12. Satisfecha con el resultado

1363 Palabras
12. Satisfecha con el resultado Anastasia estaba satisfecha con su resultado, lo importante es que todos supieran que ella era Petra, la artista. “Ahora Savannah no podrá robar mis obras como en la vida pasada” pensó Anastasia con determinación. En su vida pasada cuando regresó de su luna de miel vio como en las r************* decían que la famosa Petra ya tenía rostro y era Savannah, cuando le reclame solo dijo: —Pensé en ti cuando lo hice, tu arte siempre estaba guardado y me dio pena —sollozaba con una cara tan lastimera que casi me doblegué. Casi. —Lo que hiciste no es correcto, Savannah son mis pinturas, mis esculturas… como… —Lo siento tanto… puedo hacer un video y retractarme y explicar todo. —Esposa, cálmate. Ella sabe que hizo mal —acaricio mi espalda— de todos modos, ya estamos de camino a construir nuestra familia, no te gusta estar en los reflectores, déjale esto. Entre ella y Dorian me convencieron para que lo dejara pasar y así fue como me pasaron detrás del telón, yo creaba y ella se llevaba el dinero y el mérito. “Dios, que patética fui. Hasta me merecía que me trataran así, por tonta e ingenua” En la exposición, Anastasia no solo estuvo con su familia, también revoloteó por todo el salón, saludando a cada invitado y agradeciendo personalmente a quienes compraban sus cuadros y esculturas. Mientras tanto, Elijah permanecía atento, sin intención de marcharse, aunque Irina insistía con fastidio: —Vámonos, me duelen los pies, Elijah —parecía una niña pequeña armando un berrinche. Él sacó su celular con calma. La voz seria de una mujer contestó al instante: —Dígame, señor Corvinus —habla siempre atenta. —Emma, por favor envía un conductor para Irina. Se siente mal. —colgó sin esperar respuesta. Emma Reed, acostumbrada al carácter de su jefe, reaccionó enseguida y mandó al chófer de la familia Corvinus a la exposición de arte. Irina, sorprendida, preguntó con un hilo de voz: —¿No vienes… conmigo? —No. Vete primero, Irina —respondió él, seco, sin mirarla siquiera— tú estás cansada, yo no. —Entonces me quedo —dijo obstinadamente— puedo aguatar un poco más. —Irina, no te tendré aquí mientras estas cansada —las palabras de Elijah la elevaron— mi madre se enojaría conmigo y es muy pesada cuando eso pasa —dijo de último. —Pero… —trató de protestar, pero Elijah le lanza una mirada helada que hace que cierre la boca a cal y canto. Irina no supo qué hacer. Se había disparado contra su propio pie y ya no había vuelta atrás. Salió con aire melancólico, esperando en vano que Elijah cambiara de opinión y la detuviera. Pero no ocurrió. Afuera, el chofer, Lucas aguardaba con paciencia, la puerta trasera abierta. Irina subió al coche y partió, mientras la melancolía se transformaba en arrepentimiento silencioso, clavándole el pecho como una espina imposible de arrancar. Elijah se acercó con calma, aún fascinado por la fuerza que desprendía Anastasia sobre el escenario. —Dime, Petra… o debería decir Anastasia —murmuró con una ligera sonrisa—, ¿qué pintura me recomiendas para un regalo? Ella lo miró con sorpresa, y en su mente pensó que seguramente era para aquella mujer que lo acompañaba antes. Sus ojos bajaron al suelo, un poco sombríos, pero no quería que él lo notara. —No sé qué tienes pensado, depende del carácter de la persona y su vida —respondió suavemente. —Es para mi madre. Es una mujer fuerte… muy capaz. Quiero que la obra refleje eso. Su cumpleaños es en dos días. —¿Oh… tu madre? —El rostro de Anastasia se iluminó de golpe, una sonrisa adornando su rostro—. Ven conmigo, creo que tengo algo para alguien como ella. Lo llevó hasta un cuarto trasero, apartado de la exposición principal. Allí, cubierta por una tela, aguardaba una escultura que nunca había mostrado a nadie. Cuando retiró el