11. Señoras y Señores
El presentador, vestido de gala, subió al escenario con una sonrisa solemne:
—Señoras y señores… el mundo ha esperado este momento durante años. —todos están alegres al oír al hombre— hemos esperado años por conocer a la inigualable artista. Les aseguro que no hay nadie como ella. Con ustedes, la incomparable… Petra.
Las luces se apagaron casi por completo y un haz de luz blanca iluminó el centro del escenario. La figura apareció envuelta en misterio: un vestido rojo que brillaba bajo el reflector, curvilíneo y etéreo, como si flotara. Su rostro estaba cubierto por la ya famosa máscara dorada con detalles negros, la que siempre había mantenido en vilo a críticos y admiradores.
Se sentó frente al piano. El silencio era sepulcral. Entonces, sus dedos comenzaron a deslizarse con suavidad sobre las teclas, y una melodía dulce, casi hipnótica, llenó la sala. Era una caricia al oído, un susurro de ternura que erizaba la piel. Luego, como un estallido de tormenta, la música se volvió feroz, apasionada, desbordante de rabia contenida. El público estaba embelesado, atrapado en cada nota, en cada latido.
El final fue perfecto: un acorde sostenido que resonó hasta apagarse, dejando un vacío expectante.
Petra se levantó lentamente. Llevó las manos a su rostro y, con un gesto solemne, se quitó la máscara.
Un murmullo se extendió como un fuego por la sala. Frente a todos se revelaba un rostro de porcelana nívea, pestañas espesas que enmarcaban unos ojos verdes tan intensos que parecían atravesar el alma, labios carnosos y un vestido que delineaba cada curva sin vulgaridad, solo con gracia y magnetismo.
—¡Dios mío! —exclamó una mujer con voz quebrada—. ¡Es un ángel!
—¿No está un poco… rellenita?
—Está hermosa —insistió otra.
—Solo importa como toca y su arte —dijo soñadora una chica— tiene un alma pura. ¿Qué te importa su cuerpo?
—Yo digo que debería verse eso, la gordura trae enfermedades.
—Silencio —ordena Elijah, había tanta autoridad en su voz que todos a su alrededor se callaron y voltearon de nuevo al escenario.
Pero entre la multitud, los Marfil contuvieron la respiración. Reconocían esa mirada, esa sonrisa tímida bajo la fuerza del escenario.
¡Era su Anastasia!
—Mi Ana… —susurró Verónica, llevándose una mano al pecho.
Sus hermanos no podían creerlo, con las bocas abiertas y el pecho hinchado de orgullo.
—Nuestra hermanita… —dijo Ángel con voz emocionada.
—Es Petra… —termina Adriel, casi riéndose de felicidad— soy el mayor fan que tiene mi hermana —dijo Adriel y así era, era uno de los fans de Petra desde sus inicios, solo que no sabía que era su hermanita.
—¿Quién es esa chica?
—¿Su verdadero nombre es Petra?
Los periodistas se volvieron locos por una exclusiva.
El público entero estaba sorprendido, pero en un rincón Elijah Corvinus se había quedado petrificado. Sin darse cuenta, había dejado atrás a Irina, y ahora caminaba entre la multitud con paso decidido, acercándose al escenario, a ella.
—¿Anastasia? —llamó, con esa voz ronca que se imponía incluso en medio del bullicio.
Ella, instintivamente, giró la cabeza hacia él. Y por un instante, todo ruido se desvaneció: solo existían sus miradas cruzadas.
Los murmullos crecieron.
—¿Anastasia?
—¿No es esa la que descubrió en plena ceremonia de bodas que su prometido le engaña con la dama de honor?
—¿Es cierto? ¡Es Anastasia Marfil!
—¿La hija menor de los Marfil? ¿esa familia poderosa?
—Seguro el novio la engañó porque se puso gorda.
—Creo que ella era más… delgada
—¡Shhh, deja de hablar! —reprendió otra mujer indignada—. ¿No ves lo magnífica que es?
—Lo que importa aquí es su talento y es único —dijo otro con una crítica coherente.
Pero a ellos no les importaba. Anastasia y Elijah permanecieron así, mirándose en silencio, como si se hubieran reconocido en lo más profundo.
La mirada de Anastasia volvió a la multitud que se congregaba frente a ella, le había sorprendido ver a Elijah, pero ya habría momento para saludarlo.
—Cuando tenía diecisiete años debuté como Petra —dijo Anastasia, con una pequeña sonrisa mientras acomodaba un mechón de cabello tras su oreja—. No quería desviarme de mis estudios, así que lo mantuve en secreto y anónimo. Me gradué hace poco de la universidad con doble especialidad y… bueno, supongo que la pintura nunca dejó de ser mi refugio.
Las luces comenzaron a iluminar suavemente cada lienzo, revelando colores vibrantes y texturas complejas. El público murmuraba, impresionado.
Cerca del escenario, Elijah la observaba dar su discurso con gran elocuencia sin apartar la vista, con esa mezcla de asombro y orgullo que ni siquiera intentaba disimular.
"Esta mujer es una cajita de sorpresas…", pensó con algún cosquilleo en sus dedos por querer tocarla.
Irina Carmichael, que lo acompañaba, frunció apenas los labios al notar la intensidad con la que él la miraba, era fan de Petra, pero no si le robaba la atención de Elijah. Se inclinó hacia él, su voz aterciopelada y coqueta.
—Elijah, tu madre llamó hace un momento. Preguntó si íbamos a comprar un cuadro… o tal vez una escultura como su regalo de cumpleaños. ¿Qué le digo? —pregunta suavemente con tono meloso.
Él tardó unos segundos en responder, todavía embelesado con Anastasia.
—Dile que lo hablaremos luego… —murmuró sin apartar la mirada.
Le mandó un mensaje a su asistente Emma Reed:
“Compra las obras que quedan de la artista Petra en la compra, hazlo de forma anónima”
“Entendido” respondió su asistente.
Anastasia, se había bajado del escenario saludando a todos lo que querían acercarse a ella sin rastro de cansancio o fastidio, se dirigía hacia él con la intención de saludarlo, alcanzó a escuchar esa parte de la conversación. Sus pasos se detuvieron en seco. Una punzada de tristeza la atravesó sin que pudiera evitarlo.
"¿Su novia? Claro… alguien como él no puede estar solo." Piensa con pesar sin entenderlo del todo.
Respiró hondo, obligándose a sonreír. "Es normal, se merece ser feliz… yo no debería sentir esto".
Justo entonces, su familia apareció a su lado, rompiendo el momento.
—¡Anastasia, estuviste increíble! —dijo su madre, abrazándola emocionada.
—¿De verdad todas estas obras las pintaste en estos dos años? —preguntó su hermano Adriel, con los ojos brillando.
—Sí —respondió ella, riendo suavemente mientras se dejaba rodear—. Nunca dejé de pintar, solo dejé de mostrarlo.
—¡Eres un genio! —añadió su padre, orgulloso—. Todo el esfuerzo valió la pena.
—Bueno… —sonrió Anastasia, recomponiéndose por completo—. Supongo que Petra solo estaba esperando el momento de volver.
Se giró con su familia, respondiendo preguntas y compartiendo risas, mientras poco a poco se alejaba de Elijah y de la sombra inquietante de Irina.