Cada paso resonaba. El sonido de sus tacones (los tacones de poder, ahora absurdamente fuera de lugar) sobre el asfalto roto de la calle desierta era amplificado por el silencio. El viento frío del lago le azotaba la cara, trayendo consigo el olor metálico del óxido y algo más profundo, algo rancio, como a décadas de abandono. La planta siderúrgica Acme se alzaba frente a ella, una bestia dormida de metal corroído y ventanas rotas que parecían ojos vacíos en la oscuridad. La luna, una astilla pálida entre nubes veloces, apenas iluminaba su silueta dentada contra el cielo nocturno. Estaba sola. Aterradoramente sola. Clic. El auricular. — Estás llegando a la puerta principal. —La voz de Alexander. Hielo puro. Sin emoción. Solo datos—. No hay guardias visibles. No hay cámaras activas.

