Comenzaba la segunda semana de mi cautiverio. Sí, quizá algo exagerado llamarlo así, pero era lo que sentía en mi pecho. Un vacío constante, lleno de miedos, dolor y una tristeza insondable que me presionaban como queriendo asfixiarme. Hablaba con Peter cada día, pero siempre interponía una razón insondable para alargar este viaje que nos mantenía separados. -No sé Pet, ya no sé qué pensar, -murmuré explicándole la melancolía que destilaba mi voz. -¿A qué te refieres? -Yo, estoy empezando a cansarme de esto ¿sabes? ¡este día a día me está matando! -¿Cansarte? ¿De mi! - contestó sorprendido y preocupado. Suspiré. - No, de ti no, solo de esta angustiosa espera. Mi mente solo puede darme motivos perniciosos sobre lo que te retiene ahí, y cada vez duelen más las opciones. - Des

