capitulo 3

1221 Palabras
Alaia Cavalcanti Soler El mundo se inclinó bajo mis pies y el aire de la habitación se volvió tóxico de repente. Miré la mano extendida de Leonardo Montenegro, esa misma mano que anoche había recorrido cada centímetro de mi piel con una familiaridad asombrosa, y sentí que la bilis subía por mi garganta. El rostro de Beatriz, radiante y orgulloso, era la imagen misma de la ironía más cruel del destino. —No me siento bien —logré articular, mi voz sonando como el crujido de un cristal roto. —¿Alaia? Estás pálida, hija —dijo Beatriz, dando un paso hacia mí con fingida preocupación— Ven, siéntate. La cena está lista, Leonardo trajo un vino excelente para celebrar que por fin estás con nosotros. —No... no puedo —retrocedí, chocando contra la mesa del pasillo. —Tengo que irme. Ahora mismo.— dije algo confundida. —Pero acabas de llegar —insistió ella, tratando de tomar mi brazo— Por favor, hagamos esto por una vez. Cenen juntas, hablemos como la familia que deberíamos ser. La palabra "familia" fue el detonante. Solté una carcajada amarga, cargada de odio y náuseas, mientras mis ojos se clavaban por un segundo en Leonardo, quien me observaba con una máscara de frialdad absoluta, aunque sus pupilas dilatadas delataban que estaba tan afectado como yo. —No voy a jugar a la familia feliz, Beatriz —escupí, sintiendo el nudo en mi garganta apretarse hasta casi asfixiarme— No voy a sentarme en esta mesa para que tú te sientas menos culpable por haberme abandonado hace quince años. Quédate con tu cena, con tus lujos y con tu esposo. Me di la vuelta y corrí hacia la salida, ignorando los gritos de mi madre que me llamaba desde el umbral. Salí a la noche, el aire frío golpeando mi rostro empapado en sudor frío. Me subí a mi auto y arranqué con los neumáticos chillando sobre el pavimento. Conducía como una loca, las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas que finalmente habían estallado. Al llegar a mi apartamento, cerré la puerta con doble llave y me desplomé contra ella. El silencio del lugar era ensordecedor. ¿Cómo era posible? De todos los hombres en esta ciudad, de todos los desconocidos en esa discoteca, tuve que entregarle mi inocencia al esposo de la mujer que más odiaba. El asco me recorría las venas como ácido. Busqué mi laptop con dedos temblorosos y tecleé el nombre de mi madre. Los resultados aparecieron al instante: "Beatriz Soler, la magnate de la biotecnología". Empecé a bajar por las imágenes hasta que encontré lo que buscaba. Una foto de sociedad de hace siete años: su boda con Leonardo Montenegro. Él se veía casi igual, imponente y oscuro. Según los artículos, él tenía 38 años y ella 41. No se llevaban tanto, pero para mí, él era un gigante que acababa de aplastar mi realidad. Cerré la pantalla de un golpe, incapaz de seguir mirando sus rostros felices. Limpié mis lágrimas con el dorso de la mano, tratando de recuperar el aliento, cuando el timbre de la puerta sonó. Mi corazón dio un vuelco.—Vete, Beatriz —grité sin levantarme del suelo—. ¡No quiero hablar contigo! —No es Beatriz, Alaia. Abre. Esa voz. Esa maldita voz profunda que todavía resonaba en mis oídos de la noche anterior. Me puse de pie de un salto, mi pecho subiendo y bajando con violencia. Abrí la puerta dispuesta a gritarle todas las verdades del mundo, pero Leonardo entró antes de que pudiera decir una palabra, cerrando la puerta detrás de él y llenando el espacio con su presencia abrumadora. —¿Cómo te atreviste? —le grité, golpeando su pecho con mis puños—. ¡Te acostaste conmigo sabiendo quién era yo! ¡Eres un maldito! Él atrapó mis muñecas con una sola mano, inmovilizándome contra la pared. Sus ojos ardían con una mezcla de rabia y deseo. —No sabía quién eras, Alaia —dijo entre dientes, su rostro a milímetros del mío—. En la discoteca solo eras una mujer hermosa que me miraba como si fuera un dios. Beatriz nunca me mostró una foto tuya actual, solo fotos de cuando eras una niña. Me enteré en el momento en que entre por esa puerta hoy y te vi en el sofa —¡Eres un hombre casado! —le recordé, sintiendo mi cuerpo traicionarme, queriendo buscar el calor de sus labios a pesar del odio—. ¡Eres el esposo de mi madre! Siento asco, Leonardo. Siento asco de ti y de mí. Lárgate de aquí y haz como si esa noche jamás existió. Él no se movió. Al contrario, acortó el poco espacio que quedaba entre nosotros, su cuerpo presionando el mío contra la pared fría. Su aliento rozaba mi boca y yo odiaba lo mucho que deseaba volver a besarlo. —No puedo hacer eso —murmuró, su voz bajando a un tono peligroso y posesivo—. He pasado el día entero pensando en ti, en cómo temblabas en mis brazos, en esa entrega que me dejó enloquecido. Ninguna mujer me había hecho sentir así en años, y mucho menos tu madre. Beatriz y yo... hace mucho que nuestro matrimonio es solo un contrato, un papel para el mundo exterior. No estamos juntos de verdad. —¡No me importa! —lo empujé con todas mis fuerzas, logrando separarlo un poco—. No voy a ser el juguete del esposo de mi madre. Tienes que irte de este apartamento ahora mismo. No quiero volver a verte nunca. Leonardo me miró con una sonrisa amarga y segura, como si supiera algo que yo no. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró para lanzarme una última advertencia. —Puedes gritar todo lo que quieras, Alaia, pero ambos sabemos lo que pasó anoche. No vas a poder sacarme de tu cabeza, igual que yo no puedo sacarte de la mía. Tarde o temprano, volverás a estar en mi cama. Es inevitable. Cuando la puerta se cerró tras él, me dejé caer al suelo de nuevo, llorando con una desesperación que me desgarraba el alma. La culpa era un peso insoportable. Tenía que irme. Tenía que regresar con mi padre, dejar este apartamento, renunciar a las pasantías y olvidar que alguna vez intenté ser independiente. Busqué mi teléfono con manos torpes, desesperada por escuchar la voz de mi padre, por pedirle que viniera por mí. Marqué su número, pero mi dedo se detuvo sobre el botón de llamar. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo le explicaría que estaba tirando a la basura la oportunidad de mi vida? Mi padre se había desvivido, había trabajado horas extra y ahorrado cada centavo para que yo tuviera este apartamento y una carrera brillante. Si volvía ahora, derrotada y sin explicaciones, le rompería el corazón. No podía ser tan egoísta de destruir su sueño por mi error. Me quedé allí, sentada en el frío suelo de madera, atrapada entre el hombre que me había robado la inocencia y la mujer que me había robado la infancia estaba sola y por primera vez en mi vida, sentí que estaba verdaderamente sometida a un destino que yo no había elegido.
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