Samantha se distanció rápidamente de Jareth; tenía que hacerlo antes de que él se diera cuenta de que aún tenía el poder de hacer que su corazón latiera con fuerza y su cuerpo se estremeciera por su cercanía.
“Samantha, gobiérnate. Ya no eres una adolescente”, se recriminó a sí misma, cerrando la puerta del gimnasio tras ella y recargándose contra la misma.
Caroline, la capitana del equipo, llegó a su lado sudando y con la respiración agitada.
—Entrenadora, ¿no cree que esto es injusto?
En ese instante, lo último que Samantha quería era lidiar con las chicas, así que alzó sus manos en rendición.
—¡Está bien, váyanse! — dijo con voz fuerte y clara — pero no se les olvide que en dos días las haré sudar sangre.
Todas rieron al escuchar a su entrenadora, especialmente Caroline, quien no dudó en acercarse, abrazando a Samantha y dejándole un beso tronado en la mejilla.
—Ya váyanse antes de que me arrepienta.
Las chicas empezaron a salir del gimnasio al escucharla. El único que se quedó para recoger el equipo junto con ella fue Julio, su asistente.
No tardó mucho en aparecer Richard, su mejor amigo y también el único cardiólogo de ese pequeño condado de Bretaña.
—Samantha, qué bueno que aún te encuentro aquí.
—Por dios, Richard, como si no hubiera visto a Julio esconderse para responder tu llamada. Infórmate de que seguía aquí.
Julio tuvo la inteligencia necesaria para comprender que era mejor desaparecer de la vista de Samantha justo en ese momento, dejando a los dos amigos a solas.
—Mejor dime a qué has venido.
—He venido a invitarte a ser mi pareja en el baile de primavera de la secundaria este año.
—Richard, ¿qué diría tu esposa si te escuchara?
—Sabes que mi esposa estaría encantada de que fueras conmigo — mencionó Richard con un deje de tristeza en su voz.
—Lo siento, Richard, no era mi intención — se disculpó Samantha.
—No tienes por qué disculparte; no es tu culpa que Patricia tenga cáncer en etapa terminal y esté internada.
—No, pero...
—Samantha, no dejaré que te escapes. Además, aunque las chicas hayan perdido este partido, todavía son las campeonas invictas regionales y, con tu ayuda, podrían llegar a ser campeonas estatales. Después de su fiesta de baile de primavera, los mayores tendremos nuestra propia fiesta, y tú estás invitada.
—Está bien, lo pensaré… — fue la respuesta que le dio Samantha a su amigo, golpeando su brazo derecho y ambos salieron del gimnasio.
El baile de primavera de la secundaria 87 fue todo un éxito. Caroline, la hija de Richard, fue promovida como la reina de esa generación, haciendo más animado ese baile que todos los anteriores.
Samantha había salido a comprar su cena, pasando por la escuela. Como siempre, llevaba puestos cómodos pantalones deportivos y una sudadera. Sabía que Richard entendería que ella no se presentaría.
Aun así, sonrió al escuchar la música y el sonido de las risas de los jóvenes divirtiéndose.
A sus 46 años, Samantha seguía siendo atractiva, pero su carácter adusto y fuerte ahuyentaba a todos los hombres. Los únicos que no temían hablarle eran Richard y Randy, su corredor de bolsa.
Ella siguió caminando, disfrutando del viento fresco de esa tarde-noche, tratando de pensar en las próximas jugadas que pondría en práctica con sus chicas. Tenía que prepararlas para enfrentar de nuevo a la secundaria 101 y así obtener su pase rápido hacia las regionales.
Sin embargo, sus pensamientos se alejaban de las estrategias del juego y se dirigían a un solo lugar, o mejor dicho, a una sola persona: Jareth y su regreso.
“¿Por qué había regresado ahora?”
Lo último que ella había sabido de él era que se iba, dejándole el corazón roto mientras corría tras él, llorando e implorando que no se fuera, prometiendo cambiar cualquier cosa que le hubiera molestado de ella.
Samantha movió la cabeza, tratando de desechar esos pensamientos. Jareth O’Brien no merecía nada de ella, ni siquiera su desamor. Observó su reloj; el baile de primavera de los chicos pronto llegaría a su fin, lo que podría significar un riesgo para ella, ya que podría encontrarse con Richard y ser arrastrada a la dichosa fiesta de la que le había hablado.
Por suerte, conocía un pequeño atajo hacia su casa que la pondría a salvo y en casa. La verdad es que ella no era una mujer muy sociable; desde que Jareth la había dejado en el altar y fue la comidilla por más de tres años en el pueblo, se convirtió en una mujer amante de su propia soledad.
Todos los padres de las chicas habían acudido a la pequeña fiesta que realizaban todos los años en honor a Samantha, aunque esta nunca se presentaba. Era como una especie de tradición que todos seguían antes de que se diera la convocatoria para los juegos estatales. Y, como todos los años, le hacían la misma pregunta a Richard: — ¿Ella no vendrá?
—Por supuesto que no vendrá.
Aunque todos conocían la respuesta, era parte del ritual hacer esa pregunta.
De inmediato, todos empezaron a hablar como era de esperarse del nuevo entrenador de la secundaria 101.
—¿Crees que haya vuelto por Samantha? — preguntó uno de los presentes.
—Por supuesto que no, no tendría sentido que él viniera a buscarla.
—Tienes razón, además de la forma en que dejó a Samantha.
Richard, que hasta ese momento había permanecido en silencio, golpeó con su botella de cerveza la mesa donde se encontraban.
—Hemos venido a festejar que nuestras hijas pueden convertirse en las próximas campeonas, no a chismorrear sobre la vida de otras personas.
Uno de los padres iba a decir algo más cuando la campanilla de la puerta de entrada sonó. Quien entraba no era nada más y nada menos que Jareth.
La mirada de Richard y el recién llegado se encontraron. A diferencia de la mirada de Jareth, la mirada de Richard era hostil.
Richard tenía suficientes motivos para guardarle rencor a Jareth, no solo por irse y casi destruir la vida de Samantha, sino porque conocía la razón por la cual se había ido. Por lo tanto, se levantó de su silla y caminó hasta quedar frente a Jareth.
—Será mejor que te regreses por donde llegaste. Esta noche, el bar está reservado solo para los que estamos aquí.
—Solo tomaré una cerveza y me iré — le respondió Jareth a Richard.
Richard pareció no escucharlo, porque de inmediato tomó a su ex mejor amigo de las solapas de su americana y lo empujó hacia afuera.
Todos los presentes se sorprendieron al ver al siempre amable y generoso doctor Richard sacar a empujones a alguien.
Jareth no tuvo más opción que retirarse. El hecho de que Richard lo tratara así o que Samantha no deseara hablar con él era algo que ya esperaba, pero no importaba. Él no se marcharía; había vuelto al pueblo para quedarse.