacerlo.
Él bajó la mirada hacia mí, como si mi pregunta fuera ingenua. Sus manos se afirmaron en mis caderas con una seguridad que me estremeció.
—Así fue como nos creaste —respondió con calma, como quien recuerda un juramento antiguo—. Siempre deseosos de ti.
—Hambrientos —corrigió Vorenn con una sonrisa adormilada mientras se incorporaba, estirándose con pereza felina antes de acercarse al borde de la cama—. Siempre hambrientos de ti y disponibles para complacerte.
Los demás se movieron, aún somnolientos, rodeándome en silencio, como si el solo hecho de tocarme bastara para asegurarse de que seguía allí.
Habían estado reclamándome durante horas, alternándose con una devoción que rozaba la obsesión, como si temieran que me desvaneciera entre un suspiro y el siguiente.
Y aunque mi cuerpo estaba deliciosamente rendido, sabía que no podía continuar así por mucho tiempo.
Antes de cualquier otra cosa… necesitábamos hablar.
Pero ninguno parecía dispuesto a detenerse el tiempo suficiente para hacerlo.
—¿No me odian? —pregunté al fin, sin disfrazar la confusión en mi voz.
—Sí —respondió Kaelrum sin dudar—. Desde luego que sí.
Su confirmación fue un golpe inmediato, incomprensible… y doloroso.
—Pero también te amamos —intervino Sethian al ver que aquello me afecto, lanzándole una mirada de advertencia a Kaelrum—. Todos lo hacemos —concluyó con firmeza.
Vorenn asintió desde la cabecera.
—Así nos creaste —dijo Sethian, más suave—. Para amarte siempre, para necesitarte sin importar lo cruel que seas con nosotros.
Sentí el peso de esas palabras enterrarse en mi pecho.
Su dolor no me era ajeno, aunque mi mente siguiera envuelta en bruma.
No lograba recordarlo todo con claridad, pero estaba claro que siendo Elyra los cree para mi diversión y eso me asqueaba de mi misma. ¿Por qué fui tan malvada?
Los sellos seguían allí, activos, marcando mi piel con símbolos antiguos… sin devolverme lo que ellos esperaban: la memoria de esa otra vida.
—Era un monstruo —susurré al fin, con la voz quebrada—. Fui un monstruo con ustedes.
—No por lo que tú crees, Elyra —respondió Vorenn, sin apartar los ojos de mí.
—Aurora —corregí con dificultad—. Mi nombre es Aurora, no quiero ser Elyra.
No tuve oportunidad de decir más.
Kaelrum atrapó mi boca con la suya antes de que pudiera respirar.
Mis labios aún estaba sensible por los encuentros previos… lo sentía torpe e hinchado, como si aquello también lo hubiera marcado.
Seguí en conflicto su interior, una guerra, y yo no dejaba de sentirlo.
Cuando se separó apenas un instante, su mirada fue un filo encendido.
—Eres nuestra, nos perteneces—dijo con una posesividad que estremecía—. ¿Por qué no puedes entenderlo ya?
La forma en la que me sujetaba y entraba y salía de mi era salvaje.
—Nos creaste… —continuó mientras el interior de mi v****a abrazaba su m*****o y la esencia conjunta que dejaron en mi interior se corría por mis muslos—. Pero eso no cambia que también seas nuestra. Deja atrás esa maldita vida humana. Esa vida ya no importa. ¿Por qué no lo aceptas?
Entonces el recuerdo irrumpió, crudo y tan nítido que me cortó la respiración:
Los papeles estaban invertidos
Yo estaba encima de él, Kaelrum bajo mi control.
Los demás observando en silencio.
Su rostro me veía con obediencia mientras yo decia:
—Las reglas las pongo yo. Cuando me estén dando placer solo obedezcan y no hablen. No me interesan sus sentimientos, solo quiero que me hagas sentir bien.
Mi mente regresó al presente tan pronto como el flashback se fue, y ni Kaelrum ni los demás parecieron notar lo que me paso.
No entendía por qué no lograba recordarlo todo, pero algo estaba claro: tenía que liberarlos… y liberarme de esta situación.
La pregunta era: ¿cómo?