8 Nada de Anillos

1740 Palabras
Max. Trato de no convertirme en una fiera, cuando el Fantasma no contesta. Ya es la centésima vez que le marco y nada. Después de lo ocurrido el sábado he estado comenzando a plantearme, si lo mejor sería buscarme a otro informante, pero lastimosamente la información que puede obtener la Reina de lo Oscuro  es de primera calidad. No hay otra igual a ella. De todas maneras he plantado a un par de agentes jóvenes para que trabajen para algunos cabecillas vampíricos de Nueva York, no todos tuvieron éxito deslizándose en  las organizaciones criminales y por ahora nadie confía en ellos. Algo así tomara su tiempo. Pero yo no quiero tener que esperar tanto tiempo por la información que necesito. Hoy me encuentro nuevamente en Cast Hill, a ser más específicos en el despacho de mi padre mirando impasible sus acerados ojos verdes. No hay duda de que está muy molesto, pero eso me trae sin cuidado, va a escuchar lo que tengo que decir le guste o no. ― ¿Enserio crees que Williston va a cambiar?― me rio sin un ápice de humor. Williston es mi hermano, repudiado por nuestra familia. Su honor es inexistente y su brújula moral está más que estropeada, es uno de los mejores mentirosos con los que  me he topado en mucho tiempo, lo cual no es importante a menos que lo esté usando  para engañar a padre y madre, así poder ser aceptado nuevamente en el seno familiar. ―Eso no lo sabes― replica. ―Lo conozco mejor que nadie, puedes creerme cuando te digo que esto no presagia nada bueno. Con Will la historia siempre se repite, no hay estupidez que excuse lo que nuestro padre esta haciendo. ―Todos merecemos una segunda oportunidad, el pasado, pasado esta. Olvídalo- ordena tajante. ¡Ja! Ese es el chiste más gracioso que he escuchado en mi vida. ―Por más que quieras hacerlo, yo no puedo. El pasado está más cerca que nunca, vas a arrepentirte de darle una segunda oportunidad― me levanto con brusquedad― ¿Cuándo llega a Manhattan? Prefiero tenerlo vigilado. Así poder averiguar que trama y adelantarme a sus planes. ―Maximus, tu hermano lleva cerca de tres semanas en Nueva York― explica paciente. Gruño por toda esta situación. ― ¿Casi un mes? ¿Y no planeabas decirme? ―No eres racional en lo concerniente a Williston. ―Querrás decir que no caigo rendido a sus pies― le corrijo― no lo entiendes, nunca lo  has hecho. El pasado no ha terminado todavía, se puede decir que la tormenta apenas está empezando a formarse. Salgo dando un portazo. Es de preguntarse qué es lo que ha hecho Will, quien tiene a todo el mundo comiendo  de su mano. No voy a bajar la guardia, lo tendré muy vigilado. Sobretodo sospecho de que,  repentinamente desee volver a ser parte de la familia justo cuando he localizado la ciudad donde se esconde la última descendiente viva de los Exores. Sus intenciones no podrían estar más claras. Quiere encontrarla primero, pero ni en un millón de años dejare que ponga sus manos sobre ella. Me dirijo sin demora hasta la sala de juegos. Paredes blancas y una de la paredes forrada con un papel tapiz con tonos negros y gris metalizados, sofás grises frente a una televisión, al sur una mesa de billar de madera oscura. El mini bar junto a la puerta de entrada, otra puerta al otro lado de la habitación escondiendo un medio baño. Tomo un vaso y lo lleno de vodka, el cual tomo de un solo trago. El líquido quema mi garganta al bajar. Dejo el vaso a un lado para servirme una copa de vino tinto mezclado con sangre. Esa me la tomo más lentamente, saboreando cada nota del vino afrutado, la puerta se abre revelando a Aiza con unos shorts de jean, un top manga larga y botas de combate. Su cabello casi blanco cae suelto, las puntas rozando el nacimiento de su trasero. Sus carnosos labios dibujando una sonrisa sensual. ―Hola Max― ronronea. Es lo último que necesito. ―Aiza― decido ignorarla, tal vez entienda la indirecta. ― Han sido unos días de perros ¿No crees?― o tal vez no, pues se acerca más, con ganas de conversar― no me malentiendas, no quiero ofender a tu hermana pero la chica es... insoportable. Una niña malcriada si me permites la expresión. Hago un gesto cansado. ―No es nada que no sepa. De hecho estoy más que harto de lidiar con su actitud. ―Supongo que si― pasa una de sus afiladas uñas por mi bíceps expuesto, gracias a la camiseta de manga corta que llevo. Lo que me recuerda que debo ponerme un traje antes hacer lo siguiente en mi agenda. ― ¿Qué es lo que quieres Aiza?