capitulo 1
Alaia Cavalcanti Soler
El sonido de la llave girando en la cerradura fue el primer acorde de mi nueva libertad.
Entré al apartamento dejando la maleta junto a la puerta y aspiré el aroma a pintura fresca y madera limpia. Era un lugar sencillo, sin los lujos excesivos a los que estaba acostumbrada mi familia, pero era mío al menos, lo sería durante este último año de universidad.
Mi teléfono vibró en mi mano era él. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al ver la foto de mi padre en la pantalla.
—¿Ya llegaste, pequeña? —su voz sonaba cargada de una nostalgia que me apretó el corazón.
—Acabo de entrar, papá —respondí, caminando hacia la pequeña ventana que daba a la calle—. Es perfecto. Tienes que ver la luz que entra por aquí.
—Ya te extraño, Alaia. La casa se siente demasiado grande y silenciosa sin ti. Siento que me falta el aire si no escucho tus pasos por el pasillo.
Me reí suavemente, sintiendo un nudo de ternura.
Él siempre había sido mi refugio, el hombre que me había sobreprotegido de cada sombra del mundo.
—Solo es por la universidad, papá. Es mi último año, lo sabes. El tiempo va a volar y pronto estaré de regreso en casa contigo. Prometo llamarte todas las noches.— dije mientras sentía nostalgia.
—Eso espero. Cuídate mucho, por favor. No olvides cerrar bien la puerta.— notaba el tono de preocupación en su voz.
—Lo haré. Te quiero.
Colgué con una sensación agridulce. Me sentía mal por dejarlo solo, pero a la vez, una electricidad recorría mis venas al saberme dueña de mis propios horarios por primera vez.
Comencé a sacar la ropa de la maleta, doblando con cuidado mis blusas y acomodándolas en el pequeño armario. El silencio era relajante, hasta que mi teléfono volvió a sonar.
Pensé que era él de nuevo, olvidando algo, pero el nombre en la pantalla era el de Camila.
—¡Dime que ya estás instalada! —gritó ella antes de que yo pudiera decir hola.
—Casi. Estoy terminando de arreglar la ropa..— nuevamente me interrumpe.
—¡Olvida la ropa! Alaia, tenemos que celebrar. Las tres lo logramos. ¿Puedes creerlo? ¡Pasantías en Biotecnología Global! Es una empresa pequeña ahora, pero dicen que en unos años será gigante. Tenemos que brindar por eso.— su felicidad salía por la bocina del teléfono.
Tenía razón. Había sido un esfuerzo enorme conseguir esas plazas.
—Mañana es nuestro día libre antes de empezar la locura —insistió Camila—. Cameron ya está lista. Vamos a conocer la ciudad, las discotecas, a bailar hasta que no sintamos los pies.
Dudé. Una parte de mí, la parte que mi padre había moldeado, quería decir que no, que era mejor descansar y leer los manuales de la empresa. Pero la otra parte, la que acababa de abrir una puerta a la independencia, gritaba por salir.
—Está bien —dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago—. Pasen por mí.
Me arreglé con cuidado. Elegí un vestido que nunca me habría atrevido a usar en casa, uno que se ajustaba a mis curvas y me hacía sentir más mujer de lo que me sentía hace apenas unas horas.
Cuando recibí el texto de Camila avisando que estaban abajo, bajé las escaleras casi corriendo. Me subí al auto y allí estaban ellas, radiantes y llenas de energía.
Llegamos a la discoteca. El lugar estaba saturado de luces de neón, música vibrante y un olor a perfume caro y alcohol que me mareó un poco. Pedimos una ronda de tragos y brindamos con fuerza.
—¡Por las nuevas pasantes y por el éxito! —gritó Cameron.
Fuimos a la pista. Bailamos las tres juntas, riendo, dejándonos llevar por el ritmo pesado de la música.
En un momento, Cameron fue al baño y un chico se acercó a Camila para invitarla a bailar. Me quedé sola un momento, así que decidí ir a la barra por más tragos. El alcohol ya estaba haciendo efecto, dándome una valentía que no conocía.
Pedí dos copas más. Estaba esperando cuando, de repente, sentí un líquido frío derramándose sobre mi hombro y bajando por mi espalda.
—¡Oye! —exclamé molesta, girándome con rapidez.
Frente a mí estaba un hombre. La luz de la discoteca era errática, pero pude notar que era mucho mayor que yo.
Tenía una presencia imponente, una mandíbula marcada y unos ojos que parecían quemar incluso en la penumbra. Vestía un traje impecable, sin corbata, que gritaba poder. Parecía tener unos 35 años, quizá un poco más. Era, sin duda, el hombre más guapo que había visto en mi vida.
—Lo siento mucho, de verdad —su voz era profunda, una barítono que vibró directamente en mi pecho—. Estaba distraído. Déjame compensarte.
Hizo una señal al barman y pagó mis tragos antes de que yo pudiera protestar. Se acercó un poco más, invadiendo mi espacio personal de una forma que debería haberme asustado, pero que solo me paralizó.
—Ese color te queda increíble —murmuró, recorriendo mi cuerpo con la mirada—. Aunque ahora esté un poco arruinado por mi culpa. Soy Leonardo.
—Alaia —logré decir, sintiendo que mis mejillas ardían.
—Alaia... un nombre hermoso para una mujer fascinante. ¿Bailas conmigo?
No esperó respuesta. Tomó mi mano y me guió hacia la pista. Sus manos eran grandes, cálidas y seguras. Al estar tan cerca de él, mi cuerpo empezó a temblar.
Jamás me había sentido así de nerviosa, ni siquiera en mis exámenes más difíciles, Él emanaba una autoridad natural, una potencia que me hacía sentir pequeña pero protegida.
Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo. Sus dedos acariciaron mi brazo con una lentitud tortuosa. Se acercó a mi oído, rozando mi piel con sus labios mientras nos movíamos al ritmo de la música lenta.
—Estás muy tensa, Alaia. Relájate.— dijo fuerte en mi oído para que pudiera escucharlo por el volumen de la música de la discoteca.
Entonces me miró a los ojos, inclinó la cabeza y me besó. Fue un beso dominante, cargado de una experiencia que yo no poseía.
Correspondí de forma cohibida, torpe, dejándome guiar por su lengua que exploraba mi boca con una confianza asombrosa. Sentía una corriente eléctrica recorriéndome la columna. Era extraño, era nuevo, pero me encantaba la forma en que me hacía sentir.
Sentí como mi vientre se contraía en un espasmo desconocido. El roce de su pecho contra el mío hizo que mis pezones se erizaran bajo la tela del vestido. Él pareció notarlo porque sonrió contra mis labios, una sonrisa depredadora y encantadora a la vez.
—¿Te gustaría estar en un lugar más privado? —preguntó con voz ronca.
Mi mente lanzó una señal de alarma. No lo conocía, era peligroso, apenas sabía su nombre. "No", debí decir. Pero mis labios me traicionaron, movidos por el deseo y la neblina del alcohol.
—Sí —susurré.
Salimos de la discoteca. El aire fresco de la noche me golpeó, pero no me hizo reaccionar. Estaba bajo su hechizo.
Nos subimos a su auto, un vehículo de lujo que olía a cuero y a él. Le di la dirección de mi apartamento, pensando ingenuamente que en mi propio espacio tendría el control.
En cuanto cerramos la puerta de mi apartamento, él me acorraló contra la madera. Me besó con una urgencia que me quitó el aliento, haciendo que olvidara cualquier duda. Me llevó hasta la habitación, donde la única luz era la que entraba por la ventana.
Nos desnudamos entre caricias desesperadas. Cuando su piel entró en contacto total con la mía, sentí que iba a estallar. Él comenzó a besar cada rincón de mi cuerpo, desde mi cuello hasta mis muslos, con una técnica que me hacía gemir nombres que no sabía que conocía. Sus manos eran expertas, sabían exactamente dónde presionar y dónde acariciar para hacerme vibrar.
Él se posicionó sobre mí y abrió mis piernas con delicadeza pero con firmeza. Lo miré a los ojos, cuestionándome si debía decirle la verdad, si debía confesar que este era mi primer encuentro. Pero antes de que las palabras salieran, él me penetró.
Un grito de dolor escapó de mi garganta. Me tensé, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas asomaban. Leonardo se detuvo de inmediato, apoyando su peso sobre sus antebrazos, mirándome con una sorpresa genuina.
—¿Eres virgen? —preguntó, su voz suavizándose.
Mis mejillas se pintaron de un rojo intenso y asentí levemente, incapaz de sostenerle la mirada. Pensé que se detendría, que se marcharía o que se sentiría incómodo. Pero no fue así. Leonardo acarició mi rostro con una ternura inesperada, apartando un mechón de pelo de mi frente.
—Debiste decírmelo, pequeña —susurró, y esta vez sus movimientos cambiaron.
Empezó a moverse con una lentitud extrema, dándome tiempo a acostumbrarme a su tamaño, a su presencia dentro de mí.
El dolor inicial comenzó a disiparse, reemplazado por una presión sorda que poco a poco se transformó en un placer creciente. Él me embestía suavemente, con un ritmo constante que me hacía arquear la espalda hacia él.
Mis manos se aferraron a sus hombros, sintiendo sus músculos trabajar bajo mi tacto.
Me sentía completamente entregada, sometida a sus sensaciones, disfrutando de cada roce y de la forma en que su cuerpo se acoplaba al mío.
Era una danza de descubrimiento donde él tenía todo el control y yo solo podía dejarme llevar por el torrente de emociones que me inundaba.
En ese momento, bajo el peso de Leonardo Montenegro, no sabía que mi vida acababa de cambiar para siempre.
No sabía que este hombre, que ahora me trataba con tanta suavidad tras haber tomado mi inocencia, se convertiría en la sombra que lo controlaría todo.
Solo sabía que me sentía viva como nunca antes.