El silencio en el penthouse era denso. Pesado. Cargado con la victoria amarga y las palabras no dichas. Alexander se había retirado al Ala Oeste. Isabella lo había oído cerrar la puerta de su dormitorio (la puerta que sí tenía cerradura). No fue un portazo. Fue un clic suave, definitivo. El rey se había retirado a su torre a lamerse las heridas, dejando a su reina sola en el campo de batalla digital. Ella seguía sentada en el escritorio de vidrio. La ciudad de Chicago brillaba debajo, ajena. El disco duro de Eleanor estaba conectado. El laberinto de la serpiente. Y la orden de Alexander resonaba en su cabeza: "Quiero un análisis completo de todo lo que hay ahí". Hacer. Incluyendo la carpeta que había evitado. La que le quemaba los ojos cada vez que la veía en la pantalla. "S

