13. Calentamiento
Dorian no dejaba de repetirse que Anastasia volvería.
—Ella me ama… —murmuró con el rostro hundido entre las manos—. Ese amor no puede haberse acabado así, de la nada. Solo está molesta por mi desliz… ella regresará.
—¡Despierta! —lo interrumpió Savannah con un golpe seco en la mesa—. Somos virales, Dorian, virales como los desgraciados que engañaron a su amiga.
Con rabia, le mostró la pantalla del móvil, señalando los puestos cuatro y cinco en la lista que circulaba por todas partes:
#infielesdescarados
#lazorrayelsapo
Y en los primeros lugares brillaba la mayor sorpresa: Anastasia desenmascarada como Petra.
#laverdaderacaradePetra
#amamosaPetra
#AnastasiaesPetra
Dorian palideció.
—Estamos acabados… —susurró, perdiendo la esperanza.
Savannah, en cambio, alzó el mentón con una mueca de orgullo.
—Dejemos que pasen unos días, y si no, iremos contra todos los Marfil.
—No tenemos el poder para enfrentarlos… —replicó Dorian, intentando recuperar algo de razón—. Ellos son intocables, una familia glamorosa y poderosa. A su lado, nosotros no somos nada.
Los ojos de Savannah brillaron con una chispa peligrosa.
—Si yo no tengo nada, ella tampoco. —Sonrió con malicia, ya maquinando el siguiente paso de su plan.
***
Al día siguiente, Anastasia fue a su clase como si nada hubiese pasado. Caminaba segura, con esa calma elegante que la caracterizaba. En la entrada se encontró con Agustín.
—Buenos días —lo saludó con una suave sonrisa.
Agustín la miró unos segundos, como intentando descifrarla.
—¿En serio quieres aprender a boxear? —preguntó con cierto escepticismo, arqueando una ceja.
—Sí —respondió sin titubeos—. Quiero bajar de peso y aprender a defenderme. Me pareció una buena combinación.
La franqueza en sus palabras lo sorprendió.
—Mmm… bueno, supongo que eso no está nada mal.
—Así es —asintió ella con positivismo, como si no hubiera lugar para dudas.
Cuando Anastasia se adentró más en el gimnasio y notó la ausencia de su entrenador, decidió no perder el tiempo y comenzó a calentar sola. Elijah, en cambio, había tenido una conferencia inesperada esa mañana que se alargó más de lo planeado. Apenas llegó, se dirigió directo a los casilleros, cansado y con el ceño fruncido… hasta que levantó la vista.
Lo que vio le cortó la respiración.
Anastasia, doblada en dos como si fuera de goma, estiraba con su trasero redondo y provocador elevado hacia él. Un trasero que parecía hecho para tentar a los hombres y que, en su mente, debería ser considerado un pecado capital.
“Dios, eso debería ser un pecado que no me puedo comer”, pensó, y su mirada recorrió la sala, notando que no era el único que se había quedado detenido contemplando el trasero en forma de melocotón de su aprendiz.
No era el único que lo había notado. Elijah recorrió la sala con la mirada y descubrió que varios pares de ojos se habían detenido en la misma dirección. Algo oscuro y posesivo lo atravesó. Carraspeó fuerte, lanzando dagas invisibles a cada uno de los mirones, como si quisiera arrancarles los ojos.
—Anastasia… —la llamó con voz ronca, carraspeando otra vez para recuperar la compostura.
Ella se incorporó despacio, con una sonrisa radiante que solo empeoró su autocontrol. Elijah se acercó con pasos firmes, su mirada clavada en ella como si fuera lo único que existiera en ese gimnasio.
—Bomboncito… ¿qué estás haciendo? —preguntó lentamente, incapaz de apartar los ojos de su cuerpo.
—Estiramiento. Solo era para esperar, no iba a comenzar a entrenar sin ti —respondió con un dejo de orgullo.
Él entrecerró los ojos, bajando la voz.
—No vuelvas a hacer esas cosas si yo no estoy de acuerdo.
Anastasia ladeó la cabeza, sorprendida.
—¿Por qué? ¿Lo estaba haciendo mal? —sus labios se fruncieron en un puchero involuntario que encendió aún más la chispa en él, despertando un deseo feroz de atraparla y morder esos labios hasta que dejara de provocarlo sin saberlo.
Elijah la miraba con esa mezcla de fastidio y deseo que lo descolocaba. —No es que lo hicieras mal, bomboncito… —dijo con voz grave, inclinándose un poco hacia ella—. Es que no me gusta que todos tengan esa vista privilegiada de ti.
Anastasia arqueó una ceja, con un deje de picardía en la sonrisa. —Ah, ¿sí? ¿Y qué tiene de malo? Yo solo me estaba estirando.
Él gruñó bajo, apenas audible, mientras se colocaba detrás de ella para corregirle la postura. Sus manos firmes se posaron en sus caderas, enderezándola. —Tienes mucho que aprender todavía… y la primera lección es que en este gimnasio solo yo voy a mirar cómo entrenas.
—Eso suena bastante posesivo, Elijah. —le respondió con descaro, aunque el calor en sus mejillas la delataba.
Él rió por lo bajo, con esa voz ronca que la hacía estremecerse. —Llámalo como quieras, pero mientras seas mi aprendiz, vas a entrenar bajo mis reglas. —la soltó un segundo y luego le lanzó un par de guantes de boxeo—. Vamos a ver qué tan bien puedes pegar.
Ella los atrapó con torpeza, su sonrisa agrandándose. —¿Hoy me vas a dejar darte mis primeros golpes?
—Hoy voy a dejarte intentarlo —contestó con un brillo desafiante en los ojos.
Se pusieron en guardia frente a frente. Elijah se inclinó un poco, bajando las manos para provocarla. —A ver, bomboncito, dame tu mejor golpe.
Anastasia apretó los labios, se concentró como pudo y lanzó un directo con su derecha. Él lo esquivó con facilidad y su carcajada resonó en todo el gimnasio.
—¡Oye! —protestó ella, entre molesta y divertida—. ¡No te rías, estoy aprendiendo!
—Precisamente. —Él se movió de nuevo, acercándose para colocar sus manos sobre sus hombros y guiar el movimiento—. Así no. Mira mis pies, sigue mi ritmo. La fuerza no está en tus brazos, sino en cómo giras todo el cuerpo.
Ella tragó saliva, demasiado consciente de la proximidad, del calor de su pecho contra su espalda mientras él la guiaba.
—¿Así? —preguntó, lanzando otro golpe.
Elijah sonrió satisfecho cuando vio cómo el guante impactaba justo donde él quería. —Exacto. Esa fue tu primera victoria.
—Entonces… ¿puedo darte el próximo en serio? —sus ojos brillaban de travesura.
Él alzó una ceja, inclinando la cabeza con descaro. —Atrévete, bomboncito.
Cuando el entrenamiento terminó Anastasia salió del gimnasio con el sudor todavía en la piel y los guantes colgando de la mano. Elijah caminaba a su lado, relajado pero atento, cuando de repente se toparon con Dorian.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Anastasia con voz seria, la sonrisa que había tenido durante el entrenamiento desapareciendo por completo.
Dorian parpadeó, sorprendido por la frialdad de su tono. —Fuiste tú la del video… Tú… ¿tú hiciste eso el día de la boda? —preguntó con irritación, intentando mantener la calma—. Todo es un malentendido, amor.