Los nuevos trabajadores estaban alineados frente a mí. Sus ojos recorrían mi figura con descaro, aunque ninguno se atrevía a decirlo en voz alta. Sabían que no era terreno seguro. Mi postura era firme, mi mandíbula apretada, los brazos cruzados. No había espacio para sonrisas ni simpatías. Aquí se venía a trabajar, no a jugar. —Las reglas son simples— dije, con voz seca—No se acercan a la casa sin permiso. No se dirigen a los niños. No preguntan por lo que no les corresponde. Y si ven algo que no entienden... lo olvidan. Algunos asintieron. Otros solo tragaron saliva. El silencio era espeso, hasta que noté que sus miradas se desviaban hacia la izquierda, como si algo los hubiese hipnotizado. Me giré. -Gabriel. Bajaba del caballo. Su chaqueta oscura, el cabello revuelto por el viento, e