velo, apareció una pieza de yeso blanco con múltiples rostros: uno llorando, otro gritando, uno furioso, otro apagado de tristeza… y en el centro, una niña pequeña que sostenía todas esas caras como si las caras la protegieran. Elijah contuvo el aliento. —Es… increíble. —Se inclinó para observar cada detalle—. ¿Por qué no la exhibiste? Anastasia se abrazó los brazos, casi tímida. —No tuve el valor. Sentía que era para alguien más especial. Elijah la miró con intensidad, convencido. —¿Cuánto vale? Me la llevo. Ella abrió los ojos sorprendida. ¿Cómo iba a pagar él dos millones de dólares por una escultura siendo solo un entrenador de boxeo? —Es un regalo —dijo Anastasia al fin, con una sonrisa serena—. Me dijiste que tu madre cumple años. Considéralo un obsequio de mí para ella. Él frunció el ceño, negando con la cabeza. —No puede ser. Debo darte algo a cambio. —No pasa nada —replicó ella, sonriendo espléndidamente, con esa luz que la hacía ver radiante. Elijah la sostuvo con la mirada unos segundos más, hasta que decidió: —Entonces déjame invitarte a cenar. No me iré de aquí sin una invitación aceptada. Anastasia lo pensó un instante, mordiéndose el labio, y finalmente asintió. —Bien… acepto. Te daré mi número. Me avisas la hora, dirección y el día. Allí estaré. Él no lo dudó. Sacó su celular de inmediato y, entre sonrisas contenidas, intercambiaron números. (…) Las r************* ardían, las pantallas se llenaban con titulares rojos y comentarios furiosos: “El verdadero rostro de Petra”, “La misteriosa artista rompe el silencio”. El mundo entero estaba hablando de ella. Savannah, con los ojos encendidos de rabia y el rostro bañado en un rojo de furia, apretó con tanta fuerza el móvil que los nudillos se le pusieron blancos. —¡Esa estúpida perra! —escupió con veneno, lanzando el teléfono contra los cojines de terciopelo del sofá—. ¡¿Se atrevió a mostrarse?! Dorian, que ya había notado la vibración constante de su propio móvil con las notificaciones, lo tomó y revisó los trending topic Su expresión se tensó, incrédulo. —¿Cómo demonios es posible? —gruñó entre dientes—. Ella… ella es… —Sí —confirmó Savannah con amargura, los labios crispados—. Es Petra. Los ojos de Dorian se abrieron como platos, la incredulidad se mezcló con la furia. —¡¿Tú lo sabías y no me lo dijiste?! Savannah no contestó de inmediato. Se quedó en un silencio calculado, aunque por dentro hervía de coraje. Claro que lo sabía. Lo había descubierto por accidente, meses atrás, cuando la había sorprendido trabajando en uno de esos cuadros que luego vendía en millones bajo el manto del anonimato. Y en lugar de desenmascararla, había decidido guardar el secreto… con la esperanza de robarle todo: el nombre, las obras, la gloria. Finalmente levantó la barbilla y lo admitió sin una pizca de arrepentimiento: —Lo sabía. Pero no me servía revelarlo todavía. Esa idiota escondiéndose era perfecto para mí. Yo podía tomar su lugar, quedarme con su fama, con su dinero. ¡Con todo! El silencio que siguió fue insoportable. Dorian cerró el puño sobre el celular, mordiéndose el interior de la mejilla. La revelación lo sacaba de quicio, pero más aún la impotencia. Savannah, respirando hondo para calmarse, soltó de repente: —Yo creo que es ella la que está detrás del video de la boda. Dorian alzó la cabeza bruscamente, con un brillo de peligro en los ojos. —¡Imposible! —negó de inmediato, sacudiendo la cabeza con furia—. No se atrevería… Savannah lo interrumpió con una sonrisa torcida, venenosa. —¿Y por qué no? Si tuvo el valor de mostrar su cara al mundo, ¿qué la detendría de destruirnos también? —Ella me ama demasiado, no puede vivir sin mí. ¿Acaso no la viste destrozada en la boda? —le señala lo obvio para él— cuando se calme volverá, siempre lo hace.
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