Max.
No regreso a la ciudad como tenía previsto. Me pasó gran parte del día haciendo llamadas y finiquitando mis últimos asuntos, mientras espero a que Astrax sea localizada. Esta vez no me uno a la búsqueda, les dejo todo el asunto a Vladimir y a Halec.
Ese es, después de todo su trabajo.
Yo me concentro en el mío, asegurándome de que todo está hecho para así tener mis vacaciones de una buena vez. Mi padre no va a poder evitar que tenga mi descanso, no esta vez. Sé que su preocupación es genuina, ya que si quiero conservar el derecho a portar algún día la corona, debo ser más que perfecto. No obstante, no voy a encadenarme al escritorio y ser como Greyden Kautar.
Se puede ser un buen rey, sin matarte lentamente en el proceso.
Mi teléfono vibra, en la pantalla aparece el nombre de Vladimir.
―Señor, he de informarle que encontramos a su hermana.
Parte de la tensión que tengo acumulada desaparece.
―Una buena noticia― murmuro.
―Está en camino a Cast Hill, no debería tardarse mucho en llegar.
―Gracias por avisarme Vladimir. ¿Dónde la encontraron?
―En otro de esos clubes de b**m―su voz suena sin inflexión, pero noto que está preocupado, conoce a mi hermana desde que nació, de hecho nos conoce a todos desde que estábamos en pañales― estaba maniatada y amordazada en una habitación a solas con dos Doms.
Escuchar aquello hace hervir mi sangre.
―Hablamos después.
Cuelgo antes de romper el teléfono de pura frustración.
Dejando las cosas sin terminar bajo al sótano, entro al gimnasio y me quito la camisa blanca que llevo puesta antes de lanzarla a un rincón. Con los nudillos sin vendar me pongo a darle puñetazos una y otra vez a uno de los dos sacos de boxeo que hay en la habitación, haciéndolo volar una y otra vez.
Pum, pum, pum.
El saco vuela con cada golpe como si no pesará nada, cuando en realidad su relleno consiste en un sólido bloque de acero, rodeado de arena que es menos dañino para los nudillos. No podría ser de otra manera con seres como nosotros, nuestra fuerza descomunal convirtiéndonos en algo muy lejano a los homo sapiens.
La piel que recubre mis nudillos termina toda amoratada y sangrante, pero me trae sin cuidado. Sanara rápidamente después de que me haya tomado una copa de sangre.
Mis colmillos pugnan por salir.
Es algo muy peligroso llegar a este nivel de frustración, porque a pesar de nuestra apariencia perfectamente civilizada los vampiros seguimos teniendo un alter ego en nuestro interior, un animal depredador al que le encanta desgarrar gargantas. Que podamos controlarlo no significa que no esté allí, listo para tomar el control y convertirnos en una máquina de matar.
Y hoy la correa con la que sujeto a mi bestia interior está muy cerca de romperse. Yo necesito romper algo. Compruebo la hora en el reloj de pared antes de volver a subir y salir de la casa.
Es hora de cazar.
|*****|
Son las nueve de la noche cuando salgo de la ducha, para encontrar a Aiza acostada en mi cama. Todavía no estoy lo suficientemente calmado para hablar con nadie y mucho menos Aiza, ella puede fácilmente sacarme de quicio, cosa que en este momento, cuando apenas he logrado aplacar a mi alter ego, no es precisamente lo mejor.
Salí en la oscuridad de la noche, en búsqueda de una presa que me tentara lo suficiente y no precisamente por su aspecto. Sangre, al final todo se trata siempre de sangre, al menos para un vampiro.
Mi búsqueda resulto en una preciosa morena llena de sudor que estaba en una fiesta al aire libre a un par de kilómetros de aquí, me asegure de que no estuviera borracha y de que nunca viera mi cara, su sangre una deliciosa tentación.
Tomar sangre de la vena es algo muy diferente a beber de un vaso, es una sensación indescriptible de furor y placer. Cada musculo y tendón de tu cuerpo totalmente relajado. Ese acto calmó al depredador que vive dentro de mí, mientras bajo mi nivel de frustración al mínimo. Pero todavía no estoy listo para enfrentarme al mundo, mucho menos a la mujer que se cree con derecho para entrar a mi habitación sin permiso.
Entro al vestidor, me coloco un bóxer, pantalón gris de chándal una camiseta blanca. Al salir encuentro a Aiza en una pose provocativa que exhibe sus senos.
Me apoyo en el marco de la puerta, observando como su incomodidad aumenta a medida que el silencio se extiende entre nosotros. Normalmente yo no podría resistirme a sus encantos y acabaría cayendo otra vez, pero ya no soy ese hombre y puede que ella este comenzando notarlo.
― ¿Qué haces aquí?
―Vine a buscar consuelo― mueve la mano en un gesto elegante, señalándome― pero veo que no estas por la labor de concedérmelo.
Encontraron a Aiza encadenada en el almacén del club donde encontraron a mi hermana, estaba inconsciente. Lo siento por ella, pero debo dejarle claro que ya no debe esperar nada de mí.
―Una vez tuvimos algo― sus labios dibujan una sonrisa brillante llena de picardía ante mis palabras― pero ya no, y nunca volveremos a tenerlo.
Todas las emociones desaparecen de su rostro de golpe, antes de hacer una mueca de dolor. No le hago caso.
―Debes hacerte a la idea de que hemos cortado para siempre― mi voz es un látigo, las palabras haciendo sangrar a la mujer sobre mi cama con letal precisión― en vez de pensar en ello, concéntrate en tu trabajo. Hoy una simple niñata malcriada ha logrado dejarte fuera de combate ¿Dónde crees que te ha dejado eso?
―Vete a la mierda Max― sale disparada de la habitación, azotando la puerta al salir.
Me recuesto mi cama con total cansancio, preguntándome que otra cosa puede salir mal antes del sábado.
Mi conciencia responde que un gran número de cosas puede echarse a perder. No quiero ni pensar en ello.