Bien dice el dicho: "pueblo chico, infierno grande". Aunque Samantha quería pasar desapercibida, le resultaba imposible.
Todo el mundo la miraba, lo cual la hacía sentir incómoda, como reviviendo la sensación de ser abandonada en el altar.
Si tan solo no se hubiera enamorado de Jareth como lo hizo en el pasado, pero era imposible que su yo adolescente no lo hiciera.
En aquel entonces, Jareth era el chico popular y codiciado de todo el condado de Bretaña, mientras que ella era una chica peculiar que se había mudado recientemente al pueblo.
Con la única persona de su edad con la que hablaba, su vecino Richard, un joven que, al igual que Jareth, pertenecía al equipo de voleibol masculino pero no era tan popular como él.
Richard y ella se hicieron amigos inseparables de inmediato. Gracias a él, otros empezaron a acercarse al ver que él hablaba con ella durante el receso.
Fue gracias a Richard que conoció a Jareth, quien la cautivó de inmediato con sus ojos azules y su personalidad jovial.
Ahora, no solo Richard se sentaba con ella en el almuerzo; también lo hacía Jareth. Aunque se ganó el odio de su club de fans, ella estaba feliz.
Los tres amigos pasaron la secundaria como uña y mugre, pero en la preparatoria algo cambió.
Jareth demandaba más su atención, haciendo que ella dejara de lado a Richard.
Inevitablemente, Jareth y ella se convirtieron en novios, viviendo un romance tórrido lleno de pasión. Jareth la tenía completamente enamorada.
Samantha vivía por Jareth; si él le decía que no le gustaba cómo se vestía, ella se cambiaba de inmediato. Si algo no le gustaba de ella, Samantha se apresuraba a cambiar.
"¡Eras una tonta, Samantha, una estúpida adolescente enamorada!", se dijo a sí misma mientras caminaba rápidamente por las calles, evitando mirar a las personas.
Odiaba esas miradas. Sentir la lástima en los ojos de las personas era la razón por la que se convirtió en la entrenadora de su antigua secundaria. Se sentía segura y amaba ayudar a las alumnas a superar sus problemas de inseguridad a través del deporte.
Sin embargo, esa mañana no sería como todas. Al llegar, se encontró con la policía frente a la escuela y todas las integrantes de su equipo llorando.
—Chicas, ¿qué está pasando? —les preguntó preocupada al verlas llorando junto a los agentes de policía.
Una de ellas corrió hacia donde estaba ella, llorando.
—Caroline, ella… —la joven no pudo terminar, empezó a llorar de manera desconsolada, al igual que todas las demás.
—Por favor, oficial, ¿puede decirme qué ha pasado? —le preguntó Samantha al policía.
—Hemos venido a informar a la escuela sobre un accidente en el que murió una de las alumnas, Caroline Coleman.
—¿Cómo se atreve a decirle algo así a las chicas? —se quejó Samantha.
Abigail, aferrada a ella, fue quien habló.
—No, no es así. Yo lo supe porque Caroline venía hablando conmigo mientras se desplazaba de su casa a la escuela en su motoneta.
—¿Qué vamos a hacer, entrenadora? —le preguntaron todas sus chicas.
Samantha no supo qué contestar más que invitarlas a un abrazo colectivo.
Pero no solo estaba preocupada por las integrantes de su equipo, también lo estaba por Richard. No solo perdería a su esposa en poco tiempo, ahora perdía a su hija.
—Oficial, ¿ya informaron a Richard?
El oficial solo asintió. Samantha sintió su corazón doler, no solo por el dolor de sus chicas, sino también por su amigo. Pero, sobre todo, por no poder acompañarlo en estos momentos.
—Chicas, vayamos adentro —pidió Samantha a las chicas. Toda la escuela guardó silencio, y se dio por terminado ese día las clases.
Al ser un pueblo pequeño, todos eran muy unidos. Incluso la secundaria 101 suspendió las clases por tres días, al igual que la 87.
Al funeral de Caroline asistieron no solo amigos y familiares cercanos a la familia, sino también el equipo de la secundaria 101 para presentar sus condolencias.
Samantha estaba devastada. Había visto crecer a Caroline; era su madrina. Después de su madre, velaría por ella, pero ahora la joven se ha ido.
Se decía a sí misma que no lloraría, que debía ser fuerte por sus chicas y también por los padres de Caroline.
En ese momento, llegaron Richard y Patricia para despedir a su pequeña.
Ver a Patricia luchar por ponerse de pie e ir a despedir a su hija le rompió el corazón a Samantha, haciendo que saliera de la sala.
Deseaba gritar, alzar su mirada al cielo y preguntar por qué, pero en cambio, empezó a caminar alejándose, chocando con un torso fuerte y gentil que no dudó en abrazarla.
No tenía que alzar su mirada para saber de quién se trataba. Sabía que era él, Jareth, quien la estaba arropando entre sus brazos y reconfortandola.
—Ella no debió morir —empezó a decir Samantha— es tan injusto.
—Lo sé —dijo Jareth sin dejar de apretarla contra su cuerpo—. Suelta todo, si quieres gritar, llorar o maldecir, hazlo.
Ella deseaba negarse, tener el valor de deshacerse de ese abrazo, pero no podía.
Necesitaba tanto esos brazos cálidos y familiares, quebrándose y llorando por todo lo que se había prohibido expresar.
Jareth, por su parte, no dejó de abrazarla, así ella gritara, maldijera o lo golpeara. Él no dejaría de sostenerla en sus brazos.
Sabía lo orgullosa que era, lo terca que podía ser al mostrar su fragilidad, y de cierto modo, el saber que él podía estar ahí en el momento en que ella no podía más y se quebraba, lo hacía sentir especial.
Era egoísta pensar de esa manera, lo sabía, pero tenerla de nuevo entre sus brazos era todo lo que deseaba en ese momento.
Entre lágrimas y sollozos, Samantha se permitió liberar el peso que llevaba dentro. Jareth, con paciencia y ternura, sostenía su dolor como un manto compartido. En ese abrazo, en medio de la tristeza, encontraron consuelo mutuo.
El tiempo se detuvo para ellos, y aunque el dolor persistiría, ambos sabían que la vida continuaba. Samantha se sintió mejor tras derramar todas esas lágrimas
No obstante, en ese abrazo, se tejieron lazos más fuertes que el dolor. Lazos que ella sabía que no debía permitirse.
—Yo, lo siento… pero no es lo adecuado —dijo Samantha, alejándose finalmente de los fuertes y protectores brazos de Jareth.
—Samantha, yo...
—Lo que sea que vayas a decir, no lo digas. No es apropiado y mucho menos el momento.
Él soltó un suspiro llevando sus manos hacia su rostro, frustrado y sabiendo que ella tenía razón.
—Está bien, pero no me pidas que te deje sola.
—Puedo y te lo pido —respondió ella alejándose y caminando de nuevo hacia la capilla.
En esos momentos no se trataba de ella o de Jareth, sino de la muerte de la hija de su mejor amigo. Ella debía estar ahí, acompañando a Richard y a Patricia en su pérdida.