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Crónicas de un indigente

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Descripción

Porque no todo es lo que parece, dos ciudades distintas, conviviendo en un mismo territorio. Tres historias de la vida real de personas que viven en la calle. Tres historias distintas, tres causas distintas pero una misma realidad, la indigencia. Acompáñame a vivir esta experiencia junto con Juan, Cecilia y Micaela

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La mujer de ojos oscuros
Era martes estuvo todo el día soleado, el cielo estaba de un azul intenso y mientras miraba por mi ventana, maravillándome con el aspecto de este día, me alistaba para dirigirme a la Plaza Barracas de Belgrano, la cual está a solo unos metros del barrio c***o con su grama verde, sus jóvenes enamorados que pasan todo el día besándose. Ese día me había levantado decidido a conseguir una entrevista con algunos de los indigentes de aquella plaza; después de varios intentos fallidos para conseguir mezclarme con alguno de ellos.      Imagínese estar en la plaza barrancas de Belgrano con el objetivo de estudiar el problema de la indigencia donde lo primero que notas es una imagen feliz: gente sentada leyendo, jóvenes enamorados besándose, niños corriendo, perros jugando mientras sus dueños tomaban mate. Frutante verdad. Al final decidí sentarme en una colina, cerca de la réplica de la estatua de la libertad, a leer mientras esperaba mi oportunidad. Al cabo de unas horas pude notar que la imagen cambió ya no había niños corriendo, ni familias felices, la plaza empezaba a quedar desierta mientras empezaban a llegar algunos indigentes. Al principio eran unos pocos, pero al cabo de un tiempo empezaron a llegar grupos de familias enteras. Una realidad que se ve con mayor frecuencia en la capital tal como lo cuenta Daniel Arrollo; ex secretario de desarrollo social nacional; para un artículo en pagina 12: "En la Ciudad de Buenos Aires el aumento de gente en la calle es más notoria. En el Conurbano está más disperso. El problema en Capital es que ya se están viendo familias enteras" (Reúna Leandro; 2016. "En la calle"). En uno de esos grupos, no muy lejos de donde yo leía, se encontraba una mujer joven de unos 25 años, recuerdo haber pensado: "! mierda no parece una indigente!". A los pocos minutos se da cuenta que la observo y se acerca, junto con su grupo amigos.  —¿Que hace un chico tan fachero como vos?  —me pregunta con cara de curiosidad. —Estoy caminando un rato mientras entro al trabajo —le respondo mientras observo su aspecto de arriba abajo.  Recuerdo que era alta, muy alta, blanca, pelo castaño, ojos oscuros junto con unos rasgos finos y algunas manchas en la cara. Cargaba una falda de colores oscuros, una ramera blanca y unas jotas de color negros gastados por el paso del tiempo. —Mira vos —Fue lo único que respondió  mientras veía su celular. Al parecer colocaba una canción de Jbalvin que sonaba de un celular Nokia de color azul, mal trecho, el cual sostenía en su mano izquierda, mientras me invitaba a bailar. Su nombre era Micaela, había llegado a la calle alrededor de dos años. Pasando a formar parte de las 6,2 % de las personas que viven en la ciudad según el INDEC.  Cuando por fin la canción término le pregunte: ¿Qué hacia allí? y ¿Cómo termino en la calle? Me contestó que era adicta a las drogas mientras miraba al horizonte como si tratara de juntar las palabras correctas para empezar. Se había escapado de casa hace dos años porque su mama la quería llevar a chile, donde vivía el resto de su familia, con el  objetivo de internarla en un centro de rehabilitación. La primera noche no sabía a donde ir, termino durmiendo en casa de una amiga, pero pasaron las semanas y al no poder conseguir más dinero para seguir con su adicción, decidió robarle unas joyas a la mama de su amiga. Sabiendo que al hacer eso iba a ser imposible regresar a esa casa Así que una tarde empaco sus cosas, se dirigió al cuarto de la madre de su amiga y le robo las joyas.        Las primeras noches durmió debajo de un puente en Constitución, hasta que una noche le abrieron la maleta y le sacaron el dinero que había cambiado por las joyas. Desde ese momento no se sintió segura y decidió irse. Mientras Micaela me contaba esta historia me acorde del famoso refrán que dice: "lo que fácil llega fácil se va". Lo cierto es que no sentí lastima por ella, solo repulsión. No entendía como una persona podía llegar derrumbar su vida así solo por una sustancia, alejándose de todos los que alguna vez la quisieron. En eso se me acerca un señor, tenía entre 40 o 50 años. Era alto,  de tez morena, cabello canoso, tenía la piel manchada por el sol y la droga. Micaela lo llamaba "Papa" parecía, un poco demente no lograba articular palabras, quizás estaba drogado, la verdad no alcance a preguntar. Parecía viajar entre la fantasía de sus pensamientos aterrizando en el mundo real por pequeños lapsos de tiempo, el señor daba vueltas, gritaba, se tambaleaba hasta que su cuerpo colapso en la grama mientras su mirada deambulaba mirando el cielo. Fue el quien llevo a nuestra drogadicta al parque donde está viviendo actualmente. Ella dice que aquí en Belgrano se siente más tranquila:   —Aquí nadie se mete con nadie viste, ellos son mi familia y con mi papa me siento cómoda— mientras decía estas palabras con su dentadura deteriorada, se acercó una niña rubia de tres años, era su hija, si no hubiera sido por sus harapos desaliñados podía ser la imagen de algún producto de bebe.  Lo cierto es que Micaela no está ahí todo el día. Se levanta cada mañana para ir al McDonald's que esta junto a la avenida cabildo a asearse como puede junto con su hija, luego va a pedir a los trenes del subterráneo, dinero que utiliza para seguir con su adicción y finalizar el día recogiendo cartones con su grupo de amigo.  Ya que según ellos le dan algunos cientos de pesos por recoger unos cuantos kilos y llevarlos a una planta procesadora cerca de allí.  Sin embargo todavía me quedaba una inquietud si el dinero recogido era para comprar droga como alimentaba a su hija: —Nosotros comemos en un comedor que esta por constitución ahí nos dan el almuerzo, lo malo podemos ir a solo una vez al día, el resto de las comidas nos bancamos con lo que la gente nos da —respondiéndome con la cara gacha, como si supiera que lo que hacía no era correcto, tal vez lo sabía, pero no iba a preguntárselo.      Yo trataba de ocultar mi indignación y mis ganas de quitarle a la niña de los brazos para buscar a alguien que si la cuidara Estaba a punto de preguntarle: ¿Por qué no trata su adicción? Cuando de repente el grupo de ella se acerca. Micaela enciende el celular Nokia de nuevo para colocar más música  y sacan un polvo que parece cocaína. Los ojos de Micaela brillan al ver este polvo blanco, olvidando que yo estaba ahí. Era como si estuviera en un desierto por días sin poder beber una gota de agua y se encontrara una lata de Coca Cola bien fría. Luego de esa imagen saque 20 pesos se los di a Micaela y me retire, antes de que pasara algo malo

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