Así como en la plaza barrancas de Belgrano, por plaza once nos conseguimos con casos parecidos a los de Micaela. Ahí me encontré con un señor de 65 años, se llamaba Juan, el cual era un soldador en el pasado, llevaba más de 4 años en la calle. A mi llegada se calentaba las manos con una especia de estufa echa por él, con una tortera, una rejilla y carbón. Era gordo, barbudo, panzón y bajito, vivía cerca de la entrada a la estación del subterráneo en una casucha que parece ser hecha por el mismo.
Nuestro personaje llego a las calles hace 4 años, cuando su adicción al casino le dio el jaque de su vida dejándolo en la calle. Todo empezó hace 6 años, cuando fue al casino de Avellaneda con unos amigos:
—Estuvimos con la mente tranquila viste, nosotros solo queríamos divertirnos y así eran las primeras noches hasta que descubrí el juego de cartas —decía él. Mientras se le dibujaba una sonrisa en el rostro, como si al rememorar este suceso su mente volviera a experimentar esa adrenalina que le daban el juego de cartas.
Empezó apostando pequeñas cantidades en Truco, Black Jack y póker pero a medida que empezó a ganar no solo subieron las apuestas sino que también su tiempo de permanencia en el casino:
—Al principio todo iba re piola, apostaba poco y ganaba un poco más para luego irme, iba una vez por mes, luego una vez a la semana, solo o acompañado. Apostaba en truco, Póker o Black Jack. Hasta llegar a un punto en el que jugaba de tres a cuatro días por semana".— parecia emocionado ¿Quizás eso era lo único que lo llenaba ? La verdad no lo se. Lo cierto es que no solo él estaba maravillado, yo también. Mientras hablaba podía imaginarme aquellas escaleras inmensas, hombres bien vestidos, la gente gritando, maquinas chirriando, la adrenalina y el sudor de Juan al observar sus cartas en cada jugada y la seriedad de sus oponentes, era como si con su historia podía trasladarme junto con él a jugar.
Pero con el tiempo perdió su casa, sus muebles y el contacto con su familia. Ahora viva aquí en la plaza once, cerca de la entrada del subterráneo de la línea A, de la estación plaza miserere, donde hay una especie de casucha. Volví a Observar esa estructura tanto llamo la atención, era su casa. Al entrar a esa casa observe una pequeña ventana de tres metros, una puerta de madera y paredes de zinc, su ropa estaba en una esquina, metida en bolsas para que no se le moje, junto con un colchón mugriento, tres platos y un par de cubiertos. Un olor a humedad invadió mis fosas nasales creo que venía del colchón. Volteo y observo una calabaza con mal aspecto que había en la ventana.
—¿La calabaza que tienes en la ventana es tu cena? —Se lo pregunte de forma tímida, no quería ser grosero a pesar del mal aspecto de la calabaza
—Si esa es mi cena. La gente en general es muy humanitaria pero el gobierno no es humanitario viste. Siempre tengo que estar pendiente por si viene la policía y me quiere sacar de aquí —Al decir esto, la mirada había cambiado, ya no tenía esa cara de excitación que mantuvo que había mantenido por largo rato, ahora solo parecía decepcionado como si extrañara su vida anterior, tal vez sentía desprecio hacia el mismo o hacia su situación.
—¿Por qué no consigue un trabajo para salir de esta situación? —Al principio la sentí como una pregunta obvia, pero después de todo el es el reflejo de muchos que todavía pueden trabajar pero no pueden.
—Tengo 65 años y con esta edad nadie te da laburo, hago algunas changas si alguien necesita soldar algo, pero no más que eso —decía Juan.
Parecía resignado como si supiera que iba a pasar el resto de sus días ahí. Quería trabajar, pero no podía, tal vez quería salir corriendo de ese lugar, pero era todo lo único que tenía. Esa fue la imagen final que me lleve de el barbudo de casino que ahora pasa sus días en calentándose las manos en la plaza.