9- La misteriosa artista
Los invitados estaban festejando por ellos en el salón de fiesta, la familia Marfil seguían en el salón donde se iba a oficiar la boda tirados en el suelo, ellos son una de las familias más importantes de todo el país y aun así en ese momento solo querían consolar a la menor de los Marfil. Sentados con botellas de champán en las manos, la familia Marfil miraba a Anastasia con una mezcla de preocupación y alivio. Sin embargo, ella se veía tranquila, como si la tormenta que había vivido quedara atrás, dejando paso a la calma y al control absoluto de su presente.
Anastasia estaba pensando que pudo haber visto a Elijah entre los invitados, pero todo pasó tan rápido y cuando quiso ver no encontró al hombre, por eso piensa que quizás se lo imagino todo. Ella no lo invitó ni le dijo que se casaría ¿Por qué vendría un entrenador a su boda?
—A las siete tengo una sorpresa para todos —dijo Anastasia, esbozando una sonrisa enigmática—. ¿Me acompañan a un lugar?
—Al fin del mundo, si quieres, hermanita —respondió Ángel, con una sonrisa traviesa. Aquí no era el temido CEO, aquí era el hermano mayor que su hermana necesitaba.
—Sí, vamos donde quieras —secundó Armando, animado— deberíamos irnos de viaje todos, vacaciones familiares.
—Apoyo a los chicos —añadió su padre, firme y decidido— lo que quieras hacer lo hacemos, cariño.
Su madre, Verónica, a pesar de la tristeza por todo lo que su hija había sufrido, no pudo evitar sentirse feliz de ver que sus hijos y su esposo animaban a Ana, como siempre lo habían hecho.
—Bien, esto ya quedo en el pasado, Dorian es mi pasado. Ustedes, mi familia, son mi futuro —dijo Anastasia, con voz serena y segura— la escoria y la zorra no nos importan.
Un abrazo grupal selló ese momento. Lágrimas calientes de alivio bañaban las mejillas de Anastasia mientras sentía el calor y la fuerza de su familia rodeándola. Era todo lo que necesitaba para recargarse, para sentir que su renacimiento no había sido en vano.
—Pues Dorian y tú se volvieron virales —comentó Armando, con un tono que mezcla de asombro y diversión—. Alguien grabó todo en vivo y ya todos saben lo que hicieron esos dos.
—No quiero que ayuden más a Dorian en su empresa —añadió Anastasia, con una frialdad contenida en la voz.
—Eso no tenías ni que pedirlo —dijo su padre con voz contundente—. Ya le pedí a Teresa que cancelara todos los contratos —dijo refiriéndose a su asistente.
A las siete en punto, los cinco miembros de la familia Marfil llegaron a una galería de arte. El asistente de Anastasia los esperaba con una sonrisa radiante, listo para presentarles algo que no solo celebraba la belleza de las obras, sino también el renacer y la fortaleza de su creadora.
(…)
—Elijah, ¿por qué no acompañas a Irina a una exposición de arte? —preguntó Rebeca Corvinus, con los ojos brillando de emoción—. Dicen que la gran artista, Petra no solo presentará sus obras, sino que estará allí en persona, mostrando su rostro por primera vez. Hace años que no sacaba nuevas obras.
La madre de Elijah estaba emocionada, siendo gran fanática de Petra, pero también deseaba que su hijo de 32 años sentara cabeza. Irina le parecía correcta, dulce y tranquila.
Irina, con su vestido azul cielo, se veía angelical, casi etérea. Sus ojos tímidos miraban de reojo a Elijah, esperando una respuesta que no llegaba.
Elijah la vio y resopló, con esa mezcla de molestia y resignación que siempre lo caracterizaba, pero aun así se levantó de la silla y salió de la estancia.
—Elijah… —murmuró Irina, su voz cargada de tristeza y expectativa.
—¿¡Qué haces, niña!? ¡Corre! —exclamó Rebeca, un poco ansiosa por no perder el momento.
Irina se apresuró hacia la salida de la mansión, su corazón latiendo con fuerza. Cada paso estaba lleno de anticipación, nerviosismo y la emoción de lo que estaba por descubrir en la exposición.
Irina y Elijah llegaron al lugar, y aunque todo se había organizado con prisa, el salón de la galería de artes irradiaba la solemnidad que correspondía a un acontecimiento único. Los muros estaban cubiertos por lienzos que parecían respirar, pinceladas que atrapaban la mirada y obligaban a detenerse, a sentir. El aire cargado de incienso tenue y luz dorada acentuaba la sensación de estar dentro de un templo del arte.
Petra era un misterio que trascendía su propio nombre. Había surgido de la nada cinco años atrás, sus obras y sus conciertos —siempre ocultando su rostro— se habían convertido en obsesión de coleccionistas y críticos. Luego, como si el mundo no la mereciera, se desvaneció sin una palabra hace dos años. Y ahora, después de cinco años sin mostrarse en público ni una sola vez, ella misma había anunciado su presencia en la exposición, no solo mostrando cuadros antiguos de su autoría, sino también nuevas obras.
Marcelo Hill había cumplido al pie de la letra cada capricho de la artista. El escenario estaba dispuesto con precisión quirúrgica: cortinas negras que caían como velos, un piano de cola color blanco en el centro iluminado por un único haz de luz, y alrededor, las obras más recientes de Petra, jamás antes vistas.
—Vaya… todo se ve hermoso.
—Estoy emocionada por conocer a Petra —dijo una de las mujeres millonarias y fanática de la artista misteriosa.
—Espero que de verdad sea ella —dijo otra preocupada.
—Claro que sí, ella nunca ha estafado a nadie —salen a defenderla enseguida.
—Estas son sus obras, estoy segura de que aparecerá.
Irina, con su vestido azul cielo, parecía pequeña frente a la magnificencia del lugar. Se aferraba al brazo de su bolso, conteniendo los nervios, mientras miraba de reojo a Elijah. Él, en cambio, permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y gesto severo, observando todo con frialdad calculadora, como si buscara algo oculto entre las sombras.
De pronto, un murmullo recorrió la sala. Las luces descendieron suavemente, y el ambiente se volvió expectante. Petra estaba a punto de aparecer.