La pérdida de Caroline aún pesaba en el pueblo; todos los habitantes compartían un sentimiento de duelo en solidaridad con los Coleman. La escuela, normalmente llena de alegría y bullicio, permaneció en silencio durante los tres días siguientes al funeral de Caroline. La alegría de los jóvenes, especialmente la de las chicas del equipo, parecía haberse desvanecido.
Samantha llegó al gimnasio como de costumbre un miércoles para dar su práctica. Sin embargo, cuando llegó la hora del entrenamiento, las chicas no aparecieron.
"Creo que hoy no habrá entrenamiento", le dijo Julio a Samantha mientras ella miraba hacia la puerta del gimnasio.
—Dales media hora más, ellas vendrán—, respondió Samantha.
Después de media hora, Samantha tuvo que aceptar que las chicas no se presentarían a la práctica.
Julio, con expresión triste, comenzó a organizar el equipo que usarían ese día, mientras Samantha salía del gimnasio y se dirigía al interior de la secundaria.
Lo que Samantha presenció le rompió el corazón; todas las chicas estaban en sus salones con la mirada perdida, ignorando todo a su alrededor. Conocía esa sensación de vacío y pérdida, y sabía que tenía que hacer algo para ayudarlas a superarlo.
Salió corriendo de la secundaria, dejando que el aire fresco de la primavera llenara sus pulmones y despejara su mente. Se dirigió a su colina, un lugar que había bautizado así, lejos del pueblo.
Allí se encontró con Jareth, sentado bajo un gran roble, leyendo sin decir una palabra. Disfrutó de ver a Samantha, recordando su juventud con una sonrisa, preguntándose cómo podría recuperarla después de haber roto su corazón al irse del pueblo.
Podría echarle la culpa a su inmadurez, pero sabía que no era el único inmaduro en ese entonces. Samantha también lo era, y sin embargo, ella no habría dudado en quedarse a su lado si hubiera estado en su situación.
Él había sido cobarde y ambicioso al abandonar a la mujer que amaba en el altar, temiendo que si no aceptaba la oportunidad que le ofrecía su abuelo en la ciudad de Bretaña, quedaría estancado en el pueblo como su padre.
A pesar de sus éxitos, buen empleo y ropa elegante, regresó al mismo pueblo del que huyó, sintiéndose vacío. Aunque conoció a mujeres cultas y refinadas, ninguna se comparaba a Samantha, la mujer que estaba a unos metros de él gritando para liberar su frustración, sin preocuparse por la cortesía.
Samantha se volvió tras expresar todo lo que la molestaba, petrificada al ver a Jareth bajo su árbol favorito. Sintió sorpresa, ira y nostalgia. ¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué aparecía justo cuando ella necesitaba estar sola?
—¿Qué haces aquí? —le espetó Samantha, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la emoción.
—Nada, solo... quería estar a solas y, bueno, saber si tenía suerte al venir aquí y poder verte —respondió Jareth, con voz suave y una leve sonrisa.
—Pues ya me has visto, ahora puedes irte, aunque lo mejor sea que me marche yo —replicó Samantha, dándose la vuelta para marcharse.
—Espera, Samantha, por favor —la detuvo Jareth, tomándola del brazo.
—Suéltame, Jareth. No tienes ningún derecho a tocarme —protestó Samantha, tratando de zafarse.
—Lo sé, lo sé. Perdóname, Samantha. Sé que te hice mucho daño, que te fallé, que te abandoné. Pero te juro que me arrepiento, que te extraño, que te sigo amando —se sinceró Jareth, mirándola a los ojos con intensidad.
—No me digas eso, Jareth. No me mientas, ni creas que soy esa tonta e ilusa adolescente del pasado, no me hagas sufrir más —suplicó Samantha, con lágrimas en los ojos.
Se odiaba a sí misma por llorar una vez más frente a él, por ser débil frente a él una vez más, por no poder irse, ya que parecía haberse quedado plantada en el lugar donde se encontraba.
—No te miento. No quiero ilusionarte. No quiero hacerte sufrir. Quiero hacerte feliz. Quiero que me perdones, Samantha. Quiero que me des otra oportunidad —insistió Jareth, acercando su rostro al de ella.
Samantha sintió el aliento de Jareth en su boca, el calor de su cuerpo junto al suyo, el latido de su corazón en su pecho. Recordó los momentos felices que habían compartido, los sueños que habían tenido, los besos que se habían dado. Sintió un impulso de rendirse, de olvidar, de perdonar. Pero también recordó el dolor que le había causado, la traición que le había hecho, el vacío que le había dejado. Tomando finalmente el valor de alejarse, de recordar, de odiar.
—¡No, Jareth! No puedo. No debo —murmuró Samantha, empujándolo con fuerza.
—Samantha, por favor, no me rechaces, no me niegues, no me apartes —rogó Jareth, sujetándola con firmeza.
—Jareth, por favor, déjame ir, déjame en paz, vete como lo hiciste hace años —pidió Samantha, soltándose con dificultad.
Samantha corrió alejándose cuando por fin pudo tomar un poco de distancia de él. Jareth la siguió con la mirada, sin moverse.
Le dolía el rechazo de Samantha, pero sabía que no podía obligarla a olvidar. Había regresado al condado de Jurgen de Bretaña para recuperarla. No volvería a marcharse; lucharía por ella y le demostraría lo mucho que la amaba.
Samantha, por su parte, se juraba a sí misma que no volvería a permitir que Jareth la lastimara. Sobre todo, no dejaría que él volviera a poblar sus pensamientos. Ambos enfrentaban un pasado complicado; no obstante, no era el momento para que ella se desmoronara.
Tomó su móvil y vio la hora, notando un par de llamadas perdidas de Julio. Al devolverle la llamada a su asistente, le preguntó:
—¿Qué es lo que ocurre, Julio? ¿Por qué tantas llamadas?
Lo que Julio le dijo aceleró el corazón de Samantha, llevándola nuevamente a correr, pero esta vez no hacia su lugar favorito, sino hacia el hospital del pueblo.
Lo que Julio le había contado en esa corta llamada era que la esposa de Richard había fallecido. Imaginar el dolor que su amigo estaba sintiendo, después de perder a su hija en un accidente y ahora a su esposa, conmovió profundamente a Samantha.