― le aparto suavemente pero de forma contundente, la mano que acaricia mis hombros por sobre la camiseta. ―Te ves tenso― se lame el labio inferior― tal vez yo pueda ayudarte para que estés relajado. Imágenes de lo que una vez fuimos, de la forma tan eficaz que ella tenía para relajarme llenan mi mente. Algo insano y retorcido. ―Lo dejamos Aiza― le recuerdo suavemente, no quiero hacerle daño― y no volveremos. Aprieta los dientes. ―Siempre dices lo mismo. Lo sé, pero debo salir de este círculo vicioso con ella. ―Esta vez es definitivo. Se muerde el labio inferior antes de sonreír. ―Ya lo veremos― sale de la habitación contoneando las caderas en exceso al andar. Yo creía genuinamente que habíamos llegado un entendimiento mutuo. Ahora veo que me he equivocado, Aiza espera un anillo cosa que no voy a darle. Tendré que ponerme firme para asegurarme de que entiende el mensaje. Termino mi copa y salgo del cuarto de juegos para cubrir los metros que me separan de mi habitación. Una ducha rápida y veinte minutos después estoy listo para mi siguiente reunión con los abogados de la familia, hay un montón de documentos que tenemos que revisar y requieren de mi firma. Cruzo la casa con rapidez no queriendo llegar tarde, los abogados después de todo, son unos tiburones muy tradicionalistas. Ya estoy deseando que los otros tres abogados  que faltan por retirarse, sean reemplazados por vampiros relativamente más jóvenes, el cuarto abogado Lance Valladares tiene trescientos años en su haber, pero su lengua afilada y su inteligencia lacerante le ha proporcionado un puesto de mucho prestigio y lo más importante; no está atascado en las viejas formas. Al entrar a mi propio estudio, completamente blanco con un escritorio de mármol n***o siendo el centro de atención. Los cuatro hombres sentados en el área con sofás blancos, destinado a las reuniones informales, se levantan de inmediato realizando una reverencia. Pueden sermonearme todo lo que quieran, pero si no respetan el debido protocolo de etiqueta van de patitas a la calle. Solo tienen que darme un motivo, asi pueda deshacerme de ellos. ―Su Alteza― Antonie Reyes es el primero en hablar. Con casi seiscientos años no es mucho mayor que yo, por lo cual me fastidia tanto que se comporte como si tuviera milenios de experiencia por encima de mí. Hoy su cabello rubio luce igual que siempre, completamente tieso por estar tan engominado, sus ojos que por norma general me recuerdan a la malaquita, parecen especialmente emocionados. Su traje de tres piezas hecho a medida parece impoluto, sin una sola arruga mientras permanece de pie esperando mi respuesta. ―Terminemos con esto. No puedo esperar a esas merecidas vacaciones, creo que me he ganado al menos una  semana entera. |****| Terminada la reunión me muestro ansioso por regresar a la ciudad, a mi territorio. Soy llevado en helicóptero en un parpadeo y me encuentro en mi apartamento cenando con Halec, su hermana gemela Helen y el novio de esta Rafael.  Mi sorpresa al verlos llegar juntos es palpable, nunca pensé que el mejor amigo de mi hermano, fuera el tipo de hombres que le gusten a Helen. ― La pizza esta deliciosa, alguna vez debemos visitar ese restaurante ¿no amor?― Helen es una hermosa vampira que le dobla a su novio en edad, los mismos ojos dorados de su hermano, el mismo tono de cabello semejante a la miel. Son exactamente de la misma altura, Helen teniendo la piel levemente más clara. Es una  belleza refinada, con una de las voces más melódicas que he escuchado. ―No lo dudes― Rafael le giña un ojo. Hacen una pareja extraña, Helen tiene muy claras sus metas y de hecho, se ha convertido en una famosa cantante en todo el país, mientras que Rafael apenas va comenzando una carrera militar que todo el mundo espera que deje dentro de unos  años. Parecen una pareja improbable. Miro a Halec inquisitivamente, me responde encogiéndose de hombros. Mientras los dos sean adultos y todo lo que hagan sea consensuado… Tiene razón, mientras sean felices, ninguno de nosotros tiene derecho a meterse. Pasamos un agradable rato charlando de trivialidades. Es lo más relajado que he estado en días. ―Tenías razón Halec― comento en una pausa en la conversación. ― ¿Sobre qué? ― arquea una ceja. ―Sobre Aiza, sigue esperando un anillo. ―Te lo dije. Me golpea la espalda en una muestra de solidaridad. ―Espera― Helen interviene― ¿Aiza Belfort? Asiento. ―Conozco a esa víbora, espero seriamente que no vayas a darle ese anillo. No podríamos soportarla en ese caso y tendría que empezar a buscar la forma de matarla  sin incriminarme a mí misma― las palabras sales a borbotones de su boca. A duras penas logro contener mi risa. ―No te preocupes amor, ella no vale la pena― su novio la abraza. ―Y no me casare con ella― replico. Siento que lo he dicho miles de veces para este momento. ―Bien― su sonrisa satisfecha reaviva mis  ganas de reír. Mi teléfono suena con un mensaje. Ya ha llegado señor. Mi cara se pone seria, la risa nunca sale. Halec me mira notando el cambio. ― ¿Qué ocurre? Niego con la cabeza. ―Lamento tener que terminar esta increíble velada. Pero tengo un asunto importante  que atender. Hay una mujer a la que debo visitar.  
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR