Alaia Cavalcanti Soler
La luz del sol se filtraba por las cortinas delgadas de mi nuevo apartamento, hiriendo mis ojos con una claridad que me obligó a despertar.
Por un segundo, el techo desconocido me confundió, hasta que el peso de los recuerdos de la noche anterior cayó sobre mí como una losa de mármol, Me giré en la cama, buscando el calor de su cuerpo, pero las sábanas estaban frías. Estaba sola.
Me incorporé lentamente, sintiendo una punzada de dolor entre mis muslos, un recordatorio físico de lo que había entregado. En la mesa de noche, una pequeña nota blanca destacaba contra la madera.
La tomé con manos temblorosas. La caligrafía era casi perfecta, trazos firmes y elegantes que denotaban una personalidad que no aceptaba un no por respuesta.
"Gracias por el hermoso obsequio de anoche, Alaia. Fue un honor ser el primero. Llámame cuando me necesites."
Debajo, un número de diez dígitos. No había apellido, solo la esencia de su presencia impresa en el papel.
Sonreí sin poder evitarlo, apretando la nota contra mi pecho.
Leonardo. El nombre rodaba por mi mente con una suavidad peligrosa. Me encantaría saber su apellido, saber quién era ese hombre que me había tratado como si fuera de cristal justo después de reclamarme como suya.
Me arrastré hasta la ducha. Dejé que el agua caliente cayera sobre mis hombros, tratando de relajar los músculos que aún sentían la tensión del placer y el impacto de la entrega.
Me sentía cansada, con una fatiga profunda que me calaba hasta los huesos, pero mi mente estaba a mil kilómetros por hora.
El timbre de mi teléfono interrumpió el sonido del agua. Salí de la ducha, me envolví en una toalla y vi que era mi padre. Al contestar, su voz me llegó cargada de una tensión que me puso en alerta de inmediato.
—¿Papá? ¿Qué pasa? Te escuchas mal —dije, tratando de sonar normal.
—Alaia... hija, tengo algo que decirte —hizo una pausa larga, un suspiro pesado—. Tu madre ha vuelto a llamar.
El nombre de esa mujer fue como un balde de agua helada. Beatriz la mujer que se había marchado cuando yo apenas tenía cuatro años, dejándome solo con el vacío de su ausencia.
—No quiero saber nada de ella, papá. Ya te lo dije. No la he necesitado en quince años y mucho menos ahora. ¿Por qué aparece ahora? ¿Por culpa? ¿Por remordimiento?— Pregunte disgustada al solo escuchar su nombre
—Solo escúchala, Alaia —suplicó él con esa voz bondadosa que a veces me irritaba—. Ella quiere explicarte cosas. No dejes que tu corazón se llene de odio, no es bueno para ti.
—No es odio, es justicia —mi voz tembló de rabia—. Ella me abandonó. A ti te dejó solo con una niña pequeña cuando más la necesitábamos. No tiene derecho a entrar en mi vida ahora que soy una adulta.
—Hija... le di la dirección de tu apartamento.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Quería gritar, quería llorar de la frustración. Mi refugio, mi pequeño espacio de libertad, acababa de ser invadido antes de que pudiera estrenarlo.
—¿Cómo pudiste? —susurré, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos—. No tenías derecho.
—Sé que estás molesta, pero ella insistió tanto... Alaia, por favor, sé abierta. Ella tiene mucho que decirte.— Su voz apenada me hacía sentir un poco culpable.
—Tengo que colgar, papá. No puedo hablar de esto ahora.— Colgué sin esperar respuesta.
Me sentía traicionada por el único hombre en el que confiaba.
Me vestí rápido, con movimientos bruscos, queriendo salir a caminar para despejarme y comprar algo de comida para la despensa pero al abrir la puerta, mi corazón se detuvo.
Ahí estaba ella. Beatriz Soler. Se veía impecable, con un traje de sastre que gritaba dinero y una belleza madura que yo había heredado pero que me negaba a reconocer.
Intentó dar un paso adelante para abrazarme, pero retrocedí como si su toque fuera veneno.—No me toques —dije con frialdad— Y no me llames "hija". Para ti soy Alaia. Vete, Beatriz. Es lo mejor que sabes hacer, ¿no? Irte cuando las cosas se ponen difíciles.
—Alaia, por favor —su voz era suave, ensayada—. He venido porque sé que vas a empezar tus pasantías. Sé que eres la mejor de tu grupo, que te has esforzado mucho por esas notas...
—¿Cómo sabes eso? —la interrumpí, entrecerrando los ojos.
—Porque soy la dueña de la empresa de biotecnología a la que vas a entrar —soltó ella, mirándome a los ojos.
El asco que sentí fue inmediato. Me enfureció saber que incluso mis logros estaban manchados por su sombra.
—¡No voy a rebajar mi esfuerzo por ti! —le grité—. Me maté estudiando para tener el mejor promedio, para ganar ese puesto por mi cuenta. ¡Y ahora vienes a decirme que solo estoy ahí por ser tu hija!
—No es así, Alaia. Te ganaste el puesto, yo solo...— la interrumpí bruscamente.
—¡Vete! —le señalé el pasillo.
Ella bajó la mirada, pero no se movió. Parecía genuinamente afectada, aunque yo no estaba dispuesta a creerle.
—Solo déjame hablarte una vez. Esta noche. He preparado una cena en mi casa, solo las dos. Te prometo que responderé a todas tus preguntas. Te explicaré por qué me fui. Si después de eso no quieres volver a verme, lo aceptaré.
Me dejó una tarjeta con una dirección y una bolsa con desayuno que traía consigo se dio la vuelta y se marchó en silencio.
Cerré la puerta y me desplomé en el suelo, llorando de pura rabia y confusión. El día pasó como una sombra borrosa.
No pude comer el desayuno que dejó, ni pude concentrarme en nada más que en la idea de obtener respuestas. ¿Por qué nos dejó? ¿Qué era tan importante como para abandonar a su propia hija?
Al caer la noche, me vestí con algo casual pero elegante, tomé las llaves de mi auto y manejé hacia la dirección ea una zona exclusiva, llena de mansiones custodiadas por muros altos. Estaba nerviosa, mis manos sudaban sobre el volante.
Quería saber la verdad, aunque supiera que me iba a doler.
Toqué el timbre y una mujer con uniforme de servicio me abrió con una reverencia silenciosa.
Me guió a través de un vestíbulo inmenso, decorado con obras de arte moderno y suelos de mármol que brillaban bajo las lámparas de cristal.
Beatriz se acercó a mí con una sonrisa cautelosa y, esta vez, dejé que me abrazara. No le devolví el gesto, mis brazos permanecieron rígidos a mis costados, pero no la rechacé.
Nos sentamos en la sala principal, un espacio que se sentía frío a pesar del lujo.
—¿Por qué? —fue lo primero que pregunté, sin rodeos—. ¿Por qué nos dejaste así?
Beatriz suspiró, mirando hacia un punto invisible en la pared.
—Solo tenía veintitrés años cuando te tuve, Alaia. Tenía un gran futuro por delante, sueños de grandeza. Mis padres me obligaron a casarme con tu padre porque era lo "correcto", pero yo quería más de la vida. Me sentía asfixiada en ese pueblo, en esa rutina. Estudié en secreto, me esforcé... y cuando tuve la oportunidad de construir mi imperio, la tomé. Sabía que tu padre te amaría mejor de lo que yo podría hacerlo en ese momento.
—Eso no es una excusa, es egoísmo —mascullé.
Justo cuando iba a replicar, el sonido de unos pasos firmes resonando en el mármol hizo que Beatriz se tensara se puso de pie de inmediato, su rostro transformándose en una máscara de adoración y respeto.
Yo seguí su mirada hacia la entrada de la sala y sentí que mi corazón se detenía y luego empezaba a latir con una violencia que me ensordecía.
Ahí estaba él.
Leonardo el hombre con el que me había entregado la noche anterior, el hombre de la nota, el hombre de mis gemidos, el también se tensó.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo querer desaparecer sus hombros se pusieron rígidos bajo su chaqueta oscura, y por un microsegundo, vi un destello de algo parecido al shock en su mirada perfecta.
Beatriz se acercó a él, rodeando su brazo con naturalidad y colocándose a su lado con una sonrisa triunfal.
—Qué bueno que llegaste antes —dijo ella, radiante—. Quiero presentarte formalmente al hombre que me ha apoyado en todo este camino.
Mi mundo se desmoronó en un segundo. El aire se volvió espeso, imposible de respirar.—Alaia, él es Leonardo Montenegro, mi esposo.
Leonardo no apartó la mirada de la mía la tensión entre nosotros era un cable de alta tensión a punto de romperse vi cómo su mandíbula se apretaba mientras Beatriz continuaba, ajena al abismo que acababa de abrir bajo mis pies.
—Leonardo, mi amor —dijo ella, mirándolo con orgullo—, ella es mi hija, Alaia.
Me quedé helada. Me había acostado con el esposo de mi madre había entregado mi tesoro más preciado al hombre que dormía cada noche al lado de la mujer que me abandonó.
El silencio que siguió fue sepulcral, cargado de un secreto sucio que amenazaba con destruirnos a todos. Leonardo dio un paso al frente, extendiendo su mano hacia mí con una frialdad que me quemó.
—Un placer conocerte al fin, Alaia —dijo él, su voz profunda enviando escalofríos de terror y deseo por mi columna—. He escuchado mucho sobre ti.
Sentí que iba a desmayarme esto no era una coincidencia esto era el inicio de un infierno del que no estaba segura de querer escapar.